Luis Muñoz Fernández

No Country for Old Menes el título de una novela de Cormac McCarthy que fue llevada con éxito al cine por los hermanos Coen. En España la película conservó el título original traducido a nuestro idioma: No es país para viejos. En Latinoamérica se tituló Sin lugar para los débiles.

Asumiremos aquí que viejos y débiles son sinónimos, aunque la totalidad de los débiles –los vulnerables, como se dice ahora– rebasa con creces al número de ancianos. Lo son todos los pobres de solemnidad –más de la mitad de nuestros compatriotas–, incluyendo niños y mujeres. Y peor si son discapacitados, indígenas y/o campesinos.

Hablemos de los viejos, de los ancianos, de las personas mayores. Lo de “adultos en plenitud” es un sinónimo almibarado con ínfulas de preocupación genuina que a veces no me parece del todo sincera. Robert Redeker, escritor y filósofo francés, advierte que hoy la vejez está en peligro por dos razones: el culto sin límites a la juventud (el “jovenismo”, lo llama él) y la lógica económica predominante del “úsese y tírese”. En un desvergonzado giro copernicano del discurso, la adecuada manutención de los ancianos, deuda de toda sociedad solidaria, se ha convertido en un factor desestabilizador de la economía… ¡qué cinismo!

Que en México y en Aguascalientes la mayoría de los ancianos peligren no es cosa de ahora. Su precariedad es secular y es un reflejo de que en nuestra sociedad tenemos muchas necesidades pendientes, ya sea porque su solución se ha pospuesto una y otra vez o porque se han ensayado remedios fallidos. Una de esas necesidades pendientes es garantizarle, por lo menos en lo material, una vida sin sobresaltos a quienes caminan por el último tramo de su existencia. Tanto anciano desamparado es una medida de nuestro atraso, de nuestra indiferencia y de nuestra crueldad. Un ejemplo descarnado de inhumanidad.

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