Lic. Josemaría León Lara Díaz Torre

Desde que el presidente Lázaro Cárdenas estableció en el rancho La Hormiga del Bosque de Chapultepec, la residencia oficial presidencial, todos y cada uno de sus sucesores, a excepción de Adolfo López Mateos, han hecho de Los Pinos su morada durante los seis años de mandato constitucional.

Hasta hace no mucho tiempo, descubrí la verdad detrás del haber rebautizado ese imponente predio; pues precisamente fue en una localidad en el estado de Michoacán llamada Los Pinos, donde Don Lázaro Cárdenas conoció a su esposa Doña Amalia Solórzano. Por otro lado, sería un tanto extraño que la residencia del presidente de México llevara el nombre de un diminuto insecto.

En la actualidad, tal parece que el presidente Peña Nieto será el último inquilino de la residencia que, por 14 sexenios, ha fungido como morada de la primera familia mexicana. Lugar que a lo largo de los años ha adquirido cierto misticismo, que va de la mano de lo hermético en que se convierten las vidas privadas de los presidentes y sus familias.

Podría asemejarse por su significado patriótico a la Casa Blanca en Washington, El Palacio del Eliseo en París, La Casa Rosada en Buenos Aires o al Número 10 de Downing Street en Londres. Pues, aunque en México la sede “oficial” del ejecutivo federal no ha dejado de ser Palacio Nacional en el Centro de la Ciudad de México, la casa habitación del presidente no ha estado siempre ligada al sitio de trabajo del mismo.

Recordemos que Palacio Nacional, es fuente de un importante bagaje histórico, pues fungió en un inicio como el Palacio de los Virreyes en tiempos de la Colonia. Además, el mismísimo Benito Juárez lo habitó; mismo que para muestra permanece amueblado y susceptible de visita, el departamento en el que vivió al interior del Palacio.

Ahora pensemos por ejemplo en el majestuoso Castillo de Chapultepec, habitado por muchos presidentes a lo largo de la Historia hasta que como ya habíamos dicho, Cárdenas del Río erigió la residencia del presidente no muy lejos del Castillo; precisamente en el interior del bosque de Chapultepec, mismo que para aquel entonces se consideraba ubicado en la zona limítrofe de la capital del país.

Los tiempos cambian, y no hay nada desde el punto de vista legal que obligue a un presidente entrante a vivir en el mismo lugar que sus predecesores. Y ese precisamente es el punto de partida que el presidente electo ha decidido tomar; pues en estricto sentido, no existe nada que lo ate a él y a su familia a mudarse a Los Pinos por los siguientes seis años.

Aunque lo que no se está viendo, es que, aunque es correcto el aislamiento que provoca estar dentro de ese sitio, no podemos olvidar lo complicado que es la logística necesaria para organizar todos y cada uno de los aspectos de la agenda pública del presidente; por ejemplo, su seguridad y la de los suyos. Por lo que la existencia de Los Pinos, hace cada vez más veces de fortaleza, que, de residencia, pues debería ser una prioridad para el próximo titular del estado mexicano, reconocer y apreciar la labor del Estado Mayor Presidencial. Más sobre este tema, la siguiente semana…