Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Cada vez que hay una nueva administración, en este caso del Gobierno Estatal, resurgen entre la población una serie de aspiraciones, deseos, propósitos, anhelos, que la gente espera que ahora sí se vean cumplidos. Administraciones pasadas prometieron muchas cosas, de las cuales algunas las cumplieron, a medias, pero muchas otras quedaron en la nada. Este incumplimiento de las promesas en campaña política ha generado desencanto, falta de credibilidad y hasta malestar entre la ciudadanía. Pero también hay personas que a pesar de todo siguen creyendo en los políticos y esperan que las cosas cambien para bien. Las nuevas autoridades, entonces, tienen el reto de convencer y de revitalizar a los que parecen haber perdido la fe y de mantener a su lado a los que creen en ellas, cumpliendo los compromisos contraídos.

En el ámbito educativo, la situación es similar, hay actores y beneficiarios con la idea de que las cosas seguirán igual, sin cambios, que la inercia y la simulación seguirán presentes; pero muchos otros creen que la educación puede cambiar y mejorar su calidad. Por tanto, el desafío de las nuevas autoridades es demostrar que las cosas sí pueden cambiar para bien de todos y evidenciar a tirios y troyanos que las cosas sí pueden mejorar.

Si la idea es cambiar la educación, empezando por la educación básica, la cuestión inicial es preguntarse ¿cuál es el estado que guarda la educación básica en la entidad? Y para tener la respuesta que se busca habrá que aplicar una evaluación diagnóstica sobre el nivel de aprendizaje que los alumnos tienen, principalmente después de la pandemia. Los resultados de la evaluación se deben analizar detalladamente: por áreas geográficas o municipios, por las áreas rural y urbana, por turnos y hasta por escuela. Con esta información desglosada, se puede elaborar un macroproyecto que abarque el estado; un proyecto regional; un proyecto de zona y hasta uno escolar, siempre con el propósito común de mejorar la educación. El Instituto de Educación tiene la infraestructura necesaria para tal fin; pero, además, los recursos humanos disponibles pueden operar los proyectos, llevar seguimientos y sistematizar la información hasta lograr avances tangibles. No pocos se preguntarán ¿por qué no se ha intentado mejorar la educación, si se cuenta con la infraestructura y los recursos humanos para ello? Porque ha faltado un plan rector que movilice a todos; ha faltado quién inyecte nuevo espíritu de cambio; en otras palabras, ha faltado quién se interese por elevar la calidad de la educación básica. La burocracia ha absorbido a muchos, sino es que a todos, y es necesario darle nueva vida a lo académico, que es lo fundamental del proceso educativo. Y no es que los trámites administrativos sean malos en sí, no; éstos son necesarios para un buen funcionamiento del sistema escolar; el asunto es no abusar y dedicar todo el tiempo a ellos, en detrimento de lo fundamental que es elevar la calidad de la educación.

Se pueden hacer muchas cosas, en el campo educativo, si se aprovecha racionalmente lo que ya se tiene tanto en infraestructura como en recursos humanos; pero si las nuevas autoridades ya tienen diseñados nuevos proyectos y recursos frescos para soportar su operación y con ellos tienen la intención de mejorar la educación básica, así como los demás niveles educativos, siempre serán bien recibidos y apoyados por los maestros, los niños y los padres de familia. Desde luego, no estorbaría que a estos nuevos proyectos los acompañara todo aquello que las maestras y los maestros puedan realizar para mejorar la educación; máxime que, hoy, no resulta fácil obtener nuevos recursos para la educación; pues las prioridades federales son otras; pero si el estado dispone de lo necesario, entonces, las nuevas expectativas están aseguradas.