Claudio César Calabrese
Instituto de Humanidades
Universidad Panamericana (Campus Aguascalientes)

La plataforma Netflix ha presentado, en diciembre del año pasado, una película que ha tenido un gran suceso entre el público y que, al mismo tiempo, ha sido recibida con recelo y hasta con rechazo por lo que se denomina “crítica especializada”; me refiero a “No miren arriba”, escrita, producida y dirigida por Adam McKay, que cuenta con un elenco estelar (Leonardo Di Caprio, Jennifer Lawrence, Meryl Streep, Jonah Hill, Mark Rylance, Timothée Chamalet, Ron Perlman, Cate Blanchett…) y que plantea agresivamente una parodia sobre el lugar de la ciencia o, más genéricamente, del saber, y su relación con el poder político y con los medios periodísticos, que no son fieles a su función en la sociedad. El relato sigue la senda apocalíptica: una alumna del doctorado en Astronomía de la Universidad Estatal de Michigan, Kate Dibiasky, descubre un cuerpo celeste sobre el que no hay información disponible y se lo comunica a su director, Randall Mindy; éste calcula la trayectoria del cometa y advierte que impactará en la Tierra, en aproximadamente seis meses, y que causará un fenómeno de extinción masiva. Hasta aquí, bastante predecible; sin embargo, la trama toma un giro sorpresivo, cuando ambos científicos encienden las alarmas frente a una catástrofe inminente: a nadie le importa en lo más mínimo; es más, ambos científicos son objeto de escarnio, especialmente Kate, que, dueña de un carácter explosivo, no soporta la frivolidad, la indiferencia, la insensatez; el Dr. Mindy comenzará a coquetear con un prestigio que se le había negado, aunque lo logra a costa sencillamente de mentir, de transmitir una tranquilidad irrisoria (¿logrará rehabilitarse ante sí mismo, su familia y sus alumnos?).

Como se ha repetido hasta el cansancio (y nosotros nos sumamos al coro), el cometa asesino de planetas representa la situación que enfrentaremos a fines del presente siglo, si no nos planteamos seriamente respuestas a la crisis ecológica que estamos atravesando y de la que los científicos vienen alertando desde fines de los años 50 del siglo pasado. Nadie escucha a Kate y a Randall: la presidente de EE.UU., magníficamente interpretada por Meryl Streep (sí, a mí también me gusta descubrir el hilo negro), únicamente se ocupa del tema, cuando advierte que perderá las próximas elecciones; la noticia cae en el ámbito del periodismo del espectáculo y queda mezclada con la separación de dos celebridades del momento (noticia que sí es presentada y recibida con tintes de melodrama… me autoabsuelvo de “espoilear” ¡qué horrible!, porque hace más de un mes que está en la mencionada plataforma).

Comencé señalando que se trata de una parodia, pero ¿sobre qué? Afirmo sin dudarlo: sobre el papel que tiene la ciencia o, mejor, el saber en nuestra sociedad, sobre la pobreza moral e intelectual de buena parte de la clase política y otro tanto del periodismo. ¿Acaso no vivimos en la sociedad del conocimiento? Bueno, hacia allí va también la parodia: los recursos tampoco van dirigidos a detener la amenaza, sino a ver el modo de centuplicar las ganancias, aunque el colapso está a las puertas (clarísimas referencias a Elon Musk).

Sin embargo, no todo es parodia y, por ello, recurrimos en nuestro título a uno de los libros del filósofo español Rafael Alvira (El lugar al que se vuelve. Reflexiones sobre la familia. Pamplona: EUNSA, 1998): cuando el final ha pasado a formar parte acuciante de la trama, hay una sencilla y poderosa plegaria a Dios, en la que los abandonados se reúnen como una familia ampliada, pues allí donde hay verdad todo permanece verdadero: no importan las contradicciones a las que nos lleven las crisis, allí estará siempre la familia en la forma acogedora de la comprensión, del perdón y del amor.

 

 

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