Moshé Leher

Supongo que ya estoy en esa edad donde, siendo joven o sintiéndome así, todavía, hay que comenzar a despedir a no pocos amigos, algunos un tanto mayores y no pocos menores incluso que yo, que se marchan, o dejan de ser, o sencillamente mueren, sea eso lo que sea. Sigo sin plantearme los asuntos esos sobre qué sigue o no sigue después.

Yo el sábado fui a hacer ejercicio por la mañana y antes del mediodía estaba en casa, esperando ver algo de deportes en la televisión y comenzar a hacer apuntes sobre las notas que he ido tomando del libro de Otto Granados que terminé a media semana y que, sin reseñarlo como tal, pienso comentar, a manera de recomendación.

Fue una semana agitada, demasiado agitada según me han corrido los últimos meses -un tanto desordenados-, que comenzó el lunes con una llamada que esperaba desde hace semanas y que finalmente tuve esa mañana a las once.

Pocas personas saben aquí quién es, quién fue, Alfredo Douclaud, cabeza de una empresa que representa, entre diarios impresos y portales noticiosos, unos doscientos medios, muchos de ellos muy importantes en 74 ciudades de todo pelo en el país.

Yo tenía una larga relación de negocios con él cuando me dedicaba a esas ingratas tareas de editar diarios, y debo decir que, dado el tamaño de nuestro estado y la crisis que enfrentan los medios en general y los periódicos muy en particular, poco representaba para una empresa que representa a muchos importantes grupos de otros rumbos, lo que no obstó para que siempre tuviera conmigo una actitud deferente y una relación que luego se fue convirtiendo en amistad.

Cuando dejé el periodismo activo, hace casi dos años, que se cumplen este mes, le agradecí, pero él me invitó a seguir participando en las discusiones de sus principales editores, algunos de los cuales también se han convertido más que en colegas, en amigos; no nombro ninguno para evitar alguna omisión involuntaria.

Todavía en el 2020 acudí, aún como director de un diario, a un encuentro con varios funcionarios federales, incluida la ex secretaria de Gobernación, un grupo de senadores y el vocero presidencial, que nos recibió en Palacio Nacional, nos escuchó con desdén e impaciencia y se marchó del encuentro prematuramente.

Unas semanas más tarde Alfredo recibió un puñado de invitaciones para un evento con Google, pese a lo cual tuvo el gesto de darme uno de los lugares; fue la última vez que le vi.

Luego seguimos hablando, y fue él quien me animó a involucrarme en un pequeño proyecto informativo y hasta el lunes mismo me apoyó en gestiones en México, en asuntos técnicos complejos, en la entrega de contenidos y muchos otros asuntos, el principal, el apoyo que siempre me expresó.

Esperaba desde hace semanas esa reunión virtual, pues Alfredo estaba atendiendo asuntos familiares a caballo entre España y México, cuidando de la salud de una persona muy cercana y, hace apenas unas semanas, un asunto propio de salud que, me contó hace una semana, parecía menor y parecía superado.

Volviendo al sábado, su hermana Odette informó de su repentina y siempre lamentable muerte, que evidentemente me dejó impactado, sorprendido en extremo y triste, pues más que ese aliado siempre dispuesto en él tuve a un gran amigo.

Cuando todo esto pase, solía decirme, quiero que la gente que traté me recuerde no como el director de Medios Masivos Mexicanos, no como el puente -que fue- entre medios de provincia y autoridades federales, no como el gestor, no como…, sino como el amigo, como Alfredo…

Así le recuerdo yo y no podía ponerme a escribir nada más que estas líneas para quienes le conocieron, para su familia, para sus amigos y para mí mismo que le recuerdo con gratitud y profundo aprecio.

¡Zijronó Librajá!

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