Por J. Jesús López García

A inicios del siglo XX se concebía que las ciudades ya llevaban alrededor de cien años cambiando de una manera radical, primero en su demografía, en sus dimensiones, y en su forma, que la convirtieron cada vez más plural, más diversa. En el siglo XIX las chimeneas de las novedosas plantas fabriles se alzaban hacia el cielo sustituyendo el lugar que en algún momento tuvieron los campanarios de las iglesias, las calles serpenteantes fueron reemplazadas por vías rectas que además gradualmente se iluminaron con luz eléctrica y el perfil urbano mismo comenzó a manifestar esa pluralidad y esa diversidad demográficas en edificios de géneros y tipos igualmente plurales y diversos, muchos de ellos inéditos en aquellos tiempos.

Las ciudades en suma comenzaron a ser lo que ahora son y de paso, dejaron de ser lo que fueron por centurias. Un ejemplo es París, viejo asentamiento galo llamado así por ser el lugar del clan galo de los Parisi, enemigos del Imperio Romano, y que a pesar de él, lograron establecer un poblado estable. A la caída de Roma la ciudad prosperó hasta hacerse de la capitalidad del reino de los francos y ya después de la Guerra de los Cien Años, logró establecerse como una ciudad cada vez más importante para el concierto de la Europa Moderna.

En el siglo XIX, finalmente París toma la forma que ahora reconocemos. Tras reinados absolutistas que construyeron magníficos palacios, en el París napoleónico el Barón Georges-Eugène Haussmann (1809-1891), planificó la ciudad con amplios bulevares y glorietas, cuyo fin era por un lado, activar a los parisinos e introducir líneas modernas de infraestructura pública, y por otro, tener la capacidad de movilización del ejército también, en caso de algún alzamiento popular.

Aquel París, se constituyó así como la gran capital mundial del siglo XIX. Su arquitectura obedeció a ese estatus experimentando con edificios novedosos como los grandes teatros, las bibliotecas y los jardines públicos, las estaciones de tren, los mercados modernos y en general, las edificaciones más homogéneas que servían, paradójicamente, a las más heterogéneas funciones, situación actual pues la diversidad de usos ha sido uno de los sellos definitorios de la arquitectura a partir del siglo XIX, y que en la siguiente centuria terminó por redefinir la imagen de las urbes en todo el orbe. A partir de 1884, en Chicago, se empezaron a realizar los primeros rascacielos en los Estados Unidos, debido a la presión de los mercados inmobiliarios inicialmente con diez plantas y 42 metros de altura.

En el caso de Aguascalientes, vivimos nuestros procesos industriales iniciales a fines del siglo XIX, las fincas fueron de manera paulatina cambiando y a mediados del siglo XX gracias a materiales y técnicas entonces novedosos fueron acudiendo a un mercado inmobiliario local que se hacía eco de lo que se llamó el periodo del desarrollo estabilizador en el país. Se buscaba como en las grandes metrópolis potenciar la rentabilidad ocupando el suelo urbano de una manera más extensiva. Naturalmente no tuvimos los rascacielos que se estaban desplantando en las monumentales capitales, pero a nuestra escala, las obras arquitectónicas fueron reflejo de esos procesos de metamorfosis de la imagen urbana que dieron un tinte cosmopolita a la ciudad.

Uno de esos edificios que en su momento fue símbolo de una época en que la modernidad estableció en el mismo inmueble la diversidad de usos, confiriendo a la zona una percepción más densa, de ciudad contemporánea, es el ubicado en la esquina de 5 de Mayo y Allende. El conjunto es de plantas libres con una estructura independiente de la fachada, y que a lo largo de sus niveles despliega actividades de comercio y servicios. Es un inmueble que sigue siendo característico del nuevo espíritu urbano de Aguascalientes.

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