Por J. Jesús López García

En la antigüedad, la idea de patrimonio arquitectónico no se centraba tanto en los objetos construidos sino en los preceptos que esos objetos iban fijando a través del tiempo en diversos espacios geográficos en que se iba manifestando una idea común de civilización.

El crítico e historiador John Summerson (1904-1992) nombra a los órdenes clásicos “el latín de la arquitectura”, por ser una especie de lengua franca de la construcción occidental hasta prácticamente el siglo XIX; por ello más que los objetos construidos, ese “latín de la arquitectura” fue el gran patrimonio que perduró vivo por más de dos milenios no obstante haber en ese periodo grandes obras de arquitectura, y a pesar de mostrarse parcialmente destruidas -Partenón de Atenas-, continúan siendo referentes patrimoniales de la arquitectura universal.

El concepto de patrimonio arquitectónico se manifiesta en nuestro tiempo diferente; antes era un activo del oficio de levantar edificios y ciudades, era un preceptivo vivo y en constante perfeccionamiento y refinamiento. Hoy el patrimonio arquitectónico se presenta ya no como preceptivo sino como un catálogo de elementos edificados que hay que conservar y proteger.

Como sucedió a partir de 1850 cuando por los avances de la industrialización y la revolución tecnológica que aquella trajo consigo se exploraron nuevos derroteros tecnológicos y formales, la segunda parte del siglo XX, soportada arquitectónicamente por la consistencia de las propuestas de la primera en un Movimiento Moderno experimental y revolucionario que formó de paso un canon, estableció una plataforma para una arquitectura más libre y menos canónica donde las formas y las técnicas de la modernidad podían combinarse con elementos poco o nada modernos, o donde la exploración de formas cedió ante la configuración de espacios pues los materiales y los procesos modernos quitan presencia física a la imagen de la construcción.

Lo anterior ha contribuido a la profusión de edificios que son difíciles de clasificar pues no es tan sencillo adscribirlos a una corriente, tendencia o estilo, por tanto es complejo adjudicarles algún tiempo que pueda hacerles susceptibles a formar parte de una categoría catalogada como patrimonio. A esto hay que añadir que seguimos viendo en mucho del siglo XX, una arquitectura “vieja” pero sin méritos para ser considerada patrimonial aunque mucha de esa producción tenga ya una centuria o más. La vemos aún muy inmediata a nosotros pese a su antigüedad real y sobre todo, pese a su valor que es mucho más consistente de lo que comúnmente se le achaca.

En Aguascalientes se han hecho avances para otorgar ese valor patrimonial a la arquitectura de inicios del siglo XX, y poco a poco a varias fincas de mitad del mismo siglo. Gradualmente también irán considerándose inmuebles del último tercio del siglo pasado como el ubicado en la calle Durango No. 105. Una residencia que tiene las características de la arquitectura de los 70 en que se crea una disposición de espacios que se suceden en desniveles en que los volúmenes van enlazándose con espacios vacíos para crear más que una fachada dinámica, un esquema lúdico que invita a explorar. Grandes trabes que cubren claros igualmente grandes se mezclan con algunos gestos posmodernos ligados a una tradición como el remate inclinado de la casa recubierta de teja, pero de una manera que se escapa de la noción de aquello pasado.

Edificios como éstos, diseñados y realizados por arquitectos profesionales aún están a la espera de ser considerados parte del patrimonio arquitectónico del siglo pasado, esperemos que las transformaciones, remodelaciones o las demoliciones no les conviertan en parte de un imaginario particular con base en fotografías solamente, sino que se les trate como a esta casa, con el cuidado y respeto al patrimonio arquitectónico que será.