Luis Muñoz Fernández

Como médico patólogo, mi trabajo consiste esencialmente en observar, que el diccionario define como “examinar atentamente”. Desde luego que observo los órganos, los tejidos, las células y, de manera indirecta, las moléculas y el genoma. Hay que decir que no se trata de una observación pura, de un simple contacto entre mis sentidos y lo que observo, sino que se ve matizada por la información clínica de cada caso. Con todos esos elementos, viene después una reflexión que concluye con el diagnóstico de patología.
En términos generales, lo que acabo de describir lo comparto con el resto de los médicos, sólo que, en el caso de la mayoría, más que en un objeto de observación, sus esfuerzos se enfocan en todo el sujeto humano, siendo más específicos, en el sujeto humano enfermo. Por lo tanto, los médicos debemos ser muy buenos observadores si deseamos alcanzar un nivel óptimo en la práctica de muestra profesión.
Hoy todo conspira en contra del desarrollo de una depurada capacidad de observación, idónea para sacar conclusiones acertadas de la mirada atenta. Y no sólo la de los médicos, sino la de todos los ciudadanos. Se confabulan en su contra la prisa, la inmediatez, en cuya ausencia recae la sospecha de lentitud e ineficiencia, y la necesidad creada de compensación, de recompensa, sin las que nadie parece estar dispuesto a hacer nada. Ya casi nadie estudia o trabaja impulsado por un ideal.
En estos días se nos ofrece en nuestra ciudad una oportunidad inigualable para poner a prueba nuestra capacidad de observación. Con el inicio de las campañas de cara a las elecciones del próximo 6 de junio, en los anuncios espectaculares, las pantallas electrónicas de gran formato y en todas las superficies aprovechables de nuestros edificios, aparecen los anuncios dominados por los rostros de las candidatas y candidatos de los diferentes partidos políticos.
Pese a los evidentes retoques, de alcances casi infinitos gracias a la digitalización, uno puede empezar a sacar conclusiones útiles para orientar su voto si los observa con atención. Se podrán camuflar las taras físicas, pero las intenciones son casi imposibles de disimular. Si además leemos sus eslóganes, en su mayoría lugares comunes de una simpleza ofensiva, el diagnóstico brota por sí solo: más de lo mismo.
Es descorazonador que, ante la complejidad de los desafíos que enfrenta nuestra sociedad, las y los candidatos no presenten propuestas más elaboradas y originales. Su contumacia nos arrebata la esperanza.

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