Noé García Gómez

Se están discutiendo las leyes secundarias en materia energética, el debate –que está más en lo político que en lo técnico- se centra en modernizar PEMEX para hacerlo más rentable y baje el costo de la electricidad, el gas y la gasolina y una consulta para derogar las reformas constitucionales, “para regresar al pueblo sus riquezas petroleras”. En síntesis esos son los argumentos de nuestra clase política en el tema petrolero.

Pero la realidad es que Pemex, hoy en día es una empresa rentable y registra una tendencia consolidada de aumento en su producción. Sin embargo, la rentabilidad de la principal paraestatal del país está oculta por la sangría que representa la cuantiosa transferencia de recursos que hace al gobierno federal y por eso refleja pérdidas que tienen que pagar muchos y diferentes dividendos, más allá de sus utilidades. Petróleos Mexicano tiene un valor de 50,000 millones de dólares y su deuda asciende a 52,000 millones de dólares; aun así su producción está aumentando y su meta es incrementarla en los próximos años, hasta llegar a los 3,000 millones de barriles diarios entre los años 2017 y 2018. Además de tener la expectativa de alcanzar una tasa de restitución de reservas de 100% a partir del próximo año 2013 y aumentar la producción de gas procedente de aguas profundas en el 2015. Esto es no solo depender de las reservas con las que se cuentan, sino localizar y explotar nuevas. Además que en cuanto al EBITDA (Earnings Before Interest, Taxes, Depreciation and Amortization), que en español significa Utilidad Antes de Intereses, Impuestos, Depreciaciones y Amortizaciones, esto es un resultado bruto, Pemex tuvo un crecimiento del 29.4%.

Hasta aquí lo bueno de la paraestatal, ahora pasemos al por qué algunos nos quieren hacer creer que Pemex es una “losa” para los mexicanos. En 2011 Pemex llegó a un máximo histórico de 876 mil millones de pesos de carga tributaria, casi 34% superior a la de 2010 y representa el 56 por ciento de los ingresos totales en el año. Gran parte de los dólares obtenidos por vender petróleo al exterior se utilizan en comprar gasolinas. En el año 2011, 51% de los recursos financieros producto de vender petróleo crudo se utilizó para adquirir en el extranjero gasolinas y diesel, que también tienen altos precios en los mercados internacionales. Conforme pasan los años es mayor el consumo de gasolina y diesel que se importa. Es por eso que en México siempre sube la gasolina y nunca hemos tenido un descenso en el precio de este combustible, pues, si sube el precio internacional del petróleo, sale más caro importarlo convertido en gasolina a nuestro país, y si baja el precio mundial del petróleo, se reducen los ingresos para poder subsidiarla.

Con lo anterior podemos ver que Pemex no es el problema, pero también vemos que el pueblo de nuestro país realmente nunca se ha beneficiado de Pemex; ahora quisiera que veamos dos escenarios ¿si no se hubiera aprobado la reforma energética, los mexicanos estaríamos recibiendo beneficios del petróleo y los energéticos? El otro ¿en verdad creemos que con la actual legislación, dando apertura a las empresas privadas, surgirá Pemex y el gobierno como un ogro filantrópico que beneficiara a nuestro pueblo? Mi respuesta es No, ¿Por qué? Simple el problema no es la nacionalización o privatización de la paraestatal o nuestros recursos energéticos, el problema es la clase política del país, que esta ensimismada en las bondades que da el presupuesto.

Los dos sistemas deben de tener sus bondades, la apertura y la conservación absoluta –yo me inclino por que conserve el país la propiedad de sus energéticos- pero hay ejemplos internacionales exitosos de ambos sistemas, ahora también hay ejemplos desastrosos, y en gran medida es por su clase gobernante. El verdadero cambio y reforma se tiene que dar al interior de los partidos, políticos y gobierno, si se sigue viendo como una simple bandera electoral, como una oportunidad de negocios o como una pragmática ocasión de beneficio de élites, los recursos energéticos de nuestro país solo generarán más fortunas de unos privilegiados (e incrementar la lista de mexicanos millonarios en Forbes) y mayor desigualdad en la mayoría de la población (como lo dice la OCDE).