Moshé Leher

Nací en 1964, aunque mi estado juvenil pueda engañar a los que me echan treinta (años de prisión), lo que quiere decir que soy, por decirlo, un olímpico, nacido en el año de gracia de 1964, año bisiesto, y desde el cual ha llovido un diluvio, y quizá otro más. Obviamente no tengo ningún recuerdo de aquellos Juegos, de los que sé dos cosas: que los inauguró Hirohito y que terminaron tres semanas antes de que yo naciera; eso quiere decir que si los pudiera recordar sería algo así como un fenómeno, con reminiscencias prenatales, lo que -acá entre nos- validaría el idealismo platónico y hasta una parte del pensamiento gnóstico, aunque eso es otra vez un paseo por las ramas.

Tampoco tengo recuerdo alguno de la Olimpiada del 68 mexicano, ni del relajo previo de Tlatelolco, aunque, por razones naturales, claro que estoy enterado de las gestas del ‘Tibio’ Muñoz, de Ricardo Delgado y hasta de Queta Basilio, la mujer que encendió el pebetero y que, cosas del destino, conocí años después, ya a punto de echar el brinco al otro barrio.

Munich 72 es ya otra cosa, y no por la plata de Zamora, la única medalla para los turistas que el COM mandó a Alemania, sino por la matanza perpetrada por los palestinos del ‘Septiembre negro’ en la Villa Olímpica, y la demostración fehaciente de dos hechos: de que los fanáticos son siempre los tipos más peligrosos, por una parte, y que los alemanes, maestros de la organización, son unos ineptos absolutos, cuando de crisis de rehenes se trata, por el otro.

Yo creo que una de las Olimpiadas que más me marcó fue la de Montreal 76, la que los canadienses acabaron de pagar hace como tres semanas, menos por el oro de Daniel Bautista, apuñalado en Moscú cuatro años más tarde, que por la presencia luminosa de la rumana Nadia Comaneci, cuya irrupción en las pantallas a blanco y negro de la televisión de casa me quitó el aliento y hasta el sueño.

Agonizaba la URSS, sin saberlo, cuando fueron sus oscuros Juegos de 1980, deslucidos por el boicot occidental; la réplica oriental a los juegos de Los Ángeles sirvió para dos cosas, pues la Olimpiada californiana fue, como suelen serlo los eventos que organizan nuestros vecinos, un éxito, incluso para la delegación mexicana que se trajo de los reinos de la Reina Calafia dos o tres oros, cuya consecución ya vi cuando ya vivía en Guadalajara, misma ciudad donde vi el desastre de Seúl (desastre para los mexicanos); recuerdo hasta la cantina donde vi, acompañado de viejos amigos (uno de ellos ya ido) la pinchurrienta medallita de bronce que conquistó Jesús Mena, la tarde de un sábado aciago.

Barcelona, mi Barcelona, fue ya otra cosa: acababa de estar yo en esa ciudad un par de veces; oscura y siniestra en 1989, la encontré transformada, limpia y hasta brillante en 1991, unos meses antes de sus Juegos; así la encontré, renovada, guapa y solar, en 1995 en que me mudé a vivir para allá.

Recuerdo que nos reunimos a ver la inauguración, de madrugada, un grupo de amigos, provistos de hartas bebidas espirituosas, gaseosas y pingues fritangas, con las que acompañamos aquella velada mágica, con la Fura dels Baus, que encarnaba a una Cataluña original, antes de que el nacionalismo trocara esa novedad en mezquindad.

Con asombro, con vistas al Mare Nostrum, que poco después vería desde mi ventana, vimos a aquel Antonio Rebollo, el arquero paraolímpico elegido para que con una saeta encendiera el pebetero, en unos Juegos donde, hasta donde entiendo, y tampoco es que entienda mucho, nos tocó de rebote una medalla de plata, por un asunto de descalificación.

De la Olimpiada del Centenario, otorgada de manera chapucera a Atlanta y no a Atenas, recuerdo sola y claramente una cosa: que cenaba yo hamburguesas en un chiringuito barcelonés, no lejos de mi vieja casa del Carrer de la Industria, cuando dieron la noticia del bombazo, obra de unos orates desequilibrados, unos fanáticos cristianos, que causó dos muertos, uno del susto, y un centenar de heridos; del desempeño de la delegación mexicana no tengo la menor idea, ni el menor interés.

Pero como esto se pasa ya de los límites acordados, lo que resta de este nostálgico recuento -que ni tanto-, lo dejo para la próxima.

¡Shavua Tov!

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