Moshé Leher

No, no me metí a medium, ni he intentado la vana búsqueda de hablar con los que ya murieron; primero porque no creo que exista algún lugar donde puedan estar y segundo, porque en el caso de que me equivoque, nadie ha demostrado que se pueda entablar conversación con los que ya no están. Una tercera razón, si cabe, no se me ocurre de qué diablos podríamos hablar y no me veo haciendo preguntas idiotas del tipo: ¿tienen beisbol allá?
Cuando hablo del más allá, hablo de todo lo que queda fuera de los límites de la ciudad, pues tengo meses, muchos, que ya ir al supermercado se me hace una excursión y trasladarme al Centro, por ejemplo, una aventura; creo que lo más lejos que he ido en todo este año es, y eso fue a principios de enero, al aeropuerto, a llevar al zarévich que había pasado aquí un par de semanas, de vacaciones, para las Navidades.
El año pasado, por asuntos de un negocio fallido, viajé varias veces a Querétaro, una ciudad hermosa, como se sabe, que tiene el inconveniente de que, para ir, hay que cruzar carreteras inhóspitas, particularmente las de esa tierra de nadie que es Guanajuato donde, ya se sabe, es verdad que la vida no vale nada.
También pude, también por asuntos de trabajo, ir a Marbella y a Málaga, lo que me permitió pasar un par de semanas por Madrid, con el zarévich, unos días en Sevilla y una plácida semana, bañada en manzanilla fresca, en Sanlúcar de Barrameda.
De eso platicaba con mi hijo hace rato, que me contaba que tiene que salir a correr a las cinco de la mañana, para no desfallecer, pues ahora mismo, que es medianoche allá, la temperatura es de 30 grados.
Hablamos poco, sobre todo cuando está metido en sus asuntos; alguna vez para revisar juntos una monografía que escribió sobre la violencia y los desplazados del Sahel o un trabajo de lo más interesante del Caso Dreyfus y la relación de los artistas con el poder, a propósito del famoso ‘Yo acuso’, de Zolá y las reacciones a favor y en contra de aquel pobre capitán judío, para más inri.
Ahora hablamos de amigos mutuos, de aquí y allá, de la medida perfecta de agua para el arroz verde, de su extraña pulsión por comer brócoli horneado y de rutas para correr.
Yo le cuento que en Sanlúcar salía de la playa de La Laja, donde comienza en Guadalquivir, y si el calor no apretaba y yo no llevaba mucha resaca, marchaba a trote hasta Chipiona; en Madrid, cuando me quedo en Malasaña, bajo a Alcalá y al Retiro, aunque la última semana, que pasé en apartamento en Princesa, bordeaba el Parque del Oeste por la Estación Rosales, subía hasta Moncloa y me aventuraba un par de kilómetros por Séneca, hasta que el parque fue cerrado por un incidente que se saldó con un apuñalamiento.
Él, me cuenta, prefiere tomar al norte, luego por Abascal hasta la Castellana y de allí, si va fresco, hasta el Bernabéu, o por lo menos hasta los Nuevos Ministerios, lo que me recrea la ciudad que conozco, pero también el primer y fallido intento de los sublevados del 36, de tomar Madrid con tropas traídas de Marruecos, legionarios y moros, que no pasaron de Ciudad Universitaria.
Me dice que si podré ir en septiembre, como tenía planeado, y le digo que a falta de noticias sobre un proyecto que tengo, o tenía, ya no sé, parece que me tendré que conformar con sus charlas, y que haré el intento de estar por allá al final del otoño, quizá para mi cumpleaños.
Reparamos en que aquí apenas salgo de casa y allá no hay manera de evitar esas caminatas de horas que tanto me gustan, siempre con la seguridad de que es casi imposible que, como aquí, me apachurre un autobús urbano o me salga un atracador de cualquier esquina.
Una ambulancia pasa ululando frente a su casa e inunda su habitación y mi teléfono, con su lamento nasal; antes de dejarle ir a dormir y yo ponerme a escribir estas líneas, le digo que en Barcelona yo vivía junto al Hospital de Sant Pau, justo en una calle llena de empresas de ambulancias, cuyo chillido electrónico se me volvió cotidiano y acabó por arrullarme por las noches.
¡Shalom Alejem!

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