Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Si los maestros queremos darnos cuenta que los alumnos están aprendiendo o no el contenido de las clases, necesitamos revisar, permanentemente, las actividades que ellos realizan en los libros, en los cuadernos y en las tareas que hacen. En otros momentos, necesitamos pedirles que expliquen, razonen y argumenten, verbalmente, sobre el contenido de las clases y, periódicamente, también les hacemos exámenes. Si los educandos realizan bien las actividades señaladas en las clases, hacen bien las tareas; explican, razonan y argumentan correctamente lo planteado, y contestan bien los exámenes; entonces, nos damos cuenta que sí están aprendiendo y podemos decir que todo está funcionando bien. Pero si los alumnos no entienden, no están aprendiendo lo que se les indica; tampoco hacen bien sus tareas; no razonan, no argumentan y no contestan bien los exámenes; entonces, una o varias cosas no están funcionando en el proceso enseñanza-aprendizaje. Puede ser que emociones encontradas estén boqueando la capacidad de aprendizaje de los educandos; puede ser que la difícil situación socioeconómica de sus familias esté obstruyendo los estudios; o también puede ser que la planeación didáctica, el desarrollo de la clase, el método y las técnicas que estamos empleando los maestros no sean los idóneos para los alumnos. En tal virtud, tenemos que analizar y detectar, con sabiduría y los principios pedagógicos, en dónde están los factores que están impidiendo los aprendizajes. Y una vez que sepamos en qué y en dónde están las causas de las deficiencias; debemos enmendar, reorientar, cambiar y superar lo que no está funcionando bien. Todo este proceso que describimos es lo que los maestros llamamos evaluación, y la evaluación, esencialmente, sirve para mejorar el proceso enseñanza-aprendizaje de manera que los estudiantes logren avanzar y solucionar todo tipo de problemas que a diario enfrentan. No hacer evaluaciones, sencillamente, es caminar a ciegas y sin sentido en nuestra labor educativa.
En el caso de una política educativa, de una reforma educativa o de planes y programas de estudio, es lo mismo. Si existe la intención de cambiar estos documentos rectores del sistema escolar, invariablemente, también deben ser evaluados con el fin de detectar en qué aspectos del proceso educativo no están funcionando adecuadamente y, de manera congruente, subsanar, modificar o idear otras formas de afrontar aquello que no está dando resultados apetecidos. Lo que no se vale es cambiar las cosas por el simple hecho de cambiarlas sin saber qué sí está funcionando y qué no. Al no tener los elementos de una evaluación y empeñarse en hacer cambios por intuición o por capricho, entre otras cosas, se corre el riesgo de cambiar lo que sí está funcionando bien y de imponer ideas que no son necesarias en el sistema escolar. Y tal vez a esto se deba, es decir, tal vez se deba a la falta de una evaluación del sistema educativo el hecho de que llevamos cerca de cuatro años de haber nulificado la Reforma Educativa anterior y hasta la fecha no sepamos cómo reponerla con otra mejor. En las últimas semanas, se ha insistido mucho en que nos impondrán, en educación básica, nuevos planes y programas de estudio, así como nuevos libros de texto; pero para hacer estos cambios no se hizo ninguna evaluación previa para detectar qué necesitamos cambiar con el fin de mejorar nuestra educación. Puede haber buenas intenciones en los cambios, pero las buenas intenciones no son suficientes para esperar mejores resultados. Sería mucho mejor contar con elementos sólidos de una evaluación dada la magnitud de la empresa.
En anteriores reformas, previamente, se hicieron evaluaciones. En esta ocasión no debería ser la excepción, pues se trata de la formación de niños, adolescentes y jóvenes del país. Toda evaluación siempre se hace para mejorar.

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