Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

El Palacio de Gobierno de Chihuahua ocupa toda una manzana, y está rodeado por la Casa Chihuahua, las plazas Hidalgo y del Ángel y la calle Juan Aldama, aunque su frente es el de la plaza dedicada al Padre de la Patria, tal y como indica la campana empotrada encima del balcón central.

Es este un edificio de tres pisos, de cantera exquisitamente labrada y matacán, que llega hasta nosotros procedente de la novena década del siglo XIX como si acabara de brotar de las manos y artilugios de sus creadores, pero esto es engañoso, dado que se trata de una edificación muy intervenida, y por desgracia no siempre con buena fortuna. Una placa indica que la sede de los poderes estatales fue reconstruida en la década de los cuarenta del siglo pasado. Probablemente de esta reconstrucción data el chipote que cometieron en el último piso, a la derecha del frontón central, que afea el conjunto.

Lo observo y me pregunto cómo fue posible que no hubiera alguien que denunciara semejante despropósito antes de que ocurriera, y evitarlo. En verdad está horrible aquello.

En fin. Entro al edificio por un costado y me dirijo al patio central, no sin recibir la advertencia del policía de la entrada, de no subir al segundo piso, o al tercero, ¿por qué? Mejor no pregunto. Total, no traigo más asunto aquí que conocer el lugar.

La historia del país; la de Chihuahua, corren por las paredes, en colores brillantes surgidos de la paleta del maestro Aarón Piña Mora, entre un montón de oficinas, ahora cerradas.

En este lugar, al menos por unos instantes, la historia del país y la del estado se fundieron en una sola, y no precisamente en los frescos, sino en los hechos, porque aquí el padre Hidalgo enfrentó la oscuridad definitiva y el vacío de la disolución. En el fresco correspondiente el Padre de la Patria me observa mientras unos fusiles se clavan en su pecho, del que comienza a brotar sangre. Debajo una placa indica que “en este lugar fue sacrificado el Señor Cura don Miguel Hidalgo. Padre de la Independencia nacional, el 30 de julio de 1811, a las 7 de la mañana.

¿Cómo es posible, si el edificio fue construido hacia fines del siglo XIX? Bien, justamente por eso se afirma que la ejecución tuvo lugar “en este lugar”, y no en este edificio.

Ahí no hay oficina, sino un espacio cubierto de mármol del suelo al techo -siempre el mármol, tratándose de espacios sagrados, ya sea religiosos o cívicos-, y en la pared la leyenda, en letras doradas: “Altar de la Patria. A Miguel Hidalgo, 30 de julio 1811-2011”. Delante, sobre un montículo de dos niveles, una escultura muestra al padre Hidalgo sentado en una silla, los ojos vendados y la mano derecha en el pecho. Del lado izquierdo observo otra estatua del padre Hidalgo, de mayores proporciones que la anterior. El religioso defenestrado enfrenta a sus adversarios, las manos convertidas en puños, la expresión dispuesta al enfrentamiento.

Pero hay más, muchas más figuras que recorren las paredes del edificio gubernamental, a pie o a caballo, en los fuegos que han encendido al país y al estado: los indios enfrentándose a los españoles, los niños héroes enfrentándose al invasor estadounidense -todos somos norteamericanos-, y luego otros mexicanos enfrentándose al civilizado francés; el general Francisco Villa galopando en una llanura de fuego, enfrentándose a los pelones federales. Siempre el enfrenamiento; siempre la violencia. ¡Qué país nos ha tocado en suerte; qué Historia!

Y así como para rematar, al salir del inmueble por la puerta principal me topo a quemarropa con algo inmenso y brutal; algo terrible que me paraliza ahí, y que trae a mi memoria hechos que deberían avergonzarnos, a todos en México; en el mundo.  No es una columna de cantera rematada con un busto y una placa que anuncie lo que recuerda, porque alteraría el paisaje del edificio. De seguro para que esto no ocurriera la sembraron en la banqueta, una humilde placa metálica; clavada al cemento, que quizá medio mundo pisa: “Aquí fue asesinada el 16 de diciembre del 2010 Marisela Escobedo por exigir justicia en el feminicidio de su hija Rubí. Chihuahua, Chih., junio 2011”. Entonces me acuerdo, el documental Las tres muertes de Marisela Escobedo, que narra la historia de esta mujer amantísima, valiente, que lo dejó todo para buscar justicia por su hija. Incluso el documental muestra su tercera y definitiva muerte, grabada por una cámara de video instalada en el Palacio de Gobierno, la persecución nocturna entre los automóviles, el rufián corriendo detrás de ella, la mano alzada, hasta que la víctima alcanza la banqueta, sólo para caer muerta, justo ahí en donde se encuentra la placa, tan cerca de la puerta del palacio, tan lejos de su meta… Dos vidas destruidas porque sí; porque era posible y porque sus asesinos sabían que no habría consecuencias… ¿De qué sirve tener razón? ¿De qué justicia se habla?

Aquí me detengo; aquí, y pienso un momento en el héroe canonizado por las instituciones nacionales, dentro del templo del civismo estatal que es el Palacio de Gobierno, en donde se le erigió un “Altar a la Patria” que nos representa a todos, y pienso un momento en Marisela, fuera del recinto oficial, en la banqueta, sin escapatoria posible, y ahora ajena a la canonización oficial…

Hidalgo luchó y murió por la libertad; Marisela luchó y murió por la justicia. ¿Qué diferencia hay entre uno y otra?

Pero el asunto no termina ahí, porque enfrente, en la banqueta de la Plaza Hidalgo frente al palacio, más o menos desde donde el asesino comenzó a perseguir a esta mujer ejemplar, hay unas cruces, y entre ellas una “cruz de clavos”, en realidad un gran cuadro con clavos y una cruz de madera que en el crucero tiene la leyenda: ¡ni una más!, otras cruces con fotografías de mujeres desaparecidas y leyendas y nombres y fechas, y una placa que condena al Estado Mexicano por los feminicidios, al no garantizar la seguridad de las mujeres y de los luchadores de derechos humanos, porque entre los nombres de las víctimas; de los que faltan en sus casas, en sus trabajos, y a sus familiares, también los hay de hombres, además de un retrato de Pamela, y la promesa de buscarla siempre, y de otra mujer cuyo nombre ya no se lee porque arrancaron parte de la hoja…

(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).