Luis Muñoz Fernández

Todavía recuerdo la fascinación que durante mi infancia me producía un libro de la “Colección de la naturaleza” de Time Life titulado “El hombre prehistórico”. Su portada mostraba el cráneo del hombre de neandertal con un fondo en el que se observaban dibujos de herramientas de piedra.

El libro, publicado en 1965, fue escrito por el profesor Francis Clark Howell, uno de pilares de la antropología y biología evolutiva estadounidense, maestro de numerosos científicos destacados, entre ellos Donald Johanson, que en 1974 descubrió con Ives Coppens y Maurice Taieb el famoso esqueleto de una hembra de australopiteco de más de tres millones de años de antigüedad, bautizada con el nombre de Lucy.

Antepasados tan remotos, que parecen más cercanos a los grandes simios que a nosotros, no resultan tan enigmáticos e inquietantes como los neandertales, que vivieron entre los 350 mil y los 40 mil años atrás, y que en aquel libro encarnaban el estereotipo del cavernícola, con un cuerpo robusto y una cara de rasgos toscos, reflejo del concepto que en aquella época se tenía de ellos: unos brutos.

Esta idea de los neandertales se mantuvo desde la primera vez que fueron descubiertos en 1856 hasta hace relativamente poco. Los científicos no están exentos de la influencia de los estereotipos y a veces también se dejan llevar por ellos. Sin embargo, la ciencia no descansa, ni siquiera en un campo tan aparentemente alejado de los intereses de la mayor parte del género humano como es el estudio de nuestra historia evolutiva que llamamos paleontología.

Lo primero que nos asombra es la cantidad de estudios científicos que se han realizado tanto en los restos óseos de los neandertales, como en sus herramientas de piedra y otros materiales. Investigaciones no sólo paleontológicas, sino de biomecánica, patología forense, de fisiología respiratoria, biología molecular, uso del láser y análisis computacional, entre otras.

Gracias a todo ello, hoy empezamos a entender mejor y a apreciar mucho más lo que fueron los neandertales, incluyendo sus logros culturales, que los sitúan en un sitio mucho más elevado y trascendente en la historia de la humanidad.

Su asombrosa destreza para fabricar herramientas de piedra y el uso de otros materiales como la madera, los pegamentos naturales, las conchas de los moluscos, los tendones y los huesos de los animales, nos hablan de una inteligencia refinada y capacidad para planear e innovar que antes creíamos sólo nuestras.

Lo mismo sucede cuando, poco a poco, los descubrimientos más recientes apuntan a la posibilidad de que los neandertales, por lo menos en algunos casos, enterrasen a sus muertos. De lo que sí podemos estar seguros es que cuidaban de los enfermos y de los ancianos, lo que los pone a nuestro nivel y, a juzgar por la forma en la que llegamos a tratar a los ancianos hoy, incluso por encima de nosotros.

No somos los únicos humanos. Hubo otros, seguramente muchos más, que vivieron y se extinguieron misteriosamente, aunque creo que algún día descubriremos por qué.

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