Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Permítame malversar el espacio de esta columna, dedicado de manera obsesiva a Aguascalientes, para contarle un poco sobre un viaje que tuve el privilegio de hacer hace unas semanas, a la ciudad de Chihuahua, para asistir, en mi calidad de director general del Instituto Cultural de Aguascalientes, a una reunión de titulares de cultura, en cuyas sesiones se habló de aspectos de capital importancia para la gestión de las artes en los estados como lo son la posibilidad de allegarse recursos para la gestión de las artes procedentes de impuestos, la problemática que significa garantizar el derecho a la cultura por parte de todos los mexicanos, etc.

Aparte de las sesiones de trabajo, hubo valioso tiempo de convivencia con titulares de Campeche, Chihuahua, Durango, Nuevo León, Querétaro, y Sonora, a fin de compartir experiencias de trabajo, y tiempo también para ver un poco la capital del Estado Grande, en parte por cuenta propia, y en parte guiados por la amable conducción del personal de la Secretaría de Cultura de Chihuahua, que propició la visita a algunos lugares en los que se mezclan la belleza y la historia.

Por cierto que al parecer la gobernadora electa tiene la intención de desaparecer por decreto la citada dependencia, y sumar la atención de la actividad a la Secretaría de Educación y Deporte, con el objeto de, ya se sabe, optimizar los recursos, en una medida que sin duda resulta retardataria; un retroceso en toda regla, dado que no es lo mismo contar con una dependencia -secretaría o instituto- que se dedique al 100% a su actividad, toda su atención, que diluirla con otras, en las que, eso también lo sabemos, será menos valorada. Optimicemos el aire; no importa que terminemos asfixiándonos.

Esto me recuerda algo que escuché hace algunos años, cuando se debatía en la universidad la posibilidad de desaparecer algunas carreras humanísticas -sociología, historia, filosofía- debido a una matrícula que en principio las hacía económicamente incosteables. En algún curso de formación de profesores algún colega dijo algo así como lo siguiente: “preparemos buenos ingenieros para que no se nos caigan los puentes; no importa que se nos caiga la sociedad si cerramos carreras humanísticas”…

Estoy convencido de que el fomento de las artes y las humanidades, su consumo por parte de todos sirve, entre otras cosas, “para que no se nos caiga la sociedad”, es decir, para contener la descomposición social que impulsan la pobreza, la violencia, la ignorancia; para que la sociedad se humanice a partir de la generación de una ciudadanía reflexiva y crítica; más solidaria y respetuosa del otro, pero ¿cómo profundizar en estos objetivos, si se desmantelan las instituciones que las promueven?

En fin. Ya veremos en qué acaba este asunto.

Regreso con mi relato. En el caso de las ciudades mexicanas, un buen comienzo para conocerlas es la plaza, los edificios que la rodean, en donde generalmente se encuentran los edificios de los poderes, civiles y religiosos. Generalmente, pero no en el caso de Chihuahua, en donde falta el Palacio de Gobierno, por lo menos en la Plaza de Armas. Están la catedral, dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, uno de los pocos edificios de la etapa virreinal que existen en la ciudad, con sus fachadas de cantera profusamente labrada; la sede del Poder Legislativo, un edificio moderno, sin mayor gracia, más alto que aquélla, el Palacio Municipal, y en el cuarto lado, un par de edificios en los que domina uno con detalles de art déco, construido en los años 30 del siglo anterior.

En este edificio existe una tienda de artesanías, que ofrece una muestra de lo que produce la tierra; aquella tierra: cerámica delicadamente pintada, morrales, dulces de manzana con la forma del estado, de leche, con nueces, sin ellas, ropa, muñecas rarámuris de tela, redes para atrapar sueños, y desde luego el imprescindible sotol… Entre las piezas en venta me llama la atención una especie de ensaladera en cuyo fondo está pintada una Última Cena en la que los personajes son indios rarámuris…

Frente a la catedral, kiosko y monumento al adelantado fundador de Chihuahua -octubre de 1709-, don Antonio Deza y Ulloa de por medio, se encuentra el Palacio Municipal, una espléndida construcción del periodo francé… Perdón: del periodo porfiriano, en cuya planta baja encuentro la exposición 2020 y otras catástrofes, del artista Abraham Chacón, y en la que evidentemente el tema principal es el coronavirus, pero entre las otras catástrofes consideradas por el artista está la lucha de los chihuahuenses en contra del Gobierno Federal, por el agua de la presa Las Vírgenes, etc. Por cierto que hasta donde pude observar, los mejores ejemplos de arquitectura, digamos, histórica, datan de la época porfirista, como este Palacio Municipal, o un edificio de comercio de telas en la peatonal calle Libertad.

Por esta calle se camina hasta la Vicente Guerrero y se llega a un par de edificios monumentales, ambos dignos de una detenida contemplación: por una parte está otra edificación de la época porfiriana, aunque su fachada me recuerda más la del Metropolitan Museum of Arts, de Nueva York, guardadas las distancias y proporciones, que la arquitectura afrancesada de la época. Si bien tiene labradas encima del vestíbulo las palabras Palacio Federal, y arriba, superpuestas, las letras RM, supongo que República Mexicana, es ahora la Casa Chihuahua, un centro cultural. Por su forma se me figura que ahora que la gobernadora desaparezca a la Secretaría de Cultura bien podría convertirlo en una arena de box y lucha libre… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).