Yo, que soy incapaz de pensar en términos comerciales, no acabo de entender del todo cómo funciona ese asunto, aunque parece que es una ocupación, no sé si un oficio –ni siquiera entiendo si sea legal, entiendo que no, pero eso en este país no parece importar–, eso de ser facturero.

Lo poco que entiendo, cada vez que me dicen que Fulano estaba en la quinta chilla, se hizo facturero y ahora anda nadando en dinero, es que se trata de un timo a la Hacienda pública; que no debe tratarse de ninguna sutileza, pues muchos de los que hacen fortuna con eso no es que sean unos genios, ni siquiera del mal; también entiendo que las autoridades primero pescarían un tiburón en el río San Pedro, que a uno de esos.

Cuando yo era menor, hace ya tanto, la gente de mi edad, los niños, aspirábamos a convertirnos en médicos, ingenieros, arquitectos, contadores…; los menos ambiciosos se conformaban con un empleo bien pagado, en la banca o en la burocracia; los más, los que tenían alguna inclinación peculiar, a hacerse abogados, o políticos.

No recuerdo a ninguno que dijera que de grande quería hacerse capo de la mafia, diputado de MORENA (entonces se llamaba PRI), usurero, y mucho menos evasor de impuestos, aunque, se sabe, desde tiempos inmemoriales, los hay con inclinaciones malvadas, aspirantes a bribón, y dispuestos a vivir del fruto del trabajo ajeno.

Por lo demás, hay médicos, arquitectos, ingenieros, etcétera, incluso curas, que no son precisamente ejemplos de virtud, aunque eso es otro asunto. A mí lo que me sorprende es que, signo de los tiempos, hoy en día hay una serie de actividades, al parecer muy lucrativas, que eran impensables hace apenas unas décadas.

Lo primero que se me ocurre es esa extraña actividad que consiste en planear fiestas: bodas, bautizos, graduaciones, que se dedican a organizar eventos que llevan décadas organizándose, con los resultados de siempre, pero que deben de ganar lo suyo; otros son los que se hacen llamar coaches, que son señores y señoras que se dedican a decir sandeces, obviedades, mensajes dizque positivos y de una simpleza y cursilería tales, que deberían ser confinados en una isla en los Mares del Sur.

Eso por no hablar ya de los llamados ‘influencers’, ‘youtubers’ y demás parásitos, que pueden ganar verdaderas millonadas, mientras hay científicos y maestros que siguen ganando lo mínimo. Cuando tienen trabajo.

Hablo, debo decirlo, desde la extrañeza, pero también desde la condición de desempleado, que sigo sin entender cómo los hay que pueden ganarse la vida de manera parasitaria, mientras tantos padecemos por no encontrar un hueco en la actividad productiva, pese a los conocimientos, la experiencia, la preparación, etcétera.

¿Qué no nos bastaba con darles de comer, de beber, de vestir, generosamente a los señores, y señoras, obviamente, de la política?

Después de una década, quizá un poco más, asistí a una boda.

No es que sean eventos que me agraden, según consta, pero se trataba del enlace de una sobrina a la que le tengo mucho aprecio y que quise acompañar en esa ocasión, aunque fuera un par de horas.

El evento lo organizó una señora, muy amable, y hasta seguramente muy eficiente, que se me presentó –pidiéndome confirmación–, como ‘weddingplanner’, y que se encargó de hacer lo que antes hacían los novios y sus familias, según supongo.

Por ahí me enteré, por cierto, que ahora hay asistentes de viajes, de compras, etcétera, lo que debe ser una señal de que no tarda en acabarse el mundo, o por lo menos en extinguirse nuestra civilización.

Tal vez sea el momento de convertirme en asesor para asuntos apocalípticos: yo también sé decir sandeces.

En tanto, si no me meto de facturero –por asuntos de extrema necesidad–, a ver qué me invento, tal vez un servicio de asesores para encajar derrotas electorales, o algo así, que parece que allí hay un buen mercado para explotar, porque mis conocimientos previos parecen que pertenecen a un mundo ya extinto.

Abur.

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