Por J. Jesús López García

Las palabras “tradición” y “modernidad” parecen designar concepciones completamente opuestas; la primera voltea al pasado y tiene en él a su fundamentación práctica, la segunda se ancla en el presente y trata de ver al futuro como materia de sus múltiples afanes.

La arquitectura es una disciplina antigua donde la tradición milenaria se contrasta, se afina, se depura y se reafirma, sin embargo, desde el siglo XVIII y con más fuerza en el XIX, las posturas de consolidacion de la tradición y la de su cuestionamiento, se convirtieron en el campo de batalla de una polémica que en la primera mitad del siglo XX parecía ser resuelta en favor de la modernidad que encarnaba los mejores deseos de superación de la Humanidad, concebida en términos de trascendencias intelectual y espiritual.

La Segunda Guerra Mundial trajo consigo un desaliento general respecto a las bondades de la modernidad industrializada, si bien el júbilo por su final, el mundo no tardó en polarizarse en la Guerra Fría. Esa racionalidad de formas y espacios de la modernidad arquitectónica continuó, pero la posmodernidad usó la memoria del pasado y el siglo XX terminó revalorando en parte aquello que la modernidad militantemente había descalificado y descartado.

La arquitectura moderna no se extinguió, de hecho pareció asimilarse a un nuevo canon, diferente al respetado por la tradición, pero canon finalmente, fue así como las formas y los espacios de la modernidad empezaron a definir un lenguaje que ya no se decantaba por la experimentación como en los años veinte y treinta, pero que ya presentaban una madurez que permitía hablar de algo que puede ser paradójico: una tradición moderna.

La modernidad por su practicidad de medios y fines resultó ser para la arquitectura una manera casi explosiva de construir. Sus modelos proliferaron de manera exponencial y aún habiéndolos de diferentes calidades, todos tienen un aire de familia muy reconocible, incluso a veces fusionándose con elementos de la vieja tradición.

En Aguascalientes desde los treinta se comenzó a experimentar con los materiales, los sistemas constructivos y las formas de la modernidad arquitectónica y su vigencia todavía perduró sin mayor cuestionamiento hasta los años setenta. Muchos de los inmuebles de esa nueva tradición moderna ya son parte de la imagen de la ciudad en muchas zonas, por ejemplo el centro o en fraccionamientos como Jardines de la Asunción o el Primavera.

En la avenida Madero #518 existe una residencia de sencilla fachada en que se distingue como nota particular el desdoblamiento de dos planos en su composición: el de la fachada que sirve como cerramiento vertical, y el horizontal que contiene a la cochera. La fachada sólo muestra un pequeño elemento que sobresale del remate del muro, coronado por una pieza escultórica muy característica y un cambio en el recubrimiento con una especie de greca en piedra sobre la parte en que se disponen los accesos.

Como este ejemplo podemos aún encontrar más en nuestra ciudad, algunos de ellos ya mudando de recubrimientos o experimentando cambio de materiales en cancelerías o herrerías, otros más ya con secciones demolidas o remodeladas. Así atestiguamos cómo el tiempo va perpetrando sus asaltos contra la tradición, sea vieja o moderna, y cómo de esas irrupciones van surgiendo replanteamientos, críticas y cambios de postura que a la postre irán definiendo nuevas pautas para lo que puede ser otra tradición actual. Y aquí es donde hay que tomar en cuenta que al final en arquitectura, eso que parece ser un mosaico, realmente es el fenómeno de una sola tradición pero que de tan rica y añeja, pueden parecer muchas.

Aunque la arquitectura de esta tradición moderna planteó una ruptura con la pasada, realmente lo que ocurrió es que la tradición sin adjetivos, simplemente se amoldó a los nuevos tiempos y aclimatándose a ellos ensayó y validó nuevas soluciones.