Eugenio Pérez Molphe Balch

El sistema nervioso de los humanos y de otros animales, la capacidad que poseen las plantas de sintetizar miles de compuestos químicos diferentes, así como el funcionamiento casi perfecto de sociedades como las formadas por las hormigas y abejas, son ejemplos de la enorme complejidad que los seres vivos hemos alcanzado después de millones de años de evolución. Sabemos que para mantener la vida se requiere de la realización coordinada de innumerables reacciones químicas y de diferentes tipos de procesos, muchos de los cuales apenas están siendo dilucidados por la ciencia moderna. Lo anterior hace que ordinariamente asociemos a la vida con la complejidad. Sin embargo, también existen entes biológicos, no se les podría llamar seres vivos, que transcurren su existencia en un entorno de extrema sencillez.

Los viroides son un ejemplo de lo antes mencionado, no son más que pequeñas moléculas de ácido ribonucleico (ARN), que son capaces de replicarse dentro de células vivas, generando innumerables copias de sí mismas, las cuales invadirán a su vez a las células vecinas repitiendo este ciclo. Los viroides son mucho más pequeños y sencillos que los virus, y carecen de la mayoría de las propiedades con las que distinguimos a los seres vivos, excepto de la capacidad de multiplicarse y de evolucionar. Quizá la existencia de estos entes pase desapercibida para nosotros, ya que sólo infectan células vegetales. Sin embargo, son causa de pérdidas económicas importantes en cultivos como la papa y muchos frutales.

Cuando los viroides fueron descubiertos se les percibió como una rareza biológica, y se supuso que de alguna manera se habían derivado de los virus. Sin embargo, recientemente se ha entendido un poco más el proceso que llevó al origen de la vida, y se ha visto que los viroides no tienen una relación directa con los virus, si no que más bien pudieran ser la reminiscencia de un mundo previo al de los seres vivos que hoy conocemos. Un mundo primigenio “habitado” por moléculas capaces de replicarse a sí mismas, compitiendo entre ellas por los elementos necesarios para hacerlo, y evolucionando hacia formas cada vez más complejas. Eventualmente algunas de estas moléculas se asociaron y se especializaron en diferentes funciones dentro de esta asociación, convirtiéndose en las primeras células vivas, precursoras de todos los seres que habitamos hoy en día el planeta. Por supuesto que no cualquier molécula es capaz de llevar a cabo la proeza antes mencionada, sólo una molécula que tenga la capacidad de copiarse a sí misma, y además llevar a cabo algunas reacciones químicas, podría hacerlo. La única molécula que se conoce capaz de esto es precisamente el ácido ribonucleico. Este compuesto cumple varias funciones cruciales en las células modernas, en las que se asocia con muchas otras moléculas orgánicas. Sin embargo, el ARN es la única molécula que por sí sola puede poseer algunas de las características que asociamos con un ser vivo. Este ácido ribonucleico muy probablemente fue el principio de toda la vida, y también nuestro antepasado más remoto.