Por J. Jesús López García 

Los grandes bulevares y glorietas del París decimonónico reordenado bajo las premisas urbanísticas del Barón Georges Eugène Haussmann (1809-1891) presentan generosos espacios para el tránsito rodado y para los peatones, que facilitan el desplazamiento de gente, productos y servicios para ampliar las miras comerciales derivadas de la Revolución Industrial. Presentan una de las caras más famosas de una ciudad de por si célebre y fotogénica, cambiaron de golpe la fisonomía de una metrópoli construida a través de siglos por los «parisios», habitantes celtas originales de los que toma el nombre la «Ciudad de la Luz». De golpe -de ariete- las estructuras medievales que aún quedaban fueron demolidas sobreviviendo las catacumbas que de todas maneras no se veían al nivel del transeúnte común.

El ordenamiento parisino de Haussmann tenía también otro objetivo que era el orden inmediato: “…la exigencia de asegurar el orden público y de ganarse el favor popular con obras imponentes…”, a decir de Leonardo Benévolo, por lo que los amplios bulevares permitían el desplazamiento rápido del ejército, así, de esta manera, el urbanismo amable y espectacular actuó como un medio para imponer un equilibrio político y social sin que se viera como una agresión directa al pueblo llano. El significado de esas grandes intervenciones urbanas mantenía el significado de una armonía civil ideal y de una pujanza económica a la par de la estabilidad política del gobierno de Napoleón III. Si ello estaba sustentado en hechos reales es discutible, sin embargo, a más de 150 años del reordenamiento parisino, las obras quedan en pie y continúan aportando mucha de la fuerte personalidad de la urbe que en ese entonces fue unánimemente vindicada como la gran capital cultural y social del mundo, al menos occidental.

Las iniciativas urbanas del Barón Haussmann fueron tomadas casi al pie por ciudades alrededor del planeta. En nuestro país bajo la supervisión personal de Maximiliano de Habsburgo, durante el Segundo Imperio Mexicano, se creó a imagen de la Avenida de los Campos Elíseos de París lo que se inauguró como «Paseo de la Emperatriz o del Emperador», de esta manera el actual Paseo de la Reforma probablemente haya sido modelo para otros ejemplos locales como en nuestra Calzada Revolución, popularmente conocida como «La Alameda».

Esas obras urbanísticas no son sólo espaciosos corredores viales ya que la significación que detentan es con base en el ordenamiento de una ciudad que tiene en orden al resto de los factores que le dan cohesión, por ello a lo largo del tiempo se van sucediendo creaciones en su constitución que van sumando más sentido al acervo patrimonial de una comunidad, de una sociedad, de una nación, o al imaginario universal en algunos casos. En París la Plaza de la Concordia o el Arco del Triunfo; en la Ciudad de México la columna de la Independencia o las estatuas de la Diana Cazadora, Colón o Cuauhtémoc, van añadiendo densidad a la percepción del lugar.

En la Calzada Revolución, pueden notarse ciertas similitudes con lo diseñado en París, verbigracia  en el paseo arbolado, en la traza girada 45 grados de las colonias adyacentes y en las columnas y la estatuaria que van punteando el paseo.

Este sitio inicialmente existía una arbolada de forma irregular: “…al oriente de la ciudad entre los edificios de los baños, llamados de Los Arquitos y de Ojocaliente, en una extensión de 1.300 metros, existía un camino quebrado, tortuoso y angosto que comunicaba para el servicio del público los dos establecimientos balnearios. Un arbolado de álamos seculares y sinuosos, siguiendo las irregularidades del camino en sus dos márgenes, favorecía con su sombra a los visitantes del segundo de los establecimientos citados…”; por lo que en 1896 solicitó a Tomás Medina Ugarte una propuesta para levantar en ésta, la Calzada del Ojo Caliente.

En buena medida, mucha de la arquitectura porfiriana ecléctica tenía una fuerte raigambre en la arquitectura neoclásica, tributaria de los repertorios grecorromanos que a veces echaban mano a su vez de elementos más exóticos como los egipcios. Tal vez por ello en la glorieta del templo de La Purísima se aprecia la columna de base cuadrada coronada por una especie de estípite invertido, parecido en su forma a los obeliscos egipcios que los antiguos romanos usaban –tras apoderarse de ellos y ser transportados de Egipto hasta la península itálica– para formar la «spina» de sus circos. Así podemos apreciar éste pequeño elemento aguascalentense emparentado con la gran «Fuente de los Cuatro Ríos», que Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), realizó retomando el obelisco de la Piazza Navona de Roma, y con el urbanismo parisino decimonónico que trajo consigo las grandes influencias eclécticas cultivadas por los arquitectos y escultores mexicanos de hace más de cien años.

A partir de lo anterior, esas estructuras urbanas lejos de servir a un objetivo meramente utilitario y funcional, son útiles para dar orden y significados a las ciudades. Es evidente que sólo basta observar y admirar el monumento referido para darnos cuenta de la inmensa riqueza arquitectónica, urbana y escultórica que guarda nuestra ciudad.