El acceso al panteón viejo y el paisaje de los cerros
Por J. Jesús López García

Indudablemente, en la historia de la arquitectura moderna, la residencia de Edgar Jonas Kaufmann (1885-1955), conocida mundialmente como Fallingwater, es una creación maestra del arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright (1867-1959), levantada entre 1936 y 1939. La casa se encuentra enclavada prácticamente en la roca del bosque Mill Run y se integra sobre una cascada del Río Bear Run, en el condado Fayette, Pensilvania, Estados Unidos. Una cascada espléndida y una obra espectacular que, en su unión acertada, no dan oportunidad para meditar en lo evidente; la arquitectura y el salto de agua son, por derecho propio, dos elementos célebres y espléndidos, cuya fusión es lo que las entroniza como únicas en el mundo.
Arquitectura y paisaje se mezclan en la residencia y en la espesura que dan como resultado algo atemporal, como si la finca, las placas pétreas y el arroyo hubiesen brotado juntos desde lo más recóndito del bosque, surgiendo entre el agua. Hoy en día, es común que en las escuelas de arquitectura se enseñe el término «contexto» para referirse al ambiente físico donde se ubica el proyecto; sin embargo, este no es solo la adición de los componentes materiales: topografía, clima, humedad, flora y fauna, el colorido de la tierra e incluso del cielo, así como el aroma del entorno. Todo esto se aúna con una reflexión singular, ya que los bosques pueden evidenciar ámbitos lúgubres o también exuberantes lugares, como en algunos de los cuentos de Charles Perrault (1628-1703).
Podemos encontrar monstruos terroríficos en los mares o, en su caso, alguna forma de visiones espirituales. José de Sousa Saramago (1922-2010), escritor portugués, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1998, en su texto «La Caverna», menciona que el paisaje «…es un estado del alma, que el paisaje de fuera lo vemos con los ojos de dentro», y no tanto un conglomerado de particularidades geológicas, edafológicas, climáticas, de flora o de fauna. De ahí que una creación puramente humana como lo es la arquitectura detente la competencia de aumentar ese estado del alma al que se refiere Saramago, con el peligro de despilfarrar la oportunidad de ser honesto a la abundancia connatural de un lugar, o en su caso, de transformar el sitio en algo más destacado, o incluso, objeto de evocación, y posiblemente, hasta de veneración.
En diversos cuentos, libros y textos, se describen escenarios rurales donde se desarrolla la trama, expuestos de tal manera que se puede «sentir» el calor o frío, «ver» los muros de adobe de las casas dispuestas en caminos, que no calles, llenos de tierra y polvo, algunas piedras y escasa vegetación, tal vez algunos mezquites y huizaches, con los vientos continuos que no pueden faltar. Similar a estos, el panteón viejo de Cosío, con sus recios muros que resaltan en el casi desierto del norte del estado aguascalentense, nos remite al paisaje que podemos imaginarnos con suficiente claridad en el texto «Pedro Páramo» de Juan Rulfo (1917-1986); a los múltiples personajes que aparecen en aquel, que retratan nítidamente los rasgos de la campiña rural análoga a gran parte de la región hidrocálida. Tapias sólidas, sobrias, austeras y con apariencia vetusta, predominio del macizo sobre el vano, una cruz como alegoría de la vocación del cementerio, y las sombras polvosas de los árboles solitarios en el paisaje.
En el arribo al panteón, se perciben dos planos perpendiculares uno del otro, y en el fondo, como un telón, las onduladas y sinuosas líneas de los cerros que conforman el paisaje de Cosío. Del mismo modo sencillo y determinante, el panteón y sus lomeríos y montículos casi desnudos, como las paredes, constituyen una entidad paisajística, que, si se desarticulara, se desvanecería en buena medida la fuerza como una percepción merecedora de rememorar.
Indudablemente, como sucede en múltiples casos de los municipios del estado de Aguascalientes, el paisaje se alza como una pieza fundamental para estructurar, junto con la arquitectura, una disertación memorable.