Por J. Jesús López García

Al final de la Revolución Mexicana, el país se embarcó en la decisión de una identidad que de alguna manera amalgamara toda su diversidad en una versión única. Tal vez en estos tiempos de pluralidad, donde las diferencias más que atenuarse buscan reafirmarse -con la excepción de aquellas que atañen a la desigualdad de derechos y oportunidades-, la búsqueda de una sola identidad sea tomado ya como algo anodino y superado.

Sin embargo hace cien años, tras un siglo de inestabilidad que culminó en una dictadura afín a los poderes oligárquicos de su momento, más que a una nación en pos de una mejor vida para todos, los planteamientos revolucionarios más nobles trataron de lograr una igualdad donde jamás la hubo antes. Esa afinidad era la base para lograr un ingreso legítimo a la modernidad, y para esa igualdad la identidad antes elusiva, era prioritaria. No era el fomento de un chauvinismo o de una incipiente xenofobia nacionalista, lo que se pretendía era unificar bajo lo «mexicano» un país enorme con gente muy diversa y desigual.

Intelectuales de toda la América hispana buscaron esos mismos rasgos identitarios, primero en sus particularidades demográfica y geográfica, luego en las filiaciones lingüística, histórica y cultural. En México, José Vasconcelos (1882-1959) apelaba a la raza cósmica, Manuel Gamio (1883-1960) hablaba de forjar una patria y todo ello, basado en la creación de un ser mexicano.

La literatura, las artes, la política y demás aspectos y expresiones de ese tiempo, se avocaron a esa construcción de un imaginario mexicano. El nacionalismo artístico se esbozaba ya en los relieves de guerreros y deidades prehispánicos de Jesús F. Contreras (1866-1902) desde el porfiriato, ecos de ese trabajo del escultor aguascalentense pueden apreciarse claramente en la pintura de nuestro también paisano Saturnino Herrán (1887-1918) que pintó indígenas al lado de personajes criollos. Fue con la llegada de los muralistas revolucionarios cuando el nacionalismo se reafirmaría con tintes evidentemente «mexicanos», pero previo a ello hubo toda suerte de indagaciones estilísticas o exploratorias de nuevas formas para fijar ese nuevo tono nacional.

En arquitectura hubo varias tendencias principales, de las cuales podemos mencionar dos: Una, la neoindigenista, con base en las viejas formas de raigambre mesoamericana. Taludes y tableros en grandes masas formaban una arquitectura de tezontle negro que rendía homenaje al pasado prehispánico; otra, la neocolonial o colonial californiano, que se afianzaba en la tradición española de edificios alineados de vanos estrechos, verticales y alargados, en ocasiones haciendo referencia a algunos elementos formales del barroco, incluso -aún bajo las premisas laicas imperantes- integrando varios motivos reservados para la devoción religiosa como hornacinas y nichos.

En la Ciudad de México, de los edificios de filiación neoindigenista destaca por ejemplo el Museo Anahuacalli, diseñado por el pintor y muralista Diego Rivera (1886-1957) para alojar su gran colección de piezas precolombinas, si bien es tardío, ya que fue iniciado en los años 50, específicamente en 1953. De los inmuebles de tradición neocolonial o colonial californiano, están algunos edificios del arquitecto Carlos Obregón Santacilia (1896-1961), así como intervenciones en edificios ya preexistentes. Dentro de la codificación de tinte neocolonial destaca el Edificio Central de la Universidad de Guanajuato, que incluso se llega a pensar que es parte del pasado colonial de la ciudad y que, sin embargo, fue concluido en 1955.

En la ciudad de Aguascalientes, en la arquitectura doméstica, las fincas realizadas para uso de particulares -los edificios referidos fueron pensados como públicos-, ambas vertientes neoindigenista y neocolonial también se dejan ver, si bien la neoindigenista no tuvo en nuestra ciudad el mismo arraigo -las culturas prehispánicas nos son más distantes- aunque se muestra en las formas que decoran muchas fachadas, la neocolonial tuvo mucha difusión a partir de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado.

Más allá de la tendencia del neocolonial californiano, traída de vuelta a nuestro territorio por imitación de la arquitectura californiana hollywoodense a su vez, paradójicamente, imitadora de lo edificado en las colonias emergentes en la Ciudad de México, hubo edificaciones más austeras, que más que buscar en moldes novedosos de origen norteamericano, lo hicieron en la arquitectura virreinal local, aunque de una manera muy libre y ya con materiales totalmente nuevos -ladrillo, semiviguetas de acero, concreto, entre otros.

Un ejemplo de lo anterior es la finca ubicada en la calle General Barragán No. 112. Alineada al paramento de su terreno, de vanos verticales, concluyendo el eje de simetría con un remate mixtilíneo que aloja un nicho para alguna imagen que ya no está, se permitió de cualquier manera una terraza -como aire moderno en una composición austera y tradicionalista- en esquina. Casas como la citada aún son visibles en la ciudad, ésta en particular, se encuentra en buen estado de conservación -para empezar no se le han abierto los vanos para una cortina de acero. Son edificios que participaron en la tarea nacional de fijar una identidad para el elusivo ser mexicano.