Luis Muñoz Fernández

Seamos creyentes o no, estos días de la Semana Santa parecen propicios para poner freno a la prisa característica de la cotidianeidad y meditar en el sentido de la vida y de la muerte. Misterios que han desafiado los siglos con muy poca merma y cuya anchura y profundidad son tan grandes que, como los precipicios, invitan a no asomarse. Pero el ser humano es un animal muy curioso y a lo largo de su historia nunca ha cejado en ese empeño.

El concepto de una creencia única y verdadera y de un pueblo elegido entre los demás, tan atractiva para muchos por la seguridad y el sentido de pertenencia que brinda, es difícil de sostener a estas alturas. Sólo la mantiene la fe de quienes creen ella, pero encierra el peligro de excluir, e incluso de perseguir, a quienes no la comparten. La tolerancia sigue siendo entre nosotros una asignatura pendiente.

Para otros muchos seres humanos existen caminos distintos que les ofrecen consuelo y certeza, o incluso incertidumbres que se asumen como inevitables y con las que viven razonablemente serenos. Suponer que esas sendas conducen siempre a la perdición es soberbio y cruel, máxime para un dios del que siempre se presume una infinita misericordia.

La pandemia ha sacudido y sigue sacudiendo no sólo los pilares de la economía y la salud pública de todas las sociedades, sino también nuestra forma de ver y de vernos en el mundo. La vida actual, dependiente en buena parte de la tecnología, nos hace creer que hemos superado las insuficiencias del pasado, sin reparar que muchos de los más hondos enigmas que atemorizaron a nuestros ancestros siguen entre nosotros, si bien acallados por el barullo imperante.

Ante el desconcierto de reconocernos tan frágiles y vulnerables, sorprende darnos cuenta de que viejas enseñanzas que creíamos superadas nos ofrecen hoy asideros para salir adelante. Son los clásicos recuperados, como en un segundo Renacimiento, los que nos dicen: “ya pasamos por lo que hoy te hace sufrir y lo que aprendimos de aquello te servirá como nos ayudó a nosotros”. Durante siglos los malinterpretamos y ahora nos damos cuenta de que son una fuente invaluable de sabiduría, consuelo y, sobre todo, de consejos prácticos. Es la filosofía de los cínicos, los epicúreos y los estoicos una ayuda confiable para vivir con serenidad las vicisitudes actuales sin perder el control ni hacer demasiado el ridículo.

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