Carlos Reyes Sahagún /Cronista del municipio de Aguascalientes

El texto que se utiliza en el viacrucis de San José de Gracia, informa Víctor Burgos, cronista de aquella municipalidad, está basado en otro de un autor del siglo XIX, Enrique Pérez Escrich, un valenciano que vivió durante buena parte del siglo XIX, titulado “El mártir del Gólgota. Tradiciones de Oriente”, y en términos generales utiliza como punto de partida las narraciones evangélicas, para de ahí desarrollarse según el piadoso fervor del autor. En mi inútil opinión este momento del discurso final de Pilato es la mejor parte; la más original.

“Ecce homo”, clama el romano. “Mirad aquí al hombre, pueblo ingrato y desleal y nada agradecido a los beneficios que de este hombre habéis recibido.”

A despecho de los gritos del procurador romano; de esa falta de inflexiones, hay algo en la voz del joven que conmueve. Se me figura que su tono revela la angustia que le provoca verse inmerso en este drama, en contra de su voluntad. Pilato recrimina a los judíos y se dirige a ellos en tanto avanza hacia el borde del escenario, para luego retroceder.

”Ecce homo. Mirad a este hombre, pueblo infiel, de dura cerviz. Mirad las consecuencias de vuestro enojo y mala voluntad. ¿Veis este rostro tan pálido y oscurecido?

El representante de Tiberio busca la compasión del respetable, pero más bien pareciera que la suplica para él, por lo que finalmente hace: lavarse las manos y ordenar la crucifixión del galileo, no sin antes maldecir a quienes lo obligan a tomar tan trágica decisión. “Tiempo llegará, ciudad perversa… Sí, tiempo llegará, gente maldita, en que se os demande la sangre que de este hombre se está derramando, y entonces pagaréis vuestra maldita crueldad.”

De esta forma se cumple la Primera Estación del viacrucis… Pilato sale de la luz; de la historia, y entra en la oscuridad definitiva, a donde más temprano que tarde le seguiremos. Nunca nadie sabrá más de él que lo señalado en los evangelios. Entra en escena, hace su papel; su triste papel, como todos los demás en esta historia, como Anás y Caifás y Judas, y luego se interna en el silencio sinfín.

Siempre me ha intrigado esto, porque tiene mucho que ver con nosotros: los que entran o salen de la historia a partir de lo que se dice de ellos, o sobre ellos, lo que hicieron o dejaron de hacer. Estaban en la oscuridad y entraron en la luz de la palabra escrita. Desempeñaron su papel y volvieron a aquella. Así les pasó a todos aquellos; así nos ocurrirá a nosotros.

Entonces comienza el recorrido por la denominada “Calle de la amargura”. Traca-tracatatraca-tracatatraca-tracatatrá, inician los tambores, y con ellos la procesión rumbo al calvario, a la que se incorporan cinco jinetes de los soldados romanos. De cuando en cuando se escuchan gritos: “Que muera. ¡Sí, que muera, que muera!” De veras es un calvario recorrer estas calles onduladas; las arterias de un pueblo que parece a punto de hundirse en la presa, que está aquí, a unos cuantos metros; así de inclinado está el espacio…

A diferencia del principio, ahora las cornetas se hacen escuchar, pero parecen batallar para alcanzar a los tambores, aunque todos se escuchan hasta que el cortejo llega a una esquina y se detiene. Entonces se lee el larguísimo edicto de condena a muerte, acto que se repetirá en varias ocasiones, “para que nadie pueda alegar ignorancia”.

“Traca-tracatatraca-tracatatraca-tracatatrá”, vuelven los tambores con su sonsonete, y la marcha se reanuda. Entre los miembros de este singular cortejo va una mujer extraña, que viste de negro, la piel debidamente empalidecida con maquillaje, que contrasta con el color de sus ojos, cubiertos con unos lentes de contacto con el iris muy pequeño; muy intenso, y el blanco de los ojos de una tonalidad azul inhumana; perturbadora; un color “no me mires, porque me sueñas”. Va de un lado a otro, ajena a lo que ocurre; ausente con una ausencia mental. Me equivoco con ella, porque creyendo que era “La muerte”; alguien así, resulta que es “La tentación”. A la hora de las caídas del reo se acerca, se agacha, acaricia la cruz, o los pies enguaracados del nazareno.

Y hablando de tentaciones, en la esquina de Venustiano Carranza con la avenida principal, la Gámez Orozco que se convierte en la Enrique Olivares Santana, hay una carnicería abierta, y muy cerca de la entrada un cazo encendido en el que se vierten buenas piezas de lomo, buche, costilla, pierna, vísceras, todo de cerdo. A despecho de lo anterior, otra carnicería, la Hernández, los cuatachos, está cerrada.

“¿Qué os parece?¡Sí, que muera, que muera!” claman los soldados, pero al mismo tiempo en una de esas se acercan al joven que encarna a Cristo y algo hablan con él, o lo cubren del respetable para que no se vea que le pasan una botella de agua. En verdad os digo que el calor está cañón, y peor con los pavimentos de concreto. La verdad que es un suplicio andar estas calles de arriba a abajo sin necesidad de cargar la cruz, lo cual me recuerda que a final de cuentas San José de Gracia es hijo de la terquedad de sus habitantes: despojados de sus cosas, de sus casas, de sus calles, por las invasión de las aguas, se negaron a irse de aquí, y se establecieron en estas suaves estribaciones -tampoco es el Himalaya, ¿verdad?-, y este es, sin duda, un dato interesante: aquí no hay antigüedades; todo aquí es nuevo de no más de unos 80 años. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).