Jesús Eduardo Martín Jáuregui

(TORPES, NECIAS, MENTIROSAS Y MAJADERAS.- Las tripulantas de la patrulla 410B2 el sábado a las 23:40, doblaron de la peatonal Nieto a la Plaza, sin la sirena, a toda velocidad cruzaron a Moctezuma, poniendo en riesgo a peatones, todo para llegar a la calle del Codo donde otra patrulla les esperaba con la torreta apagada. Al reclamarles su torpeza, la negaron, y me contestaron con el clásico: «Circúlele, no esté molestando, ya váyase a dormir»).

Con bombo y platillo o con bando “solemne” como suelen hacerlo los políticos,  el Congreso de la Unión anuncia que abrirá un período o etapa o sesión, o ¿qué se yo qué? de “parlamento abierto” (whatever that means), reuniones en las que asistirán invitados para dar sus puntos de vista sobre la reforma eléctrica propuesta por el ejecutivo. Desde luego, una de las condiciones es la premura, porque la ‘Cuatrerote’ espera poder lograr su aprobación antes de las próximas elecciones y, si fuera posible, antes de que Manuel Bartlett se ponga a cargar tierra en el ombligo.

Alguien tuvo la ocurrencia de llamarle “parlamento abierto” y la ocurrencia cundió, así como cundió hablar de “secrecía” en vez de secreto o “mandatar” en vez de mandar. El que no conoce a Dios a cualquier santo se le hinca y éste es el caso, llamarle parlamento a reuniones del congreso con invitados es tanto como confundir la gimnasia con la magnesia, porque aunque son del mismo barro no es lo mismo bacín que jarro.

No se hagan bolas decía el otrora innombrable, que ya ni quién se acuerde de que AMLO lo iba a meter a la cárcel, desde que el propio AMLO decidió echarle tierra al asunto con una consulta amañada y una pregunta confusa y estrambótica de su cohorte de adoradores. No se hagan bolas, un parlamento es una forma de gobierno, no una forma de sesionar. El gobierno parlamentario es un estructura de autoridad jurídico político que tiene características propias de competencia y facultades de autoridad y que no se limita a la aprobación de las normas, sino que toma decisiones en tareas de gobierno y en el que el primer ministro no ostenta la jefatura del Estado, pero sí la del gobierno que, en buena medida, comparte con el parlamento con el que tiene que estar en permanente comunicación y no pocas veces en constante tensión.

Aunque con diversos matices los gobiernos parlamentarios tienen un jefe de Estado que puede tener diversas denominaciones, diferente duración y diferentes facultades, aunque en términos generales no toma decisiones en el día a día del gobierno. Recordemos que el estado se compone de tres elementos según la definición clásica de Jellinek: territorio, población y gobierno, corporación territorial dotada de un poder de mando originario, aprendí en mis clases de Teoría Política con mi inolvidable maestro Don Héctor González Uribe S.J. El jefe de estado encarna la representación de las tres, por eso puede ser un Rey, un Monarca, un Jeque, un Presidente, etc., siempre que no tenga la responsabilidad directa de la toma de decisiones del gobierno. Esto permite que los países que tienen esta conformación política puedan sufrir crisis de gobierno sin que se ponga a debate la permanencia del estado. El mejor ejemplo es desde luego Italia, que desde la posguerra ha tenido decenas de gobiernos y ha mantenido la unidad y relativa estabilidad gracias al jefe de Estado. Un buen ejemplo también es Bélgica, que durante un buen tiempo no hubo un acuerdo para designar un jefe de gobierno y se mantuvo en paz y en orden gracias al jefe de gobierno: el rey.

En México somos muy copiones, malinchismo le llaman algunos. Luego de la Independencia con la Reforma decidimos copiar el sistema de gobierno de los güeros, les copiamos el presidente, el vicepresidente, el sistema representativo y federal, la suprema corte, etc., luego desechamos el vicepresidente porque se convertía en un peligro para el presidente y seguimos con lo demás. El presidente encarna las dos funciones: jefe de estado y jefe de gobierno, con  los consecuentes aspectos negativos, más aún cuando se tiene un presidencialismo autocrático como el que vivimos con algunos presidentes del PRI o como el que estamos viviendo con el presidente López Obrador.

En un sistema parlamentario el poder ejecutivo se atempera, por una parte porque hay un jefe de estado diferente del jefe de gobierno y por otra, porque el jefe de gobierno ve acotado su poder por el parlamento que tiene facultades decisorias en muchos campos, especialmente los que tienen que ver con manejo de finanzas, manejo de la milicia y la policía y relaciones internacionales.

Hace años, no muchos, había un político en México, Manlio Fabio Beltrones, hoy desaparecido, que planteó un proyecto para reformar la estructura política en nuestro país, proponía un sistema semi-parlamentario que sería una especie de ensayo o de primer paso para un sistema democrático y funcionalista, limitante del autoritarismo y la autocracia como son los parlamentos. Quizás Manlio se veía como primer ministro, quizás como presidente. La propuesta, para mal, no prosperó y por otra parte, al fortalecerse la presidencia dio paso al regreso de la Presidencia Imperial que estamos soportando.

El Congreso hará su pantomima y el resultado dependerá, no de las opiniones técnicas o científicas, sino de la habilidad o la fuerza para cooptar representantes de la oposición que sumen sus votos a la borregada del presidente y si la ‘Cuatrerote’ lo logra, ni el VapoRub nos salvará de un paso más a la dictadura.

(COVID, CONVENIENTE Y LIGHT.- Para el presidente López Obrador hasta el COVID le hace lo que el viento a Juárez. Mientras que otras personas de más o menos su respetable edad, como el suscrito que habla, hacemos acopio de vitamina C y D, retrovirales, paracetamoles y novenas de San Judas Tadeo, el Peje tiene con los “detente”, VapoRub y calditos, y en una semana cruza los pródromos, la enfermedad y la convalecencia. ¿Será verdad tanta belleza?).

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