Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes
Miércoles 1 de abril de 2015, miércoles santo, 17:15 horas… Voy camino de la Plaza de Armas al Jardín del Encino, eufórico por una idea que acaba de caerme del cielo, a decir del poeta Francisco Hernández, como lluvia ligera que moja el teclado de un piano, y a la que comienzo a dar forma. Subo por la avenida José María Chávez inmerso en la modernidad que se manifiesta en el ruido de los automotores y el humo que generan. En Pimentel giró hacia el oriente, hasta la antigua calle de la Asamblea, hoy Eliseo Trujillo, en donde doy vuelta para entrar en el siglo pasado y en el Jardín del Encino. Entonces se me aparece el templo del Cristo Negro, bañado por la luz de este Sol que ya busca su querencia, y franqueado por una fila de árboles entre los que destaca una jacaranda cuajada de flores, un árbol con vocación de simetría…
Hay en la ciudad decenas de jacarandas, quizá cientos. Pero esta… no sé, tiene algo especial. Será la luz, la manera como el Sol poniente la ilumina, o será la armonía que la envuelve, como si acabara de salir del salón de belleza, y presumiera un peinado de día de fiesta.
¡Ay, jacarandas de marzo y abril! ¡Qué visión más embriagadora! En la Plaza de Armas, en la avenida Independencia, en el mural que Oswaldo Barra pintó en el Palacio de Gobierno sobre la Feria de San Marcos, en Zaragoza la de la escuela Melquiades Moreno, que le hace la competencia al templo de san Antonio, en el Jardín de las Generaciones de la universidad… Por todas partes jacarandas en flor, un lujo que la vida nos obsequia.
Jacarandas en primavera, renacimiento al alcance de los ojos; flores que son como lencería fina en el cuerpo maravilloso del mundo. Se me figura que transitar por algunas de las calles y plazas adornadas con estos árboles es como recorrer una galería de arte impresionista. Recorrerla y detenerse ante cada cuadro para apreciar los infinitos matices de verde de los vecinos vegetales, los contrastes con las flores moradas, la uniformidad del color, las formas de las ramas que las sustentan, la manera como se integran con el entorno para producir una obra de arte.
En fin… Veo la torre del templo, y al lado esta jacaranda que parece viuda rica y madura, rebosante de flores; miles de ellas, y luego la luz de este momento de la tarde, que es como si el Sol se aferrara al cielo para no caer en el precipicio tras el horizonte occidental, una maravilla, cada flor, cada rama, delicadamente iluminada por la cálida luz del Sol agonizante… Y es que, usted lo sabe, estos días han estado, digamos, opacos. El cielo aparece de un azul blanquecino, enfermizo; poco atractivo, el firmamento cubierto con nubes que no alcanzan la consistencia suficiente como para adquirir contornos definidos, impidiendo que las flores de la jacaranda luzcan en todo su esplendor, recortadas contra este cielo que pareciera que la Tierra hierve ante la sempiterna falta de agua; humea.
Pero esta tarde, gracias a la luz solar, este árbol manifiesta su silenciosa y espectacular belleza. Así que saco mi cámara fotográfica y busco el mejor encuadre posible; el máximo aprovechamiento de esta luz de la tarde, y disparo. Lo hago una y otra vez, y entre tanto fantaseo con la imagen de la torre surgiendo de la jacaranda, como si fuera ésta la nave del templo en el que se oficia el ritual de celebración de la vida.
Entonces caigo en la cuenta del estruendo que viene del jardín, una música de mariachi. Voy moviéndome alrededor del árbol buscando un encuadre más; otro, hasta que el asunto se estropea debido a la presencia de unos 10 cables de teléfono que estorban la visión; la ensucian, así que ahí termino.
Todavía observo el panorama unos segundos más, y luego sigo mi camino rumbo a El Rincón Maya, que es mi destino final, en donde me reuniré con mi Venus. Mientras camino se amplía mi visión del atrio del templo, en donde un mariachi interpreta Y nos dieron las 10. Esto me llama la atención, porque se me figura que la música va a contracorriente con el silencio que poco a poco se apodera del mundo occidental y cristiano, en plena conmemoración de los misterios de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Es como si conforme avanzara la Semana Santa los sonidos de la vida, los naturales y los creados, disminuyeran hasta desparecer, al menos por unas horas; unos instantes, para que todo el mundo se dedique a la meditación.
Pero he aquí que en el atrio del templo del Encino un mariachi lanza a los cuatro vientos la remembranza de este amor nocturno. Desde luego no pierdo de vista el hecho de que esta idea del silencio de Semana Santa corresponde a una sociedad que ya no es; una sociedad menos religiosa que esta, en la que no me extrañaría que ya hubiera personas, sobre todo jóvenes, que no supieran por qué estos días son llamados santos y por qué se detienen muchas actividades –no sé exactamente si esto es moderno, o posmoderno, o simplemente ignorancia, pero algo de esto debe ser.
En fin, que después de Y nos dieron las 10 viene la interpretación de Hermoso cariño, y entretanto avanzo hasta que puedo observar la totalidad del atrio y la entrada al templo. Lo que veo mata mi euforia por esta idea que me llovió y por la visión de la jacaranda, porque en la puerta del templo unas personas se agrupan en torno a un féretro…
Hermoso cariño que Dios me ha mandado, a ser destinado nomás para mí. No es exactamente la visión del ataúd y personas que lo acompañan lo que me conmueve, que de eso he tenido toda la vida, tal y como seguramente le ha ocurrido a usted. No es eso, sino el contraste brutal que significa esta convivencia de la vida, la muerte y la música de mariachi y esta canción que es un canto que celebra la vida; una proclama gozosa. (A mí que me toquen El lado oscuro de la luna, de Pink Floyd, de principio a fin, de latido a latido; del Caos al Cosmos; de la oscuridad a la luz, y para concluir, dos que tres de Caifanes Jaguares, y al final aquella de Fin… Todo tiene un fin, menos el fuego de tus ojos, que se pierden profundo en el misterio…)
En fin. Ya sabía que hay personas que acompañan con música los últimos momentos de un cadáver sobre la tierra; ya lo sabía pero, señora, señor: es la primera ocasión en que me toca de cuerpo presente algo así, y el hecho en verdad me impresiona. Respiro… respiro profundo, y en el acto de hacerlo pienso que es una reacción que me permite recuperarme de la conmoción que me causa la escena. Pero también caigo en la cuenta de que quizá es la manera como compruebo que estoy vivo. Aunque destinado desde el nacimiento a un momento como ese, por ahora; al menos por ahora, estoy vivo. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).

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