Sandra Yesenia Pinzón

Independientemente de las diferencias que las personas tenemos en cuanto al color, el género, el idioma, el lugar de procedencia, así como gustos y capacidades, todas compartimos al menos dos situaciones fundamentales: la condición de ser mortales y haber nacido de una madre. De lo primero ya habrá otras fechas para reflexionar, porque hoy es un día especial para pensar en lo segundo.

Todas y todos tuvimos una madre y, en la mayoría de los casos, una que puso sus recursos emocionales, educativos, sociales y económicos a nuestra disposición, a fin de, como se dice habitualmente, “sacarnos adelante” y darnos la formación necesaria para convertirnos en adultos funcionales.

Esto no es cualquier cosa, considerando que los humanos constituimos una de las especies cuyos individuos tardan más tiempo en estar listos para enfrentarse a la vida con plena independencia. E incluso ya como representantes de la adultez más acabada, en países y culturas como la nuestra, entre muchas otras, cuando tenemos oportunidad, buscamos chiquearnos y protegernos en el abrazo y las palabras de quienes nos dieron hogar y crianza en nuestra niñez y juventud. Quizás lo más asombroso y hermoso es que en estos casos, las madres suelen seguir viendo a sus hijos como críos, sin importar si esos “pollitos” ya tienen 30, 40, 50 o más años.

Dicho lo anterior, es comprensible que el sentimiento de gratitud, de admiración e incluso de veneración por lo que son y representan las madres ha estado presente a lo largo de la historia, en la mayoría, sino es que en todas las comunidades humanas. Después de todo, es un hecho incontrovertible que en el doble fenómeno —biológico y social— de la maternidad está la base de la supervivencia y el desarrollo de la especie.

Es quizás por esto último que, por mucho tiempo, se heredó de las culturas que nos precedieron la visión de la maternidad como un mandato y una obligación, más que como una vocación y una decisión. Esta concepción histórica, intencionalmente o no, restringía a las mujeres a desenvolverse a partir de funciones exclusivamente fisiológicas y de cuidados derivados de dichas funciones (gestar, dar a luz, amamantar, criar…).

Por ello, la relativamente reciente búsqueda del reconocimiento de nosotras como algo más que potenciales mamás nos llevó a destacar que las mujeres valíamos también en la esfera pública, política y económica, como agentes llenos de creatividad y facultades para realizar mil funciones más, de la misma forma que los hombres.

Desgraciadamente, desde esta narrativa en principio justa y necesaria, diversos grupos cayeron en una peligrosa tergiversación, que pasó de defender todas las formas de desarrollo femenino a desprestigiar la maternidad y a las mujeres que querían ser madres, como si este acto lleno de amor, independencia, valentía y enorme responsabilidad no tuviera cabida en la defensa de la libertad femenina y en la idea de lo que es un ejemplo de mujer contemporánea.

Así, en una época poblada de confusiones como las señaladas, y llena de cuestionamientos explícitos e implícitos en contra de quienes deciden gestar nuevas vidas, es doblemente admirable la decisión de las mujeres que escogen ser mamás. Como sociedad, tenemos la obligación moral de reconocer como las heroínas que son a quienes se comprometen amorosamente con el compromiso de criar a sus hijas e hijos, con la intención de formarlos para que sean personas justas, honradas y empáticas con sus prójimos.

Por lo arriba expresado, quiero decirles a todas las mamás, en este día, que de verdad son heroínas, porque la heroicidad en la vida real no es algo relacionado con tener súper poderes o ganar batallas épicas como las que nos contó Homero en la Ilíada o las que producen estudios cinematográficos; en cambio, la heroicidad verdadera se refleja en las acciones que realizamos día con día para hacer de este un mundo mejor, y qué mejor ejemplo se puede tener que el que ustedes, las mamás, nos dan, con esa sencillez y generosidad que solo desarrolla quien se dedica a criar a las generaciones que habrán de tomar las riendas del mundo el día de mañana.

Por todo lo dicho, mil gracias por su decisión, por su constancia y por su ejemplo, y muchísimas felicidades no sólo en su día, sino todos los días. De verdad, muchas, muchas felicidades y muchas, muchísimas gracias.