Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

La semana anterior le conté de una entrevista que tuve con la señora Irma López Lozano, que siendo niña -evidentemente- fue inmortalizada por el maestro Oswaldo Barra Cunningham en el mural de la Feria de San Marcos que está en Palacio de Gobierno, y que por cierto este año cumple 60 de haberse plasmado. El contacto fue posible, gracias a un hijo de la señora, Luis Daniel Cueto López, quien a su vez se comunicó conmigo a raíz de la publicación en una imagen del mural en mi página de Facebook (Carlos Reyes Sahagún. Cronista del municipio de Aguascalientes).

Este es el resultado de nuestra conversación. Para evitar aquello de pregunta y respuesta, permítame presentarle a doña Irma en primera persona. Así que corre y se va…

Me llamo Irma López Lozano. Hace mucho que no veo el mural de la feria que está ahí, en el Palacio de Gobierno. A mucha honra estar ahí. Todo fue porque mi mamá tenía su puestecito… ¡puestesote, 15 o 20 metros!, ahí en la calle Jesús Contreras, en tiempos de feria. Trabajaba con el permiso del patronato, y fue la iniciadora de esa clase de negocios de comida en la feria.

Ponía unos barrotes así como de madera, y luego le enredaba unas guías de flores, que mandaba hacer con una señora que trabajaba en el Mercado Terán. No había mesas, sino tablones y ponía manteles blancos, con sillas de tijera. Cada año las mandaba pintar, blanco con azul. Además de las mesas estaban las cazuelas con arroz, mole, pollito, enchiladas con pollo… Era lo que rifaba. Tuvo éxito mi mamá; vendía muy bien. Empezaba a medio día, y así estaba, hasta la noche. En ese puesto de mi mamá en la feria, yo estaba chiquilla, pero me acuerdo bien, conocí a Javier Solís, una noche que llegó así, a medios chiles, y la Ninón Sevilla, que bailó ahí, en los tablones de mi mamá. Luego había matinés en Los Globos, y en otra ocasión me tocó ver a Viruta y Capulina, tirados ahí. Después de que dieron la matiné se fueron a los tapancos, y amanecieron ahí, tirados en una mesita. Me acuerdo de cuando se murió Pedro Infante, en el 57, ¿verdad? Ya entonces iba yo con mi mamá, y se murió Pedro Infante, y vocearon la noticia.

Del pintor no me acuerdo… Pero sí que un día llegó ahí, con mi mamá, y nos vio a mi hermano y a mí, y le pidió permiso para pintarnos. Ahí andábamos nosotros danzando, muy chiquillos, nos metíamos por la balaustrada y nos salíamos. Ese era nuestro ambiente. Le pidió a mi mamá y nos treparon a la Rueda de la Fortuna, la chiquita, porque atrás estaba la grande, y ahí nos tuvieron. Nos decía: no se muevan. Nos pintó en un papel. Yo no sabía del pintor, hasta últimamente que me platica mi hijo quién era y cómo era, pero sí tenía la noción de que me habían pintado, y a mi hermanito Gustavo también. ¡Qué orgullo!, ¿verdad?

Pero deje que le cuente que en el lado contrario del mural de donde estamos mi hermano y yo, ahí donde pintó los puestos de comida, el que aparece es el puesto de mi mamá, “La Sanmarqueña”, se llamaba. y los jotitos que están ahí… Yo me sé los nombres, ya murieron todos. Eran La Mariposa, La Josefina, que es el canoso; ese hasta vivió en la casa de mi mamá después de que dejó de trabajar. ¿Qué cómo se llamaba? ¡Sabe! Yo creo que José, Juana la de Irapuato, pues Juan… La Negrocina, es el que trae una charola. También quien sabe cómo se llamaba.

Nomás se llegaba abril y se venían, a ver con quién iban a trabajar, y la gente los admiraba, porque eran una novedad. No eran de aquí, casi todos venían de fuera. No sé si les pagaban, pero las propinas eran buenas, y ellos muy amables.

Cuando se acabó ese negocio de mi mamá, ya después se lo copiaron, porque no era nomás el puesto de mi mamá: estaba también el de Carlitos, que le decían La Princesa, y otro. El formato que mi mamá utilizaba se lo copiaron después “Petra, La Balaza”, que luego le cambiaron de nombre a “Petra, la de la mano sabrosa”, y tenía su esposo, que le decían el tenorio. Era una señora ya de edad, yo la veía y ya estaba viejita…  ¿Que qué quiere decir “La Balaza”? ¡Sabrá Dios!

Yo nací en la vecindad del Gambrinus, en la calle de Liberad, enfrente de la San Ignacio, entre la calle Jesús María Terán y Libertad. Ahí estuve toda mi vida; entre el fango, entre lo mero bueno, los mariachis, las tamboras, los borrachos, las viejitas… Las meretrices afuera de los cuartitos, sentadas, esperando clientes, y uno como si nada… Éramos chiquillos.  Era yo muy inocente, no sabía lo que veía… Los mariachis, los borrachos y los danzantes, y muchas cosas que veía, los caballos, todavía se usaban mucho, las calles empedradas. De lo que sí me acuerdo que me decían: “vaya a traerme sabe qué”, y ahí voy cruzando por la calle Terán, ya en la nochecita. Se me hacía curioso que las viejitas estaban ahí, con los pelos güeros, güeros, pintadotas, bien mucho, sentaditas ahí afuera. Ya después platicaba mi mamá, como iban a cenar con ella a la cenaduría. “También tenían nombres medio raros, y decían: “¿cómo te fue? ¡No, muy poco trabajo; muy pocos clientes”, y ahora, atando cabos…  (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).