Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Desde 1999 mi Dulce Compañía y este servidor de la palabra que me he propuesto ser, asistimos a los viacrucis que se organizan en los pueblos de Aguascalientes… Lo hemos hecho cada año sin falta, hasta que la práctica se truncó por la condenada pandemia que nos azota, y que dio al traste con infinidad de actividades, hasta nuevo aviso.

En razón de “no me acuerdo por qué”, en 2019 no escribí sobre aquella, que fue, hasta ahora, la última ocasión en que salimos a la carretera, 19 de abril, y que tocó en suerte que fuera, por segunda ocasión, a San José de Gracia. De hecho no me gusta repetir, pero aquella vez subí a la Sierra de Guajolotes en atención de la invitación que me fue formulada por el joven Noé Román Herrera, estudiante de la carrera de música en la UAA y miembro del equipo organizador del viacrucis. Así que me quedo con las ganas de bajarme y seguir las procesiones que encuentro en el camino, en El Milagro y en El Canal, ambas localidades de Rincón de Romos, y en la carretera a San José de Gracia. Con ganas de quedarme en alguna de ellas, la que sea, dado que todas me interesan, pero mi destino está trazado. Por cierto que ha sido, también, la única ocasión en que no me acompañó Mi Dulce Compañía.

También encuentro en el camino una procesión de motociclistas encuerados, pero esa no me interesa en este momento; otro día sí.

Llego a San José de Gracia y estaciono el vehículo justo donde veo a la distancia una procesión que avanza por una calle sin nombre… Sus miembros van vestidos de maneras por demás insólitas; anacrónicas, por decir lo menos, con túnicas y mantos de colores, algunas cabezas cubiertas como si este Sol mexicano que moldeó los nopales y los mezquites, las aguas y los cerros; este Sol, digo, lo fuera del desierto de la Asia mediterránea… Va este singular cortejo encabezado por una imagen de tamaño casi natural del Señor de las Tres Caídas llevada en andas, y cierra con una banda de guerra compuesta por 18 tambores y 11 cornetas, hombres y mujeres, todos debidamente caracterizados de soldados y soldadas romanos.

Traca-tracatatraca-tracatatraca-tracatatrá, anuncian enérgicos los tambores urbi et orbi que justo ahí, donde se escuchan estas percusiones vertiginosas; rápidas, va la procesión, en tanto todo el mundo se desplaza hacia el sitio donde tendrá lugar el juicio al pobre carpintero de Nazareth. De seguro el retumbar de tambores se escucha hasta las estribaciones de la Sierra Fría, dado el proverbial silencio que vive en este lugar.

Gira esta comitiva hacia el oriente, hacia otra calle… sin nombre. ¡Ay, esa nomenclatura! Me extraña, considerando el milagro que el Cristo Roto y el gobierno de Luis Armando Reynoso obraron en San José de Gracia, que posicionó a este pueblo en el mapa del turismo religioso -nueva acepción del maravilloso arte de viajar- y que por tanto ahora es hasta pueblo mágico. Entonces, la nomenclatura debería estar incluida en las medidas mágicas del pueblo mágico, para que todo el mundo que se apersona en este lugar sepa dónde anda.

En fin. Ese es otro tema. Llega el cortejo a otra calle sin nombre, tan amplia que ya la quisiéramos en Aguascalientes, y ahí se detiene todo el mundo. Los extremos de la avenida están copados por escenarios como los que se utilizan en un concierto, altos, 9 bocinas superpuestas al lado de torres de cuya cúspide brota otra estructura que va de un lado a otro, sosteniendo un montón de reflectores.

El silencio rumoroso de la escena es roto por la voz del párroco, que inicia la ceremonia con una oración: ¡Oh Jesús Mío!, me preparo en este momento para acompañarte en tu viacrucis. En él voy a encontrarte, llagado, sin fuerzas y ensangrentado… Sigue el rezo con música sacra como fondo, hasta concluir, y entonces el hombre solicita a los vendedores ambulantes que dejen las banquetas a los testigos presenciales de este drama, y se vayan a las calles laterales.

En un extremo de la avenida, en cada escenario, están los romanos y en el otro los sumos sacerdotes judíos, que compartirán el espacio con Herodes, el otro. En el centro hay otra tarima de menores dimensiones, que hace las veces de estudio de televisión. Sentadas frente a una cámara, un grupo de personas comenta las incidencias de la representación. Entre ellas reconozco a Víctor Solís Medina, experto en temas de cultura popular, etc.

El arroyo de la calle es ocupado por actores y figurantes de este drama singular, y entre ellos aparece Judas, vestido de blanco, la piel totalmente ennegrecida gracias a una mezcla de manteca con cenizas. Ya están en su palacio don Poncio Pilatos y su respetable esposa, además de un soldado. ¡Ay, Poncio! ¡Cómo fuiste zoncio? ¿Por qué no escuchaste a tu mujer, que bien te dijo que no te metieras con este justo? A lo mejor fue entonces cuando se asentó la maldición que acompaña desde entonces a todo hombre que no escucha a su mujer; a lo mejor…

“¡Nunca puede ser el mal eterno y duradero!, que en mí no deben ceder los escándalos de este mal hombre”. Es Caifás quien habla, que de esta forma da comienzo a la representación. “Yo declaro que es indispensable que un hombre muera, para que no perezca más el pueblo”. La voz del hombre es dura; más que hablar grita, todo a gritos, como si antes de iniciar con su triste papel hubiera pedido en la cantina más cercana un caballito doble de coraje, para así darse el valor suficiente para atentar contra la vida del Hijo de Dios. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugeren1cias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).