Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Concluyo con esta breve serie dedicada a quienes me han favorecido con su lectura y que conocieron al pintor Oswaldo Barra Cunningham en las ocasiones en que se hizo presente en Aguascalientes, entre 1960 y 1962 la primera vez, y de 1989 a 1992 la segunda, para trabajar en los muros del Palacio de Gobierno, y compartieron conmigo su experiencia con el artista. De hecho yo mismo lo conocí y le hice una entrevista que originalmente publiqué en 1990, y que en estas semanas he estado reproduciendo, tomando como pretexto el hecho de que el pasado 4 de febrero se cumplieron 100 años de su nacimiento, allá, en la lejana ciudad chilena de Concepción.

En días pasados visité al licenciado Gabriel Villalobos Ramírez, quien no requiere de mayor presentación, dada su amplia prosapia y ascendente en la comunidad. A sus 89 años, se considera un “viejito, aporreado pero contento; una calavera rumbera”, y sí, su optimismo está a flor de piel, así como sus ganas de vivir y de compartir experiencia y recuerdos. También me sorprendió su lucidez, que se puso de manifiesto con más de algún dato que me aportó. Antes de entrar en materia me honró con el recuerdo de viejos artículos míos que he publicado, sobre La Congoja, puerta de entrada a la Sierra Fría, la Central Camionera, etc., y me contó sobre sus inicios profesionales como abogado, primero como juez de paz hacia el final de la administración del gobernador Benito Palomino Dena (1953-56) y luego como agente del ministerio público en el sexenio del siguiente Ejecutivo estatal, que lo fue el ingeniero Luis Ortega Douglas, quien precisamente ordenó la realización de los dos primeros murales de la sede gubernamental, que justo estaba por concluirse la remodelación más profunda del edificio.

En su calidad de agente del ministerio público, trabajaba en la procuraduría, que entonces estaba en Palacio de Gobierno, justo en las oficinas del lado sur, planta baja, donde se encuentra el primer mural, por lo cual coincidió en ese empleo con la ejecución de la obra. El jurisconsulto recuerda que en sus momentos libres se subía al andamio, a platicar con el pintor. “Nada más que yo era un amigo retrógrado, oscurantista, y yo le decía: mira: esto que estás haciendo no está muy apegado a la historia, por ejemplo, pones a un Rincón Gallardo ordenándole darle en la torre a un peón. Parece que le está diciendo al otro: dale de carambazos, y el pobre está hincado, y eso no fue así.

Tampoco es cierto esto del obispo agarrando al muchacho para que no salga a estudiar. No es cierto, en Aguascalientes los obispos han colaborado con el avance de Aguascalientes, y el pintor respondió: pues así me dijeron”.

Aquí valdría la pena recordar que en su calidad de extranjero, Barra no conocía Aguascalientes. Había estado aquí una buena parte de 1960, para pintar un mural en la Casa de la Juventud, hoy sede del Instituto Estatal del Deporte, y luego en 1961 para llevar a cabo el primer mural del palacio, y si el tema era Aguascalientes, el artista debió informarse sobre los activos del estado, la cultura, la economía, las tradiciones. En este menester Barra fue apoyado por Víctor Sandoval, Salvador Gallardo Topete, en ese tiempo identificados como de izquierda -claro, de esa izquierda tolerada por el régimen-, y Alejandro Topete del Valle.

En este aspecto, digno de recordarse es el esfuerzo diocesano por la educación, particularmente en el nivel básico. El Colegio Portugal, por ejemplo, surgió de la iniciativa eclesiástica.

El haber pintado al obispo como obstáculo para la educación, dice el licenciado Villalobos, “ocasionó un problema fuerte, porque hubo una guerra en los periódicos. Por el lado católico estuvieron el doctor Alfonso Pérez Romo y un sacerdote, el padre Silva, que escribía con el seudónimo de Casimiro, y por el otro lado el abogado Horacio Westrup Puentes. Y luego está la Pelos de Oro, que tenía su confesor, y el confesor le decía a un familiar mío, al doctor Salvador Ramírez: llévame a la casa de esta mujer, para que no vayan a pensar mal. Era su director espiritual, y era a tal grado, que sus hijas las tenía de internas en un colegio de monjas en Guadalajara.

La segunda ocasión en que Barra trabajó en el Palacio de Gobierno tuvo lugar entre 1989 y 1992. Entonces el artista compró una casita en la esquina de las calles de Grecia y Pedro Parga, de esta ciudad, que el licenciado Villalobos le escrituró gratuitamente, esto a manera de agradecimiento porque “estás adornado el palacio de mi tierra”. En correspondencia, Barra le obsequió un cuadro de una exposición que estaba preparando para exhibirse en el Palacio Legislativo.

En otra ocasión, cuando el chileno pintaba el zaguán del Palacio de Gobierno con la remembranza de la guerra chichimeca (segunda mitad del siglo XVI), el artista inquirió por el Camino de la Plata y ese lugar mítico que es la Hacienda de Bocas, y el abogado lo llevó a esa zona, cosa que le agradeció porque le evitó “cometer un error, porque durante esa jornada observó que los nopales tenían tunas en los bordes y no en todas partes”, tal y como pensaba plasmarlos.

Finalmente, cuando le pregunté por la prostituta del mural, el licenciado Villalobos sonrió, sacó su capote mejor y me dio dos que tres pases que arrancarían los aplausos de los más exigentes taurófilos, y más bien me recordó que fue Ortega Douglas quien dirigió la construcción de la segunda torre de Catedral. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).