Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Posiblemente la forma idónea de hacerse de una primera idea de una ciudad, sea montarse en el tranvía turístico, que en Chihuahua lleva el nombre de “Chihuahua bárbaro”...

Nos recibe en el camión el mismísimo fundador de la ciudad, Antonio Deza y Ulloa, quien nos explica que el Estado Grande ha tenido que ver con las tres grandes transformaciones de México: la Independencia, la Reforma y la Revolución. La caracterización del joven que da vida a Deza es buena, su vestuario, teniendo en cuenta que no sabemos cómo era físicamente.

Hacemos la primera parada justo en donde se encuentra la casa donde vivió el presidente Benito Juárez, cuando cargó con la República a cuestas y recorrió medio país, para salvarla del asedio imperialista. Mientras contemplamos el edificio, viene hasta nosotros el presidente Juárez, un joven vestido totalmente de negro, una banda tricolor al pecho, que nos cuenta su historia, de Guelatao a México, los franceses, etc. Termina y desaparece por donde vino. De quien sabe donde llega una joven soldadera que se refiere a nosotros como “canijillos” o “cucarachos”, y que anuncia que a partir de ese momento formamos parte de las tropas de su general Francisco Villa. La llena de gracia se presenta ante nosotros como “La cucaracha, y mi apellido ¡qué le importa? ¿Entendido? Aquí a todo lo que diga van a contestar: ¡sí mi Cuquis!”

La segunda parada ocurre ante un precioso edificio, la Quinta Gameros, de fines de la primera década del siglo XX, financiada por el minero Manuel Gameros, un cachito de Francia trasplantado a Chihuahua, convertida hoy en Centro Cultural Universitario (cerrado por pandemia). Mientras la Cuquis nos cuenta esto, llega un caballero, vestido de negro, con saco largo que es más bien un abrigo, y sombrero de copa. El hombre, barbado, se hace de palabras con la Cucaracha: ¡Mentecato!, le grita esta, a lo que el Monsieur contesta con un ¿Pulgosa? ¿Eso le dijo? Bueno, eso entendí. Es Luis Terrazas, que nos cuenta ahora su historia, la manera como convirtió a Chihuahua en su propiedad.

La finca fue concluida en 1910. Con el estallido revolucionario terminó por venderla para irse a otro lugar; nunca vivió ahí, pero sí Carranza, una temporada. El tranvía reanuda la marcha y se detiene en una placita, muy arbolada, el parque Revolución. Bajamos y nos encaminamos hasta un cenotafio, del que sale mi general Francisco Villa -la mejor caracterización de la jornada-. Cuquis informa que esta es tropa nueva. Villa nos mira de arriba abajo y de un lado a otro y exclama: ¿Nomás eso consiguió? A lo que la soldadera contesta que a lo mejor somos pazguatos, pero buenas gentes, “¿edá que sí?” Villa también nos cuenta su historia, que a veces es, también, la Historia Patria. Terminada la rutina, el hombre se pierde en el cenotafio. Cuquis anuncia: “ámonos, porque el general ya se volvió a morir”, y mientras nos dirigimos al destino final nos cuenta un chisme que anda circulando: que los restos del general que están en el monumento a la Revolución en México no son suyos, sino de una mujer; que una de sus esposas hizo trampa y entregó esos para quedarse con los del Centauro norteño. También nos advierte que si en Marketplace nos ofrecen la cabeza de Pancho Villa, no vayamos a caer en la trampa y la compremos, porque de seguro es falsa.

El tranvía nos deja en Palacio de Gobierno y de ahí pasamos a la Casa Chihuahua, antiguo Palacio Federal, hoy convertido en un magnífico centro cultural, con salones, cafetería, librería y una gran explanada techada, idónea para presentaciones editoriales, conferencias, inauguraciones, como ésta en que nos toca en suerte participar, de una exposición de fotografías de Tina Modotti, pertenecientes al Museo Nacional de Arte, y que se encuentra en la parte subterránea del edificio, justo al lado de donde está el calabozo de Hidalgo, al que me referiré al final de estas líneas.

También visitamos la Casa Redonda del taller de ferrocarriles, hoy Museo Chihuahuense de Arte Contemporáneo, amoroso resguardo de la Historia, (cerrado por pandemia; ¡el mundo cerrado por pandemia!) Contrariamente a lo que ocurrió con nuestra casa redonda, que terminó convertida en cascajo y de la que sólo quedan algunos vestigios, la chihuahuense está enterita, espléndida, un hemiciclo con 12 cobertizos destinados a recibir a otras tantas locomotoras. De ahí seguimos a la Quinta Carolina, otro centro cultural instalado en una finca de fines del siglo XIX, una casa de campo de Luis Terrazas, y bueno, sin verla uno pensaría que tratándose de una casa de campo, sus proporciones serían menores, apenas para lo indispensable, pero jamás semejante idea le haría justicia a este lugar, que en rigor es un palacete. Véase si no: rodeada de un jardín en el que caben su casa y la mía, se observa una fachada con dos torreones, y en el centro una cúpula, se accede a través de dos escaleras laterales que en el centro conducen hacia un porche de tres arcos. Todo en cantera labrada. Ya dentro son cuartos y cuartos y más cuartos.

El periplo terminó en El Sauz, un pueblo cerca de la carretera Chihuahua-Juárez. Caminamos más o menos la distancia que separa a la ciudad de Aguascalientes de la frontera con el estado de Zacatecas, al norte, y ni siquiera salimos del municipio de Chihuahua… Así de grande es el Estado Grande. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).