Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Platicaba con mi nieta Isaura de siete años, sobre las mascotas, me decía que su papi le platicó que los perros en la noche cuando te miran fijamente a los ojos, es que tienen dentro al demonio. -Oye- le pregunté – ¿si yo te miro fijamente a los ojos, qué?-, me contestó presta – Es que tienes el demonio -, – ¡Ah caramba! Y si tú me miras fijamente a los ojos entonces, ¿qué?-, sentenciosa me contestó: – Es que te amo, ‘abo’.- Algo así como aquel refrán “lo que en el pobre es borrachera en el rico es alegría”, o el equivalente a yo tengo otros datos del risible López Obrador.

De no ser un asunto tan grave la mañanera en la que el periodista Jorge Ramos intentó que el presidente respondiera en serio preguntas sobre la seguridad pública, hubiera movido a risa. Quizás, la realidad es que muchos pretendemos tomar en serio al presidente, un poco quizás porque históricamente así se le tomaba y otro poco, porque abrigamos la esperanza de que algún día tome la realidad en serio y deje de tomarse a sí mismo tan en serio como se toma.

Pensándolo bien el error parte de que no nos resignamos a aceptar que AMLO es un standopero de carpa. Que lo mismo se escama por un “pendejo” que descalifica, desdora, calumnia y difama con la mayor tranquilidad. Un funcionario que ante una grave denuncia de una gobernadora, no le contesta porque dijo una “palabrota” que, dicho sea de paso, forma parte del habla popular tanto de Chihuahua como de Veracruz y de Tabasco desde luego. ¿Puede usted creer que el presidente hizo caso omiso de la petición de ayuda? Pues sí, así fue, es que el representa el personaje de un ser todopoderoso, infalible e intocable, encarnación de todas las virtudes, de todos los valores, con el conocimiento inmanente y la ciencia infusa.

De alguna manera, López Obrador me recuerda sin que me haga la más mínima gracia una película española, esa sí simpatiquísima titulada “Así en el cielo como en la tierra” dirigida por José Luis Cuerda y con un reparto sensacional en el que destacaban dos señorones: Fernando Fernán Gómez y Francisco Rabal. La anécdota es sencilla, un grupo de artistas trashumantes llegan a un pueblo de catetos, alejados de toda noticia, cultura y actualidades, cuando se presenta un eclipse solar que aterroriza y conmueve a los pobladores y que, los artistas tratan de sacarle provecho, disfrazándose de personajes de la corte celestial, anunciando el apocalipsis y en seguida el juicio final. Dios Padre (Fernando Fernán Gómez) hace comparecer por medio de San Pedro (Paco Rabal con un traje de guardia civil), a los habitantes del pueblo a los que juzga y condena a la entrega de bienes, además de los actos de contrición. Todo pinta a pedir de boca, reuniendo una importante cantidad de animales, legumbres, fruta, alhajas, etc., etc., cuando empiezan a surgir inconformidades, el torero no está conforme de morir en el apocalipsis y no en el ruedo, la esposa se incomoda porque se pretenda divulgar sus infidelidades, el comerciante repela de que sus artimañas se pongan al descubierto, en fin que por angas o por mangas, los juicios inescrutables de Dios Padre se someten a la dura crítica de los mortales, tanto que el mismo Dios duda de su omnisciencia y determina darles una nueva oportunidad, aplazar el fin del mundo y retirarse con sus compañeros de la Corte Celestial con una buena cantidad de regalitos.

López Obrador asume todas las mañanas el papel de Dios Padre, ya no el de Tlatoani, ha ido más allá. No se siente señor de la palabra, sino creador de la realidad. O quizás más bien, dueño de la palabra creadora: Fiat lux, y la luz se hace.

Cuando Jorge Ramos le muestra los hechos, los datos de la violencia en México, el presidente le contesta “yo tengo otros datos”. Ramos le dice son “datos oficiales, de su gobierno”, el presidente afirma: “No, no, no, no, no, te voy a explicar”, los números no son los que tú dices porque los interpretas como lo hacen nuestros adversarios, que se unen para atacarnos, porque los periodistas como tú se callaron la boca en el neoliberalismo, y no dijeron nada de la guerra de Calderón. “Señor, yo llamé a Calderón, presidente de los muertos”, “No, no, no, no, no, todos son iguales porque sí o porque les pagan para escribir eso”.

Señor presidente, le insiste Ramos, México es un país peligroso, para todos y particularmente para los periodistas. “No, no, no, no, no, peligroso donde tú vives. Aquí no, a la Ciudad de México se han venido 500,000 estadounidenses y sólo hay dos homicidios por día”. Pero hay 81 muertes violentas por día en el país. “No, no, no, no, no, el país está tranquilo, salvo algunos lugares en los que gobiernan gobiernos conservadores y que hay mucho consumo de drogas, muy localizados todo lo demás la gente está tranquila, contenta, en paz.

Jorge Ramos al ver lo infructuoso de su empeño termina diciéndole “Gracias por la oportunidad de hacerle estas preguntas”.

Dios Padre ha hablado. Dios Padre ha construido un país que sólo existe en su imaginación y que, sin embargo, sus seguidores creen o fingen creer para no quedarse fuera del manto corruptor y protector de la 4T.

Sin embargo, muchos mexicanos estamos convencidos de que la realidad le da un rotundo mentís al Mesías Tropical y que esta próxima elección echaremos del poder a estos facciosos, corruptos, demagogos y autócratas y, como el de la película, tendrán que irse con su música a otra parte.

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