Luis Muñoz Fernández

No es nada nuevo. De hecho, hay testimonios escritos que datan del siglo V a. C. en los que se expresa la duda y la desesperanza sobre las nuevas generaciones de aquella época. Tampoco es algo que nos resulte ajeno, todo lo contrario. Conforme nos hacemos viejos -reivindico aquí esta palabra en oposición al ridículo “adulto en plenitud” de la actualidad- solemos pensar que la juventud que nos va reemplazar carece de la reciedumbre moral que recordamos en nosotros. ¿Será una realidad o se tratará de una percepción distorsionada por la vejez?

Reginald Arkell (1872-1959), escritor y guionista, escribió en 1950 la novela “Recuerdos de un jardinero inglés”, en la que el anciano protagonista rememora su vida:

“Era una de esas mañanas templadas del otoño en las que la niebla temprana se había convertido en una fina lluvia y todo goteaba […] Este era el momento del año y el momento del día que más le gustaba al anciano […] Desde donde estaba sentado, recostado entre almohadones, podía ver los jardines de la mansión. Ya no eran lo que fueron, ni mucho menos… Aunque era justo reconocer que seguía haciendo falta más personal, y había que tener en cuenta el verano tan seco, esos jóvenes deberían haber trabajado mejor. Cuando él era un muchacho trabajaba el doble de rápido que ellos. Nada de escabullirse cuando el reloj marcaba el final de su jornada. La de horas que había pasado él regando cuando el sol se retiraba de los parterres… Pero hoy día, no. Eso significaba horas extras, ¿y dónde estaba el dinero para pagarlas? Así las cosas, el viejo jardín ya no era lo que había sido cuando estaba a su cargo”.

Estando cada vez más cerca de la jubilación, uno se pregunta qué será de lo que construyó durante décadas de trabajo. Sin llegar a la resignación, sin perder las ilusiones ni la esperanza en quienes nos habrán de suceder, es bueno saber que nada resiste al paso del tiempo. Así nos lo enseña Marco Aurelio (121-180 d.C.), el emperador filósofo: “Recuerda luego a todos los que tú mismo has conocido y verás que uno está ya en la tumba, el otro ha sido llevado a la hoguera fúnebre por un tercero, este lo ha sido a su vez por otro, y todo esto sucesivamente y en un espacio de tiempo relativamente corto. En una palabra, no pierdas nunca de vista la fragilidad y la inconsistencia de las cosas humanas”.

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