Por J. Jesús López García

Cuando escuchamos el término “patrimonio” adjunto a los adjetivos “arquitectónico”, “cultural”, “histórico”, “social” o “artístico”, de inmediato tendemos a asociarlo a los edificios o a los objetos de cierta calidad de antigüedad, pero, incluso siendo el patrimonio un conjunto de elementos, de costumbres y de tradiciones de fuerte raigambre en la población, no es un grupo que pueda considerarse tan atendido que salga indemne de la erosión de la cotidianidad y del paso del tiempo.

En el Lejano Oriente, la permanencia del patrimonio tiene más que ver con la preservación de las tradiciones, que a su vez conservan los objetos que con la permanencia de estos mismos. En Occidente, la originalidad de los elementos, incluidos los arquitectónicos, es muy apreciada, pero mantiene de manera paradójica a esos entes en una condición de fragilidad permanente. Lo anterior se agudiza cuando el edificio pierde su función útil y las alternativas a su cometido original. El Coliseo romano fue parcialmente desmantelado cuando ya en la Edad Media cristiana su función fue prácticamente olvidada, su piedra pasó a formar parte de la constitución de muchos otros edificios y fue hasta el siglo XVIII cuando al  calor del resurgimiento del interés por el clasicismo en la racionalidad intelectual y en la sencillez compositiva en el arte y la arquitectura se comenzó a estimar bajo otra luz a aquellas edificaciones provenientes de centurias atrás.

En el XVIII, siglo de la Ilustración y del arranque de la Revolución Industrial, las novedades intelectuales y técnicas fueron definitorias para considerar al patrimonio como un medio vivo para conocer el pasado, contrastarlo con el presente y comprender en qué consisten las rutas hacia el futuro. Algo similar sucedió con la manifestación del paisajismo moderno, pues ambos, patrimonio y paisaje, eran factores que estaban ya siendo paulatinamente amenazados por un desarrollo tecnológico, urbano y económico imparables.

En ese momento, se comienzan a esbozar piezas arquitectónicas inéditas, realizadas en materiales igualmente nuevos, con funciones desconocidas que, a pesar de su ruptura con las formas del pasado, de alguna manera comparten con él su esencia caducable constituyéndose como un reciente conjunto de elementos patrimoniales. En nuestra capital local, esa irrupción que sucedió a fines del siglo XIX, fue asimilada como el inicio del Aguascalientes actual, industrial y urbanizado, por lo que no acabamos de ver a las naves de los ex talleres del ferrocarril y lo poco que queda de la Fundición como parte de un patrimonio Moderno que merece ser comprendido y atendido, pues de esos sitios provienen varias de las pautas que han hecho de nuestra ciudad lo que actualmente es.

En una plazoleta existente en el conjunto de los talleres ferrocarrileros, que acompaña a uno de los tiros de chimenea de la vieja Casa de Fuerza, existe uno de los últimos edificios de oficinas que por ser realizado ya en la segunda mitad del siglo XX, se diferencia de las añejas naves industriales vecinas de fines del siglo XIX y principios del XX. Tenemos en ese sitio a uno de los principales conjuntos industriales del país y, sin duda, es una referencia primordial para conocer el patrimonio total de la arquitectura del siglo XX en nuestra ciudad y estado.

En ese lugar, las formas de la arquitectura comenzaron a redefinirse rompiendo con los cánones de la tradición, de la mano del uso del acero y el concreto. A partir de ese lugar, se fracturó la traza tradicional para regularse en una retícula de calles rectas a partir de grandes desarrollos urbanísticos. La influencia anglosajona de la construcción se hizo presente y se hibridó con las formas de la arquitectura vernácula. Nació así el patrimonio arquitectónico moderno de Aguascalientes, aunque aún le tomó casi cien años ser considerado como tal.

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