Moshé Leher

Hace unas semanas, no muchas, en España nació un -otro- movimiento contra -para variar- los bancos; su lema: “Somos viejos, no tontos”.

Obviamente, el nombre lo señala, eran personas de la llamada tercera edad (que con gusto reconocían que eran eso: viejos), que se quejaban de la decisión de los bancos de cerrar sucursales, disminuir personal y obligar a la clientela a usar servicios ya automatizados, ya en computadoras, ya en dispositivos móviles, no para hacer de la vida de sus clientes (como afirman) más sencilla, sino para ahorrar dinero y multiplicar sus ganancias.

Un viejo lo explicaba en una entrevista en televisión: Me quieren obligar a tener una computadora, un teléfono de los llamados inteligentes, y a hacer cualquier trámite bancario (pago, retiro, depósito, transferencia) por medio de portales, programas y aplicaciones a los que, también aquí, nos obligan a aprender y acostumbrarnos.

Me parece que llevan razón: ¿Es obligatorio para tener servicios bancarios tener ordenadores, teléfonos de última generación y, ergo, a convertirnos en conocedores expertos de sistemas que suelen ser cada vez más complejos?

A algunos estas modernidades les parecen el súmmum de la civilización humana, sobre todo a la hora de leer apotegmas apócrifos de Tácito en Facebook, enterarse de la última teoría de la conspiración, el clima en la ribera del Tanganica o, lo mejor, comprar chácharas en Amazon.

No acabamos de entender que por cada beneficio supuesto que nos traen la telemática, las redes y la hiperconectividad, hay decenas de inconvenientes: patologías asociadas al uso compulsivo de las redes, pérdida de privacidad, ciberacoso, redes de pornografía infantil, fraudes cibernéticos, etcétera.

Dicen los defensores de esta distopía que el Internet y sus tentáculos son instrumentos, meros instrumentos, y que cada quien les da el uso que quiere: ya sabemos el uso que solemos darle los humanos a las novedades que nos trae la tecnología.

Pongamos por ejemplo el robo de identidad, hoy tan común; en tiempos más analógicos, por decirlo de algún modo, para robarse la identidad de alguno había que: matarlo, atarlo a una ancla, arrojarlo al mar, robarle el pasaporte, el documento de identidad, las cartillas bancarias, la chequera, hacerse una cirugía plástica, ensayar un acento extranjero, e irse a defraudar con la identidad sustraída al Brasil o a Casablanca, lo que solía terminar con el usurpador o preso (no existe el crimen perfecto si uno no es funcionario mexicano), o loco.

La árdua empresa que representaba nomás esbozar el plan persuadía, de antemano, a los aspirantes a hacerse pasar por sir Henri Benteltlon de Yorkshire o por doña Josefita Cortinas de la Cruz.

Pero a mí me apura un asunto más pedestre: ¿Qué pasará cuando nos falle la memoria y se nos olviden las contraseñas que usamos: para las cuentas bancarias, el acceso a nuestras aplicaciones, el uso de cajeros automáticos, el acceso a nuestras cuentas en redes y plataformas, para encender nuestro teléfono, nuestra computadora, desactivar la alarma de casa…?

Yo la semana pasada me quedé, por poner un ejemplo, en un ataque de desmemoria, una hora afuera de mi casa, tratando de recordar la contraseña para desactivar la alarma de mi casa, que es la suya (lo que es una fórmula de cortesía y nunca, en verdad nunca, una cesión de mi humilde vivienda).

Dicen, como si no existieran la amnesia, las muchas formas de demencia senil, el Alzheimer o llanamente la mala memoria, que para cada cuenta y servicio hay que tener una contraseña -si está formada de letras bajas y altas, números y caracteres alfanuméricos, mejor-, que estas no deben seguir fórmulas elementales como LupePérez1972 o 123456, que no deben jamás anotarse en un papel, como si fuéramos súper ordenadores y tuviéramos asegurado perpetuamente el recuerdo de cada una de esas cada vez más numerosas claves.

Imagino un final de la humanidad nunca antes concebido, pero más probable.

Una explosión solar nos deja desmemoriados a todos: nadie puede acceder a su dinero, a sus cuentas de Internet, a sus redes, a sus teléfonos, a sus servicios médicos, y en general a nada, pues ahora poco falta para que para ir al aseo tengamos que teclear una contraseña. Los pocos humanos que sobrevivan a la hecatombe se afiliarán a MORENA y terminarán por comerse unos a otros.

Y ahora, a ver si me acuerdo de mi contraseña del correo para mandar este artículo.

¡Shalom!

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