Carlos Reyes Sahagún

 

Cronista del municipio de Aguascalientes

Disculpe usted, indulgente lector, que haga caso omiso del tema que inicié la semana anterior, pero resulta que se me atravesó una obra de teatro de la que quiero comentarle alguna cosilla, y si interrumpo abruptamente el señalado tema, es porque todavía existe la oportunidad de que usted se apersone en la Universidad de las Artes, y vea este montaje, si es que mi palabra le resultara convincente.

La obra de que le hablo lleva por título el que encabeza estas líneas, y es el examen profesional de los egresados de la licenciatura de teatro de la institución mencionada, que se encuentra en el antiguo taller del ferrocarril, en la parte norte de la Sala de Máquinas. Las últimas presentaciones tendrán lugar del jueves 17 al sábado 20, a las 20.30 hrs., y el domingo a las 18 hrs.

Conforme fue desarrollándose la obra ocurrieron cosas que me hicieron pensar que esta ciudad y/o región, Nuestra Señora de las Nubes, era un eufemismo de Aguascalientes; una manera de hablar de este nuestro pueblo santo sin pronunciar su sagrado nombre, por aquello del no te entumas, y es que señora, señor: ¿qué señora nuestra anda en las nubes? Aparte de la desmemoriada y/o enamorada, evidentemente Nuestra Señora de la Asunción, que en el acto de ser llevada al cielo se codea con el agua gaseosa hasta dejarla atrás.

Digo que creía que se refería a Aguascalientes, según se infería de ciertas situaciones, personajes y alusiones. Por ejemplo, se dicen unos versos que me recordaron los papaquis calvillenses, albures incluidos…

Pero luego, terminada la representación, leí que el autor del texto era un argentino de nombre Arístides Vargas, un ciudadano que debió exiliarse en los años negros -¿los habría blancos, luminosos?- de la dictadura argentina, e instalarse en Ecuador, y entonces las similitudes que observé terminaron siendo una pura coincidencia, el idiota y su abuela, la solterona que clama porque los hombres la quieran, el director de orquesta y su esposa, una sensual bailarina de can-can, la señora dizque culta, esposa del político cuyo pecho está cruzado por una banda roja, blanca y otra vez roja, y una serie de medallas, quizá ganadas a pulso en elecciones fraudulentas, hastiado porque en el pueblo la abuela del idiota anda diciendo que todos son parientes, los Vázquez, los Reynoso y los Robles, y hasta los Reyes… Quizá por eso el nieto era un cretino.

Leo en la página en la Internet del argentino Centro Cultural por Cooperación, el siguiente comentario: “La poética teatral de Vargas es una síntesis de los dolorosos procesos del exilio argentino, tema constante en todo su teatro. Sus personajes regresan, con variaciones, una y otra vez, a las mismas obsesiones: el viaje, la memoria, la identidad, la violencia, la pérdida y el desarraigo”.

Quizá no fuera Aguascalientes, pero sí una corte de los milagros, que no forzosamente se ubica en París, sino en cualquier ciudad; en aquellas sociedades en las que existen personas que por diversas razones no caben entre las filas de los beneficiarios del desarrollo, es decir, todas. Por eso esa obra versa sobre el exilio, pero no forzosamente como el que sufrió el dramaturgo, cuando la disyuntiva fue el desarraigo o la muerte, sino algo más profundo, no sólo relacionado con el rechazo social, sino con el ancestral sentimiento de extrañeza por la vida misma. Es como si de pronto abriéramos los ojos, mirásemos alrededor y nos preguntáramos: ¿cómo fue que vinimos a parar aquí y de dónde? ¿Por qué? ¿Para qué? No de balde afirma aquella oración católica, la Salve, que somos los desterrados hijos de Eva…

La escenografía es mínima, una escalera y una mesa que también es, casualmente, una vía de ferrocarril, y las luces son apenas suficientes para ver a los actores, como si estuviéramos todos, público y figurantes, exiliados de la luz y el aire; de la vida, separados tan solo por una pared de tul montada en una estructura metálica que a su vez sugiere una jaula. El resultado propicia que todo tenga una apariencia entre amarilla y café, vestuarios incluidos.

Por cierto que sería esta una obra de teatro de cámara, es decir, un montaje que utiliza espacios y recursos mínimos; quizá por convicción, o porque sea esta la moda obligada de nuestro tiempo, ante lo exiguo de los presupuestos, públicos y privados, y nuestra pobre cultura teatral. Es como si las grandes producciones hubieran pasado a la historia por obra y gracia de la falta de visión; de saber con certeza para qué le sirven las artes a una sociedad.

Esta falta de recursos es ampliamente suplida con el empeño de estos nuevos discípulos de Melpómene y Talía. Por cierto que todos aparecen enmascarados, pero contrariamente a lo que se piensa que hace una careta, que oculta el nombre y desdibuja el rostro, en este caso sirve más bien para mostrar el alma, arrugada y mutilada; grotesca. Marginalmente habría que decir que el uso de estos artilugios obstruye en algunos casos la comprensión de los parlamentos, o quizá todavía haga falta madurar la dicción. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).