Con frecuencia los maestros exteriorizan preocupación debido a que ciertos alumnos “no quieren aprender” –dicen– y ejemplifican: “Gustavo es muy inquieto y no atiende las clases”; “Iván nunca hace las tareas”; “Juan Antonio se la pasa jugando en el salón y molestando a sus compañeros”; “Óscar deja los libros y los cuadernos en su casa para no trabajar en la escuela”. Estas y otras dificultades de comportamiento, supuestamente, son las que limitan o impiden los aprendizajes de los alumnos. Pero ¿qué investigaciones se han realizado para entender y conocer las causas de esos comportamientos?, ¿qué se ha hecho para corregir o reorientar esas conductas?, y ¿qué otras estrategias se han empleado para que esos alumnos logren aprendizajes? Lamentablemente, en no pocos casos, en lugar de buscar soluciones educativas se ha optado por la exclusión, y ésta, como consecuencia, ha originado la reprobación o la expulsión, empeorando el destino de muchos niños y de muchos adolescentes por su conducta.

En educación, no se trata de castigar o de regañar a los niños con dificultades de comportamiento, sino de solucionar los problemas de manera pertinente; y para esto, la primera recomendación sería que el maestro de grupo no debe pensar, ni sentir, que él solo tiene que resolver los problemas que surgen en el salón; las dificultades de conducta de los alumnos, así como sus aprendizajes, deben ser tratados en conjunto con el director, con los demás maestros, con algunos asesores, con los padres de familia, incluso con el propio alumno que presenta las dificultades mencionadas y otros estudiantes; quienes de manera colegiada deben analizar los casos para encontrarles soluciones idóneas. Una segunda recomendación sería investigar, con fines educativos e intenciones positivas, los factores que están motivando los comportamientos irregulares de los educandos y no sería extraño encontrar que algunos alumnos bostezan de aburrimiento porque las actividades son largas, tediosas y hasta incomprensibles; otros se estresan porque no entienden las indicaciones que se dan para realizar los trabajos y no saben qué, ni cómo hacerlos; y otros más se desesperan, hasta la ansiedad, porque no pueden avanzar a la misma velocidad que los demás. De tal suerte que estos alumnos, por lo descrito y otros factores más, se valdrán de mensajes ocultos para llamar la atención de los maestros: se levantan y molestan a un compañero, le rayan el cuaderno a otro, tiran sus libros al suelo, insultan, escupen, gritan, agitan las manos, hacen ruido con los pies y utilizan bromas y palabras inapropiadas para que todos les festejen, interrumpiendo las clases de los maestros. Con estos y otros comportamientos lo que, por una parte, quieren decir es “que les aburren las clases”, “que no entienden lo que deben hacer”, “que no le encuentran sentido, ni utilidad a las actividades”, “que no pueden ir a la misma velocidad (en los aprendizajes) que los demás”, “que no les interesan los contenidos que les obligan estudiar”; y, por otra parte, con estos comportamientos los alumnos intentan probar la paciencia y la resistencia de los maestros, los problemas que provocan son medidas de presión para llevar a los docentes al límite de su tolerancia y hacerles perder su control para evidenciar que en ellos también hay ineptitudes. Ante este orden de hechos, los maestros pueden reaccionar de las siguientes maneras: 1) Por temor, inseguridad y permisividad, dejar que estos alumnos hagan lo que quieran; 2) Como medida correctiva, aplicar castigos; 3) En colegiado, analizar la situación de cada caso y entre todos (director, maestros, padres de familia y alumnos implicados) buscar soluciones. Este es el procedimiento recomendable en las escuelas para tratar de entender y solucionar los problemas conductuales de los alumnos que “no quieren aprender”. El desorden en su comportamiento no necesariamente es incapacidad para los aprendizajes, ni es porque simplemente no quieran realizar actividades; los niños y los adolescentes sí desean aprender, pero los aprendizajes deben ser interesantes para ellos, útiles para su vida presente y futura, con explicaciones convincentes y procedimientos sencillos.

Un día se preguntó a los alumnos de un tercer grado de primaria, ¿cuál materia les gusta más? Todos contestaron en coro “¡Ciencias Naturales!”; ¿por qué?, se les cuestionó. Un alumno, entre varios que levantaron la mano, explicó: “Porque jugamos con plastilina, o con barro, haciendo mapas, carreteras, cerros, volcanes, ríos, plantas y animales de los ecosistemas, y así aprendemos jugando”.

Utilizar únicamente el oído para escuchar las clases, algo se aprende, pero pronto se olvida; en cambio, cuando se utilizan más sentidos, esto es, cuando los alumnos escuchan una clase; observan láminas, mapas u otros objetos alusivos al tema; huelen el aroma o la pestilencia del objeto de estudio; prueban los sabores diferenciados y tocan con sus manos las texturas de las cosas y las manipulan, entonces sí se facilitan los aprendizajes perdurables. Esto es lo que les gusta a los niños: oír, ver, oler, probar y tocar los objetos de estudio, con las previsiones necesarias en cada caso. Si se buscan formas o estrategias variadas en las clases, utilizando los sentidos y los materiales pertinentes, los alumnos ¡sí quieren aprender!