Moshé Leher

Córdova. Querido Quique, fíjate que a un año de tu partida pensaba escribir de ti, pero en algún momento supe que escribiría contigo, pues, lo sabrás, mientras rumiaba estas líneas me di cuenta que, mientras intentaba ver esto con mis ojos para ti, me di cuenta que en realidad estaba charlando contigo.

Un accidente informático impidió que estas líneas se publicaran el viernes pasado, el aniversario de tu muerte, cuando ya había decidido no escribir de lo mucho que lamentaba no estar allí, con tu madre y tus hermanas, y de que, seguramente, los tipos viles que hicieron de tus últimos meses en vida un infierno, estarían allí llorando tu memoria. Como sea tú lo debes saber, no estaría allí. Tú, con el que tanto hablé del asunto, lo entenderías mejor que nadie.

Pasó, luego, que yo que no creo en la vida después de la muerte, lo sabes, lo hablamos tanto, de repente llevo tiempo sintiendo que por algún lugar debes andar y que podemos seguir esa charla de tanto tiempo, de tal manera que te voy contando lo que voy viendo, suponiendo que te gustaría un montón y recordarías, como lo estoy haciendo, que la última vez que estuviste por estas tierras fue en aquel viaje que hicimos ‘a posta’, para ver a Morante en Ronda, hace ya unos años.

El asunto es que llevo ya tres semanas por Andalucía; creo que nunca había estado tanto tiempo por estos rumbos, pues salvo un semana en Huelva y cinco o seis días por Sevilla, siempre me daba por otros rumbos; me reclamaban aquí un par de compromisos en Málaga y Marbella, asuntos de trabajo, temas de un forzado exilio, lo sabes también, tras lo cual pasé por Sevilla, cuatro días y luego fui a Sanlúcar de Barrameda, donde pasé una semana espectacular, y donde me pilló el aniversario de tu partida, tras lo cual vine a Córdova, ya de regreso para Madrid, donde también la pasamos bien aquella vez, y en donde estuviste algunos meses estudiando.

A Sevilla, a donde fui a ver a Morante, me alcanzó mi hijo, tu primo, a quien le había pedido que si alguna vez quisiera venir lo hiciera conmigo; antes de eso, de que él llegara, tuve una noche memorable que comenzó en Ginés, siguió en Espartinas y terminó en Umbrete, que seguramente te hubiera gustado, pues Rita y Juan Manuel te hubieran gustado.

El domingo llovía a cántaros, pero el cielo se abrió justo para la corrida; no sabes la emoción que sentí al entrar con el Bu y con P., que nos alcanzó esa mañana, a la Maestranza, en donde la última vez que estuve, fue contigo, como seguro lo recuerdas.

Lo de Sanlúcar fue ya el acabose, pues en pocos lugares se puede sentir uno tan como en casa; a un tipo de nuestra ciudad le quitas lo agresivo y lo violento, lo llenas de alegría y de son y tienes un sanluqueño; llegas tú a cualquier bar a beber manzanillas y a los diez minutos ya estás palmeando con ellos.

Yo me volví casi fijo de dos bodegas, una en el Barrio Alto, donde Rafael, el dueño, me muestra sus humildes poemas en libros que el mismo edita, y otra cerca de la ría, donde me han admitido, pese a que es solo para socios, y para ser socio debes ser cofrade de alguna hermandad; Ramón, el dueño, casi me hace nazareno de la hermandad del Consuelo, ¿te imaginas?

Aquel trueno, vestido de nazareno, recitabas citando a Machado.

Por las mañanas, para paliar los estragos del mucho comer y el no poco beber, bajo a la playa, para correr hasta Rota, mientras veo en la playa galopar a los caballos de las famosas carreras de estas tierras; estoy seguro que esto también te gustaría mucho.

Puede ser, todo se decide la semana entrante por Madrid, que finalmente me mude para acá, y que en enero esté de nuevo por aquí para otra exposición en Málaga.

El miércoles tuvimos un guitarreo con el nieto de Manzanita y con un cajonero de los Rancapino; ya habrás oído qué arte de estos gitanos, pues todo te lo dedicaron, mientras ya me recordaba aquella noche con el Cigala, en que tenías trece años y tu madre me riñó por llevarte a casa de madrugada.

En fin Quique, que tras un par de días por Córdova, voy en el tren camino de Ciudad Real. Dormito. Una sacudida de tren me despierta y veo que el paisaje ha cambiado. El cielo se tiñe de otro azul, bajo el cual la tierra muda de color, mientras que los árboles y casas de la campiña se ponen graves, pesados, como si esa alegría que flota en Andalucía, se volviera de piedra, aunque esa es ya otra historia.

Rezo la Tziduk hadín, en tu recuerdo.