Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

San José de Gracia, 19 de abril de 2019. El tradicional viacrucis que se celebra desde hace más de un siglo en esta localidad sigue su curso. Los sumos sacerdotes y los escribas han decretado la muerte de Jesús de Nazareth; y mientras las fuerzas del Sanedrín van por el reo, a Judas se le caen las escamas de los ojos; del cerebro, y toma conciencia de la enormidad de su falta, y así nos lo hace saber…  ¿Ya para qué?

La prisión está en la siguiente cuadra de la avenida donde se montaron los escenarios del juicio, y hasta allá se dirigen los soldados, acompañados por los tambores de la banda de guerra. Es una cochera sobre la que se ha montado un arco hecho con bloques de hielo seco pintados de verde, y en el centro el letrero más obvio de esta vida: calabozo. De ahí sacan al inocente a empellones. Así también lo llevan al escenario de los sumos sacerdotes, justo al centro de la escena, y en lance se ensañan los condenados con el carpintero devenido en predicador. Lo llevan con los ojos cubiertos -de seguro para no vérselos y soñarlo el resto de sus miserables vidas-, y amarrado al cuello una cadena que sostiene uno de ellos y que de cuando en cuando jala. Va la banda de guerra avanzando hacia el palacio de los sumos sacerdotes a pasos muy pequeños, tanto que por eso mismo más bien son pasitos. En el camino se escapan los otros prisioneros; los que acompañarán al joven rabino de Nazareth en el Gólgota. Corren y se confunden con la gente, pero invariablemente los vuelven a atrapar y a incorporar al contingente. Ya está Jesús casi frente al palacio de los sacerdotes, dispuesto a escuchar el alegato infame de los letrados.

De esta forma inicia un interminable vaivén entre ambos escenarios, el mismo que dio origen a la frase “ir de Herodes a Pilato”, que es, según el sitio de la Internet Etimologías de Chile “ir de una persona a otra o de un lugar a otro que se lo van quitando de encima y sin encontrar solución, cuando uno tiene que resolver un problema o hacer una gestión importante, o bien algunas veces ir de mal en peor en la gestión de los asuntos”.

Así traen buen rato estos tales por cuales a esta azucena del campo; este lirio precioso que es Jesús de Nazareth, y ahora, justo ahora, me acuerdo de un fragmento de “Un viaje a Termapolis”, en el don Eduardo J. Correa, uno de mis santos patronos, recuerda las celebraciones de Semana Santa en el tercer cuarto del siglo XIX en Aguascalientes… Doña María Engracia recomienda a su jurisconsulto huésped asistir en Domingo de Ramos a la misa del padre Juanito Ávila, que abrevia la lectura de la pasión de Cristo pasando hojas y diciendo: “tarugadas de Pilato y barbaridades de los judíos”. Así ocurre ahora en este proceso judicial realizado mucho antes de que se diera por concluida y acabada la corrupción, y durante muy buen rato; excesivo, diría yo, traen al preso de un lado a otro, y entre tanto más de uno se toma una foto con Judas, que ya cumplió con su triste papel y ha quedado fuera de escena, hasta su ahorcamiento.

Siguen los diálogos; los gritos de estas voces rústicas, por momentos fondeados con la evocadora música que Miklós Rózsa compuso para la película Ben Hur; esas marchas romanas que hasta parece que el húngaro estuvo presente en la entrada del gobernador Grato en Jerusalén, escuchó la melodía de las trompetas, la anotó y luego, ya de regreso a nuestro siglo XX, escribió ésta, que en mi inútil opinión es su partitura maestra.

Traca-tracatatraca-tracatatraca-tracatatrá… El cortejo, soldados, prisioneros y tambores, va y viene, va y viene, hasta que llega el turno de castigar al nazareno. El zonzo de Pilatos ordena soltar a Barrabás y azotar a Jesús hasta en 25 ocasiones; a ver si a la vista de la sangre que brota de su espalda se tranquiliza la chusma maiceada por los sumos sacerdotes, que por cierto se dirigen a Pilatos como “el presidente”, en una clara deformación de la cultura política mexicana.

Fuerte, compañero, sin compasión”, grita uno de los soldados, mientras la espalda del Mesías comienza a enrojecerse en un efecto plausible, como si en los hisopos con los que golpean la espalda del hombre fueran ocultas ampolletas de bebida refrescante sabor fresa -o dicho de una manera más moderna: frutos rojos-, que en el momento del golpe estallaran. “Fuerte, compañero”, insisten los soldados, faltos de imaginación para introducir alguna variante: “Fuerte, compañero, sin compasión”.

Terminado el tormento de los azotes, que según la versión del viacrucis josefino fueron 5,435 -¡vaya exactitud de la cuenta!-, se produce una andanada de insultos y falsas carcajadas por parte de los soldados civilizadores del mundo. Uno a uno suben al escenario, toman el micrófono, escupen su injuria y bajan.

Al concluir esta secuencia viene el discurso final de Pilato. Ecce homo, grita el romano señalando al hombre a su lado. “Mirad aquí al hombre que tenéis por vuestro enemigo… ¿Qué más puedo hacer por él, que haberle castigado con tanta tiranía? Ya no tenéis por qué temerle, en la situación en la que se haya, que casi no parece hombre”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).