Josémaría León Lara

No hablar de algo, no significa que no exista; la negación reiterativa de algún acontecimiento no lo desaparece por parte de magia, si no lo hace más peligroso cuando al fin sale a la luz. Otra cosa muy diferente, es contar una mentira tantas veces que se convierte en “verdad”, como lo llegó a afirmar el ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels. Y aunque la diferencia en ambos ejemplos es clara, hasta cierto punto convergen en el mismo error, que no es otra cosa que esconder y evitar a toda costa la verdad.

Lo irónico del asunto resulta en que por más que estires una liga al final habrá de tronar, más la indiferencia y el valemadrismo del día a día nos impide conocer y vivir la verdad. En cuántas ocasiones sabemos cosas malas que pasan y preferimos voltear la cabeza a otro lado, siempre y cuando no tengamos una afectación de manera directa tanta hacia nuestra persona, familia, amigos o al patrimonio. Es justo aquí donde surge la impunidad, en la complicidad por omisión que tanto nos caracteriza como mexicanos y que a nadie pareciera importarle un comino hasta que explota el polvorín.

La realidad es una sola, simplemente existen diversas formas de entenderla y de vivirla. Si no somos participes directos de determinada situación, nos convertimos en testigos que juzgan, ya sea por no comprender o por no querer comprender. En donde la soberbia y el egoísmo se unen en una bandera que refleja la miseria humana en la que vivimos; y la causa es simple, nosotros mismos lo hemos permitido y además fomentado tanto activamente y de manera peor haciéndolo pasivamente.

Tampoco se trata de excusarnos en el ciclo natural de la historia, se traduce en no poner los medios de prevención o de acción en el momento correcto y no esperar a tapar el pozo hasta que el niño muere. La explosión del mercado de Tultepec, no puede ser considerado un caso aislado, ni tampoco como una tragedia en estricto sentido, puesto que pudo y debió de haberse prevenido.

No es más que un intento absurdo de civilidad y responsabilidad, el que autoridades tanto federales como de varios estados, pretendan implementar operativos de prevención y resguardo de materiales explosivos cuando ya es demasiado tarde. Volvemos a tropezar con la misma piedra, no es la primera vez que toma lugar una explosión de tales magnitudes en el mismo lugar, y la única explicación es que tanto la sociedad como el gobierno, estamos imposibilitados de aprender de las lecciones del pasado.

Cuando la tristeza se traduce en impotencia y ésta se transforma en desgracia, los lamentos están de más, pues no solucionan nada. Entonces, ¿qué le resta a Tultepec, Estado de México? Resurgir de sus cenizas para reconstruir la única forma que conocen decenas de familias para subsistir, exponiéndose una vez más al peligro inminente que representa su forma de vida.

Ante esta mala jugada del destino, podríamos olvidarnos de nosotros mismos y actuar como el pueblo mexicano lo ha sabido hacer, de la mano y siendo solidario para enfrentar las adversidades con la vista al frente y por el bien de todos. A título personal quiero extender mis condolencias a las víctimas y familiares de esta tragedia, esperando una pronta resignación y paz en sus corazones.

Y ahora justo que estamos por celebrar las fiestas decembrinas, es momento adecuado para reconocernos agradecidos por lo mucho o poco que tenemos, así como una época de perdón y convivencia con nuestros seres queridos. ¡Felices Fiestas!

jleonlaradiaztorre@gmail.com

@ChemaLeonLara

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