Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Miércoles 1 de abril de 2015, miércoles santo, 17.35 horas… La vida me persigue, pienso mientras observo y escucho a un mariachi de ocho elementos que interpreta Hermoso cariño en la explanada del santuario del, como le dice la diseñadora textil Julieta Lucio, morenito Señor del Encino, en tanto que en la puerta del templo un grupo de personas rodea a un ataúd. Me he recargado en el arco de cantera que en el pasado sirvió de puerta al atrio, y estoy como si me hubieran sembrado ahí, sin poder moverme ni dejar de observar la escena… Precioso regalo, del cielo ha llegado y que me ha colmado de dicha y amor. La vida me persigue. Generalmente se me planta enfrente, me mira a los ojos y me acaricia, pero esta tarde me ha puesto frente a esta escena que hace que retiemble en su centro mi pecho.

La vida me persigue y me hace respirar a profundidad, y en el acto de hacerlo, el aire me trae un aroma que es como el eco de un pasado remoto de esta tierra de mezquites, álamos, pirules y jacarandas que me vio nacer y que, de seguro, me verá morir. Es el perfume del carbón en combustión, procedente de alguno de los puestos de elotes ubicados en el costado poniente del templo, un signo vital que ya no alcanza a quien yace en el féretro…

Respiro y observo a la distancia a unas 15 personas, entre ellos dos parejas jóvenes abrazadas y una joven mujer que voltea hacia acá… La mirada de ella se pierde en las ramas altas de las casuarinas del jardín que en el pasado se llamó Jardín de la paz, posiblemente en conmemoración de la Pax Porfiriana. La muchacha tiene la boca entreabierta para evitar que la emoción la ahogue, y su nariz está enrojecida. En realidad no mira los árboles ni el cielo ni nada, y más bien está concentrada en su interior, inmersa en la contemplación de su pérdida. En los marcos de la puerta dos hombres están frente a frente, los brazos cruzados y la mirada caída. Otras personas, entre ellos niños, se apilan alrededor del féretro y observan el interior a través de la ¿puerta, ventana?, que ha sido levantada. En el costado del templo, frente a la entrada del Museo Posada, espera la carroza, y al lado tres mujeres. Todos guardan silencio, ¡hasta los niños están callados! La muerte les ha cerrado a todos la boca con su sonrisa malvada, y ellos, a manera de respuesta, han traído a un mariachi que realiza una interpretación impecable de este Hermoso cariño, ya estoy como un niño, contento y feliz…

Debería irme; por piedad irme de ahí y dejar de estar mirando como si tuviera alguna vela que cargar en este entierro. Debería irme para no sentir que ando metiéndome donde no debo, pero no puedo. El destino azaroso me ha sembrado aquí, para ser testigo de este encontronazo entre la vida y la muerte, ligeramente amortiguado con música de mariachi. Entonces, para aumentar mi impresión, la escena trae a mi mente la conciencia de que mañana, 2 de abril, se cumplirán 2 años de la muerte de mi amigo José Antonio Álvarez Navarro, que era parroquiano de estos lares y de mi vida. Entonces sí, ya estuvo: extiendo los brazos buscando que alguien me dé una vela que cargar en este entierro…

Una mujer se acerca y saluda. Devuelvo el gesto pero no la reconozco. Ella lo advierte y me recuerda dónde nos encontramos. ¡Ah sí!, digo acordándome de la circunstancia, pero no de ella. Le pregunto si viene al funeral, a lo que contesta que no, que más bien vive por aquí, e iba pasando. No puedo evitarlo, y quiero gritarlo, hermoso cariño, que Dios ha mandado, nomás para mí…

Todavía observo un instante este paisaje que por el acto mismo de describirlo se me tornará inolvidable, y finalmente me despido de la mujer. Adiós, Jorge, me contesta, y me voy, pensando en la gracia que tiene que crea que me llamo Jorge, y no como el arriba firmante. Me voy, jugando unos segundos a llamarme Jorge… Jorge V, George Harrison, Jorge Luis Borges, el planeta Jorge –mucho mundo para un monarca tan miope–, George Washington, Jorge Campos Espino…

Me voy del templo por un andador que conduce hacia la fuente, la rodeo y sigo hasta el Rincón Maya, el destino elegido. Donde hay jacarandas el piso está lleno de flores, frescas, arrugadas y secas. ¡Toda la gama de la vida vegetal regada ahí!: capullos suaves, recién caídos; lila oscuro, arrugados, chupados; y flores amarillentas, poseídas por una muerte que todo lo destruye; que todo lo seca. Casi querría rodear para no pisarlas, tan delicadas y suaves como yacen en los andadores del jardín. Es una pena que ocurra esto, flores tan elegantes y delicadas que terminan en las baldosas como muertos insepultos, hasta que llegue el piadoso barrendero. Quizá sea esto, su naturaleza efímera; que vivan y mueran ante nuestros ojos, lo que las hace memorables. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).

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