Alejandro León
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.-En esta comuna se duerme de día y se trabaja de noche. Es mediodía y las puertas de los remolques de feria siguen cerradas. Ahí adentro descansan los ferieros. La noche anterior trabajaron en una festividad en San Juan de Aragón.
Pili, de 9 años, y su abuelo Manuel González, de 82, son de los pocos que están despiertos a esa hora de la mañana. En la festividad, Pili le compró un pan dulce a su abuelo para que desayunara. Manuel está retirado. Ahora camina con ayuda de una andadera pues tuvo que retirarse de la actividad en la feria tras haber sido atropellado. Trabajó desde los 14 años ofreciendo juegos de futbolito en las ferias.
Al igual que otras 16 personas, Manuel y su nieta viven en remolques de feria aparcados sobre Avenida 506, en San Juan de Aragón, en la Alcaldía Gustavo A. Madero. Ahí, las familias se las ingenian para tener servicios de agua potable o luz eléctrica. Pese a las carencias, aseguran que no han sufrido de contagios de Covid-19.
Por falta de dinero, Sofía se convirtió en maestra de su hija, Pili. La familia no puede pagar por recargas de Internet, ni siquiera pensar en adquirir una computadora. Debido a que no hay posibilidad de cursar clases en línea, Sofía le enseña el remolque matemáticas y español. La pequeña hace su tarea en un cuaderno. Su madre toma fotos de sus trabajos para enviársela a sus maestros de la Primaria “Sixto Nieto Rojas”.
Cuando andan de gira, como nombran a la vendimia los ferieros, Pili ayuda en el trabajo.
En uno de los puestos de feria, ayuda a la familia en la venta de hot cakes, plátanos fritos, banderillas y papas a la francesa. “Como vendemos comida (…) casi no tenemos dinero para poner recargas para el Internet, pero mi mamá me pone a sumar, a restar, a multiplicar, a leer y a escribir”, cuenta Pili, quien ya extraña volver a los salones y la hora del recreo.
Cuando comenzó la epidemia, su abuelo Manuel se refugió en el remolque. Acaso sale a tomar el sol. “No he salido, me gusta ver las películas que pasan temprano (en televisión), ya que pasa la película, me salgo. “No ha habido ningún contagio, gracias a Dios”, contó Manuel.
Teresa vive en otro de los remolques con sus hijos, Paola, de 4 años y Sebastián, de 3 años. Los pequeños ya le han externado su deseo de ir al preescolar, pero ella reconoce que sería difícil tomar esa decisión pues vende refrescos y cigarros a los integrantes de la comuna y, en ocasiones, va a los cruceros para pedir apoyo. Luego esperan la noche para trabajar.
Las tazas giratorias y los carritos chocones también deben esperar a que el sol se oculte para que sean echados a andar. Es la vida de la feria.