Moshé Leher

El domingo pasado, ya al caer la noche, terminé en el ordenador los asuntos pendientes de la semana; había sido un fin de semana relativamente tranquilo. A eso de las diez, ya sin más asuntos por terminar, bajé a cenarme cualquier cosa. Buenos tiempos aquellos, pensé, mientras le pegaba un mordisco al emparedado de pavo, en que no existía la Internet, los celulares, las redes… Trabajaba uno en horarios fijos, en días previamente pactados, con los fines de semana intactos para ir a… A donde a uno le pegara la gana, siempre que estuviera dentro de sus posibilidades.

El diablillo del mezcal se me posó sobre el hombro izquierdo: un mezcalito, a lo sumo dos, para subir relajado, leer un poco (‘Sombras sobre el Hudson’, de Singer), y dormir a pierna suelta.

Fue el primer sorbito al segundo trago cuando sentí que en lugar de un destilado estaba ingiriendo mercurio: una corriente eléctrica y gélida me recorrió el espinazo, que decían los viejos, y un escalofrío me inundó las manos, los brazos, el pecho; se me adormeció la lengua y me palpitaban las sienes y los labios.

En una noche febril tuve alucinaciones tales, que en un momento, una plataforma lisa y brillante, como metálica, resultó ser la revelación de que mi hermana y yo éramos herederos de una cuantiosa fortuna… ya hacía cuentas yo de cómo administrar ese dinero en cubrir deudas, liquidar pagarés, tapar hoyos y hasta darme un gusto, cuando la brillantez de la luna me despertó con un sobresalto, pues la luna, que es pura roca, era el presagio de…

No voy a entrar en detalles, que quién más y quién menos, nadie nos hemos librado de esas noches delirantes de las fiebres que nos calientan el meollo y nos pasean por pasajes de pesadilla e irrealidad.

El lunes me desperté como si me hubiera pateado una banda de matones, lo que no obstó para que me levantara al amanecer, me vistiera de cualquier forma e intentara, incluso, bajar a hacer un café para irme a hacer ejercicio. Me persuadió una punzada detrás del ojo derecho y un extraño hormigueo que me inundó la espalda. Me volví a la cama.

En cama he estado toda la semana, salvo hoy que tuve que ir a tomarme un café por un asunto de trabajo y urgente, en una salida que emprendí con sentimiento de angustia y con un ataque de agorafobia.

El asunto es que, contra mi costumbre y mi voluntad, por primera vez en años tuve que admitir que estaba enfermo y que podía, y debía, darme permiso a estarlo, luego de años de un trabajo atroz que no admitía tales liberalidades: ya va uno a permitirse a dejar de hacer lo que se debe hacer por neumonías, intoxicaciones e infecciones de nada, era la norma que se impuso durante cuatro décadas.

He aprovechado los momentos de lucidez para atender, desde el ordenador y en pijama, asuntos urgentes; unos formularios para rellenar, un examen que aplicar a distancia, una evaluación que cumplimentar, algunos correos electrónicos, nada que exigiera mucho esfuerzo mental, pues estar en mis cabales, lo que se dice en mis cabales, pocos minutos.

Lo más extraño de esto es que llevo ya cuatro días sin apenas actividad física, leyendo páginas sueltas en momentos de claridad, y tratándome de convencer que, diseñado el Universo como lo está (y en ese diseño dispuesto está que no hay nadie que no sea irremplazable), no pasa nada si me quedo en cama y descanso, que es lo que exige mi estado.

El martes en la madrugada me sobresaltó un pequeño piquete en el costado izquierdo y luego otro en el pecho. Luego supe, con certeza, que peor es morir en una trinchera o en un hospital atravesado de agujas y que a lo mejor es verdad que esto de la muerte no es sino un asunto estadístico, y tal vez algo habrá de veras en eso de que yerba mala…

Un momento de relativa lucidez que tuve ayer lo dediqué a tachar contactos, que nunca amigos de mis redes. Eliminé sin miramientos a los que mandan monedas, falsas citas de Kant, citas verdaderas de Cohelo, o como se llame, novenas, oraciones a la Divina Providencia, a los que ofrecen tratamientos para rejuvenecer diez años en tres semanas, a los apóstoles de la memez esa del pensamiento positivo, a los seguidores de chamanes, de energías cósmicas, a los que creen que poner ‘sí quiero’ traerá milagros a nuestras vidas… pero sobre todos a los que ofrecen perritos callejeros, pobrecitos, en adopción.

No me vaya yo a acostumbrar a esto de enfermarse.

¡Shalom Shabat!

¡Participa con tu opinión!