Luis Muñoz Fernández

Se atribuye a Aristóteles la frase “para saber mandar bien, es preciso saber obedecer”, aunque otros aseguran que la pronunció Solón. No importa quién haya sido su autor, sino la verdad que encierra y que muchas veces es poco comprendida. Tiene que ver con la diferencia que existe en el mundo administrativo entre dos términos que a menudo se confunden: autoridad y poder.

No sé si mis definiciones sean las correctas, pero me han sido útiles desde que creo haberlas escuchado durante un curso de los considerados “de relleno” en el plan de estudios de la carrera de medicina. Ya no me acuerdo ni del nombre de la materia y apenas creo ver a través de la niebla del tiempo transcurrido el rostro de aquel profesor mayor, paciente y bondadoso que nos enseñó ambos conceptos.

Autoridad es el don de mando que se adquiere automáticamente por el solo hecho de asumir un cargo directivo. Poder sería algo mucho más difícil de aprehender: la sutil capacidad de influir en los demás sin encontrar grandes resistencias. Una cualidad que exige un trabajo interior y un esfuerzo deliberado para alcanzarla. Por eso, en el mundo administrativo (público y privado) son más los que abusan de su autoridad que quienes hacen hábil uso del poder. Para esto último hay que saber y haber vivido mucho más de lo que se enseña en las universidades y en los cursos de liderazgo y alta dirección.

Leyendo una colección de aforismos de Ramón Andrés, poeta, pensador e historiador de la cultura desde la perspectiva de la música, me encontré con una frase breve, deslumbrante como un relámpago y, a la vez, silenciosa, sin el retumbo acompañante del trueno: “Ya nacen con mirada de propietarios”. Viene a mí un pensamiento que llevo mascando desde hace tiempo.

Tengo la impresión de que ese abuso de la autoridad en menoscabo del arte en el uso del poder se ha acentuado últimamente entre los jóvenes que egresan de las universidades tecnológicas, los másteres en administración de negocios (MBA’s) y demás núcleos de adoctrinamiento del poder económico imperante. Los educan para ser jefes desde un principio, directivos de alto nivel, “CEOS” de empresas globales, emprendedores olímpicos que habitarán la cumbre sin haberla coronado tras un esforzado ascenso. Les meten la idea de que han nacido para mandar sin antes haber obedecido. De que merecen que los demás les rindan pleitesía. Craso error.

Emergen del cascarón con las garras afiladas y la piel extremadamente sensible. Una vez titulados, ni quién les sople. Como los herederos del vetusto millonario al olfatear la muerte inminente de su progenitor, se disponen a lanzarse sobre su herencia con una avidez y una precipitación que pronto habrán de llevarlos (y llevarnos) a la ruina.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com

¡Participa con tu opinión!