Por J. Jesús López García

92. Jardín frente al Hospital HidalgoDada su naturaleza de actividades que tienen algunos conjuntos arquitectónicos presentan más de una ocasión para generar y mantener un importante grado de presión entre sus usuarios. Hospitales, algunos edificios públicos, tal vez bancos y otros tantos, son sitios en que la dinámica que desencadenan establece pautas que fácilmente pueden llevar a un aumento de estrés en las personas que en ellos realizan actividades de su vida cotidiana o de algún episodio ya sea reiterado -el pago de un servicio- o inhabitual -la hospitalización de un familiar-. Hay también inmuebles en que las tensiones se conducen de alguna manera por la senda del desahogo, a manera de una olla cuya presión donde ésta es más o menos controlada: un estadio, un centro de diversiones; o bien donde más que la angustia, son las emociones las que buscan una salida constructiva, como en el caso de los teatros o las salas de conciertos.

Sin embargo, acompañando a unos y a otros, hay espacios subsidiarios donde se fortalecen los vínculos y experiencias de quienes antes de acceder a ellos, encuentran una transición, un preámbulo o simplemente un remanso para hacer más amable el camino de una dinámica a otra, sea ese paso de lo ajetreado a lo reposado o viceversa.

La necesidad de matizar el tránsito de un espacio público, hasta cierto punto ajeno a la actividad de los edificios a los que son contiguos, mismos en que se concentran acciones de alta intensidad física o emocional, comienza desde las primeras etapas de la arquitectura y el urbanismo. Los atrios son ejemplo de lo anterior: un espacio abierto para servir a manera de filtro virtual para detener o acompasar en él, ruido, prisas o el ajetreo de la cotidianeidad. En las primeras iglesias de peregrinación el atrio abierto -que en Roma podía disponerse ante cualquier edificio, no sólo los religiosos- se complementaba con el <<nártex>>, un lugar porticado cuya cubierta invitaba a reposar el ánimo para acceder de manera serena al recinto eclesiástico.

Ya en la laica época moderna, algunos de esos espacios que fungen como zona de transición para los habitantes son los jardines y plazoletas públicos, incluso aquellos dispuestos en remanentes de alineamiento; así, esos lugares pueden ser lo mismo un destino para el transeúnte que un sitio de paso para quien aguarda antes de adentrarse al inmueble específico.

En un clima como el aguascalentense, el permanecer en la intemperie es un privilegio que en otras latitudes poco se puede dar, de ahí que en países como Inglaterra los invernaderos fuesen una modalidad más para disfrutar de una composición botánica. Pero aquí la intemperie conlleva el sufrir los efectos de un sol a veces inclemente por lo que la vegetación y los paramentos construidos que dan sombra no sólo son amenidades, sino una necesidad básica para el logro de la consolidación de fragmentos urbanos en que los habitantes encuentren de verdad unos sitios acogedores.

Lo cómodo y agradable produce una experimentación más benévola de la ciudad, disponiendo medios para que el tránsito o la permanencia en el lugar se desenvuelvan en una amplitud variada de actividades, correspondiendo a una amplitud variada de usuarios ubicados en todos los estamentos, grupos de edad y preferencias posibles.

En ocasiones la metrópoli debido a su traza y los cambios en ella originados, o bien en las variaciones presentadas en la ocupación y las modalidades de uso de los edificios, produce el establecimiento de áreas libres, oportunidades para que la vegetación y la vivencia en los espacios se reproduzcan de una manera libre. Se generan así parajes donde los horarios a que se somete el diario acontecer de la vida contemporánea, parecen detenerse al menos por un momento. Se crean condiciones para suscitar una sana pausa a la inercia de aceleración en el <<día a día>> contemporáneo.

Actualmente en algunos países europeos se realiza gradualmente la experimentación de las <<ciudades lentas>> donde se favorecen intervalos para disminuir la angustia y el agotador y vertiginoso acontecer de la existencia actual. Ello requiere una aproximación hacia el espacio urbano más como un lugar donde se viven cosas, que como un sitio por donde sólo se transita. Aun así, en el movimiento el disfrute puede estar presente.

Al recorrer diversos ámbitos públicos en la ciudad de Aguascalientes, uno interesante para cultivar un sano ocio -y recordando que mucha de la filosofía griega, por ejemplo, se dio en las ágoras y las plazas públicas, al calor de ese recreo-, es el jardín ubicado en la calle Galeana frente al Hospital Hidalgo.

Algunas sobrias fincas añosas, vegetación y varias bancas, bastan para romper con la estrechez de la calle, así como con la incertidumbre inherente de un hospital muy demandado, brindando al paseante, un limitado intervalo de paz en medio de las apuraciones a las que se ha reducido tristemente el vivir actual.

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