75. Residencia en Avenida Madero #722Por J. Jesús López García

La arquitectura del Movimiento Moderno o Escuela Moderna, se constituyó como el capítulo referente al diseño y a la construcción de edificios de las vanguardias artísticas, que originándose a fines del siglo XIX, se consolidaron y llegaron a eclosionarse a principios del XX. Como esos movimientos artísticos e intelectuales, la Escuela Arquitectónica Moderna representó una ruptura con la tradición precedente.

Como tanto en la modernidad, la Escuela Moderna tenía mucho de contenido intelectual, abundante asunto programático y mucho de asunto propagandístico, traduciéndose esto último en premisas básicas expresadas en una paleta de soluciones constructivas y formales derivadas de materiales y procesos de relativa reciente implementación –concreto armado y acero–, adscritas a un pragmático racionalismo funcionalista y manifestadas en consignas, aforismos, frases publicitarias o enumeración de características definitorias como los cinco puntos de una nueva arquitectura de Le Corbusier.

La modernidad arquitectónica fundamentaba su soporte ideológico y estético en la experimentación y en su carácter revolucionario, de ahí la ruptura con lo pasado y su sentido de progreso sin fin. Pareciera que esa modernidad arquitectónica estaba más que dispuesta a montar un frente a la ortodoxia tradicional decantada ésta en siglos de desarrollo hasta modelar un canon occidental para proyectar y construir edificios. A mayor apego al canon mayor, se supondría, la excelencia del edificio; mas ello no deja de ser paradójico pues los inmuebles que se han tomado como las reafirmaciones del canon son sus disidentes principales. Contra la reproducción que requiere el afianzamiento de un canon, el Partenón, San Pedro en Roma, el Panteón de Agripa, la Catedral de San Pablo en Londres o el Panteón de París son todavía únicos.

La ortodoxia en arquitectura concluye produciendo más que obras maestras, un coro de acólitos que acompañan a las producciones geniales. Precisamente ese era el punto central de la crítica arquitectónica moderna a la tradición, el asunto en que la modernidad terminó por emularla.

En 1932 Henry-Russell Hitchcock y Philip Johnson montaron la exposición El Estilo Internacional en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, que pretendía reunir bajo una misma etiqueta la obra de neoobjetivistas suizos y alemanes, neoplasticistas holandeses, puristas lecorbusieranos, expresionistas y funcionalistas de todo signo. El adjetivo “internacional” aludía lo mismo a la procedencia de los autores cuyas obras eran parte de la muestra, que al cosmopolitismo que el Mundo Moderno exigía.

El término “estilo” fue lo que cortó las alas revolucionarias al movimiento arquitectónico, pues todo estilo en materia de arquitectura requiere acotar el lugar y el periodo en que se produce y las características de diseño y construcción, limitando así un desarrollo posterior. Es por esa razón que cuando un conjunto de obras se reseña bajo la advocación estilo tal, su producción cesó o bien sólo continúa repitiendo su discurso oficial.

Los mismos maestros modernos de la arquitectura contribuyeron al fenómeno pues su tendencia a querer imponer una norma redujo la interpretación de su arquitectura a premisas simplistas. Su obra de indudable espíritu de ruptura se alineó así a las directrices de un canon, o peor para ellos, al último episodio del mismo canon de la arquitectura occidental del cual partía su disidencia, anulando el espíritu revolucionario y sujetando su experimentación sólo a la cuestión tecnológica.

Por fortuna la modernidad pudo dejar un replanteamiento funcional edificatorio acorde a la diversidad del mundo contemporáneo. La adaptación formal y las soluciones constructivas modernas se dieron de manera natural, dejando la discusión crítica para los círculos profesionales y académicos. La práctica cotidiana del oficio hizo comulgar materiales y procesos con formas no del todo congruentes con la rigidez de un estilo.

La frase “Una casa es una máquina para vivir… La casa debe ser el estuche de la vida, la máquina de la felicidad.” de Le Corbusier, por ejemplo, es parte de la museografía de la arquitectura mundial, como tantos palacios y templos de siglos pasados. Toda máquina trae fecha de caducidad, pero el arquitecto va adaptando su oficio a las modalidades de ocupación de los usuarios de su momento y estos hacen lo propio con el espacio arquitectónico que habitan.

Podemos apreciar edificios de signo moderno en que la libre interpretación de su contemporaneidad no produjo una máquina sino un hogar, o una serie de espacios dignos de ser habitados; la residencia en Avenida Madero #722 es un sublime ejemplo en Aguascalientes.