Por J. Jesús López García

La palabra “parque” según lo designan varios estudiosos, tiene una etimología de origen sumerio. Proviene de la misma raíz que la palabra “paraíso”, lo que no hace extraño entonces el hecho de que una de las maravillas del mundo antiguo haya sido entonces los Jardines Colgantes de Babilonia, edificados a orillas del río Éufrates en el siglo VI a. C. por el rey Nabucodonosor II (630 a. C.-562 a. C.). La nostalgia de un paraíso perdido no solamente se trata en las creencias cristianas donde el jardín del Edén del que fueron expulsados Adán y Eva, se plantea como ese paraíso -por algo llamado “edénico” en honor a Adán- al que puede accederse de nuevo tras una vida buena de esfuerzo y sacrificio. La Arcadia perdida era una concepción similar en el mundo grecolatino y así en casi todas las culturas ancestrales los jardines paradisiacos eran lo mismo una memoria mitológica que un sitio al que regresar.

Al tiempo en que la protección de vivir en imperios inmensos como el romano fue desgastándose al irse erosionando el poder imperial, el campo quedó en muchas extensiones como una tierra baldía y peligrosa que tenía que ser resguardada por señores feudales, y fue hasta la Baja Edad Media y el inicio subsiguiente del Renacimiento cuando los jardines fueron nuevamente buscados como reservas terrenales de esos paraísos desaparecidos.

No eran jardines públicos, sino cotos al interior de complejos palaciegos y los proto-parques eran cotos privados de caza y montería reservados solamente a la aristocracia. Jardines de esas épocas como el del Generalife -del árabe “genatalarif”, jardín del arquitecto- en la Alhambra de Granada son de una fama bien ganada.

En la línea de los jardines orientales, esas reservas ajardinadas dentro de los palacios europeos fueron creciendo al irse acumulando de nuevo el poder político en manos de monarcas más dominantes ya después del Renacimiento como los jardines que el arquitecto paisajista André Le Notre (1613-1700) diseñó para Luis XIV, siendo los de Versalles los más famosos que incluso tuvieron réplicas en todo el Viejo Continente.

Pero aun así los jardines y parques públicos todavía tendrían que esperar hasta el siglo XIX para disponerse en ciudades en una expansión inédita debido a los procesos de industrialización que se estaban produciendo en los asentamientos humanos. Con esa expansión territorial de las ciudades, las fábricas y las redes de comunicación, el paisajismo empezó a gestarse como una especie de resistecia nostálgica y pacífica ante la pérdida paulatina de una campiña que antes se extendía con muy pocas barreras. El paisaje, decía el escritor portugués José Saramago (1922-2010) es un estado del alma, y con esa ideal el paisajismo fue revalorado por las primeras generaciones del mundo industrializado contemporáneo como una Arcadia que seguía perdiendo pero que podía ser puesto en práctica de la mano de parques y jardines abiertos a la creciente ciudadanía en general.

Los grandes jardines palaciegos fueron progresivamente abriéndose al público tras la Revolución francesa e inspiraron relatos como los de Washington Irving (1783-1859) o Ferdinand Bac (1859-1952), que a su vez inspiraron a estadistas, urbanistas y arquitectos para implementar nuevas ideas para hacer más amable el espacio urbano. De la mano de autores que ahora consideraríamos “preservacionistas” como Walt Whitman (1819-1892), paisajistas como Frederick Law Olmsted (1822-1903), fueron gestionando con las ciudades grandes parcelas de terreno para que la naturaleza se manifestase sin ser perjudicada. Así nació el Central Park de Manhattan en Nueva York, y los mismos esfuerzos para cuidar al bosque de Chapultepec en la Ciudad de México, donde la obra de artistas como José María Velasco (1840-1912) rendían tributo al gran paisaje abierto de nuestro país.

En Aguascalientes contamos con jardínes públicos desde la segunda mitad del siglo XIX. El jardín de San Marcos fue realizado en 1842 y su balaustrada concluyó en 1847. Los parques llegaron ya formalmente hasta el siglo XX, si bien lugares como la Alameda o el estanque de la Cruz fueron sitios de paseo desde antes. Los primeros parques eran pequeñas reservas urbanas con vegetación pre existente como es el caso del Parque Hidalgo. Los grandes parques como el Rodolfo Landeros realizado en los años ochenta del siglo pasado en terrenos de lo que fuese aeropuerto de la ciudad, llegaron a Aguascalientes con el nuevo impulso de crecimiento industrial de fines del siglo XX.

Los más importantes como el Landeros, el México II y el Cedazo, los últimos realizados aprovechando los vasos de agua de la Presa Los Gringos y de la presa El Cedazo y diseñados por el arquitecto Mario Schjetnan (1945-   ) reconocido nacional e internacionalmente, conjuntamente con el arquitecto Jesús Martín Andrade Muñóz (1952-   ).

El Parque Ecológico El Cedazo es sólo alguno de los explendidos parques con los que contamos en la ciudad capital aguascalentense, ya que el clima benigno de nuestro estado permite que dichos ámbitos sean visitados durante todo el año, presentando una variedad exhuberante de plantas, aves, peces y toda la naturaleza que hace que estos lugares se vuelvan indispensables para visitarlos.