Por J. Jesús López García

La casa particular fue un tema arquitectónico reservado a las grandes obras señoriales y a los palacios, hasta prácticamente fines del siglo XIX en que debido a la expansión urbana y del fortalecimiento de una nueva burguesía también en ascenso poblacional, despertó el interés de los arquitectos para experimentar en el tema con el mismo entusiasmo con que antes se abordaban las residencias palaciegas.

No es que antiguamente no existiese arquitectura doméstica, por el contrario la casa fue el primer género que la arquitectura abordó desde el neolítico. La morada de la gente común en todas las latitudes se atenía a la tradición constructiva que en cada lugar se apegaba a procesos constructivos y materiales decantados en su empleo a través de los siglos. Las grandes mansiones presentaban las innovaciones constructivas sobre las que se basaba después la solución generalizada a escala menor de las viviendas menos importantes, de ahí su carácter paradigmático.

Con la industrialización del mundo moderno, la preeminencia del ámbito urbano sobre el rural y el acceso generalizado de bienes como la educación, la salud, la cultura o las nuevas maneras de producir una economía propia, la innovación a inicios del siglo XX se desplazó a la solución de la casa del público en general. Eso pasó por la vieja búsqueda de la economía de medios pero también por la necesidad a veces urgente de proveer una vivienda que pudiese satisfacer las necesidades de grandes masas de población. Naturalmente entrañó tantos aciertos como errores pues al final buena cantidad de productos elaborados en serie repiten errores igualmente seriados.

Pero concentrándonos en los episodios felices de la arquitectura doméstica del común de las personas, podemos rastrear ese aire de experimentación desde los ensayos de los inicios del siglo XX con modelos paradigmáticos como las viviendas de obreros de los siedlung del Werkbund alemán, colonias enteras donde se ensayaban las estructuras urbanas y las casas por igual; en esos lugares tuvieron espacio las ideas de Le Corbusier (1887-1965) manifestadas en sus creacionesCitrohan, con base en una estructura independiente en que los espacios fuesen dispuestos por sus ocupantes sin detrimento de la estabilidad mecánica del inmueble. El vivir actual se convirtió en un deseo para los ciudadanos modernos.

Sin embargo, la casa común ha seguido evolucionando. Quizás lo ha hecho en 2 vertientes: una más apegada a esos modelos ya casi canónicos como el de la residencia  Farnsworth de Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969), los hogares de la familia Kauffmann, la de Frank Lloyd Wright (1867-1859) o la de Richard Neutra (1892-1970), que cuentan todas con fotografías igualmente canónicas, destacando su valor como piezas de arte también. Esto tiene eco en la cultura visual contemporánea pues los arquitectos tendemos a visualizar nuestro quehacer en publicaciones donde se destaque su aportación, apreciándose de manera contundente en la gran cantidad de ejemplos de viviendas.

También hay otra vertiente interesante que proviene del pragmatismo igualmente moderno, de establecer una relación directa con los problemas del momento y anticiparse a los planteamientos del futuro. En los años 50 del siglo pasado empezaron a vaciarse grandes inmuebles en los centros de las ciudades de la costa este de Estados Unidos al tiempo que la población menos protegida en materia económica buscaba vivienda. Esos inmuebles tenían una renta muy barata y fueron ocupados por muchos intelectuales, artistas o personas de pensamiento progresista que no podían costease una casa mejor dispuesta bajo los mecanismos financieros vigentes. Los loft como se llamó a esos pisos de plantas libres y materiales desnudos, se convirtieron curiosamente en un paradigma del “vivir moderno” no obstante sus inicios como vivienda precaria.

Actualmente siguiendo la pauta de ese pragmatismo, la versatilidad de los espacios domésticos modernos ya enunciada por los proyectos de Le Corbusier, más la experimentación constructiva y espacial derivada de los requerimientos cada vez mas agudos de los cambios climáticos, están delineando una arquitectura doméstica más sencilla, menos pretenciosa tal vez, pero más amable con el medio y que requiere una planeación de detalle más grande para alcanzar la economía de medios y la facilidad de mantenimiento posterior, apegándose a la modallidad de los viejos lofts pero con la novedad de encontrar una manera más amable de brindar a los ocupantes un lugar cálido y apegado a la salvaguarda de un medio natural al que se busca no agredir y por el contrario hacerlo partícipe de la casa.

La morada del arquitecto Héctor Paredes -ubicada en un lote de ajuste en el desarrollo Bosque Sereno, lo que daba una restricción especial en su área de desplante- fue realizada con materiales aparentes, mostrando una amplitud que no refleja a la vista lo pequeño del lote. Su uso es muy maleable, como el caso de la red suspendida para  jugar, descansar o ver películas; el patio posee huerto y un sistema de recolección de agua pluvial, y en toda la vivienda se reutilizanlas aguas jabonosas. Lo aparente de sus materiales e instalaciones evita costos elevados de limpieza y mantenimiento. La morada ofrece varias maneras de abordarse y vivirse hoy.