Moshé Leher

Muchos años ha que fui, con unos amigos michoacanos, a Tzintzuntzan, junto a Pátzcuaro para una celebración de Día de Muertos, en la que era evidente que éramos más los metiches que los purépechas, que como sea hicieron su numerito, en el cementerio, llevándole música, comida y harta charanda a sus difuntos para, como pasa en otros lados, acabar a reventar pues como los muertos tienen la costumbre de no escuchar, no comer y no beber hasta ponerse ciegos -de hecho también tienen la costumbre de no ver-, pues de que se desperdicie a que me haga daño.

El ritual, así como lo recuerdo es impresionante y como tradición prehispánica, que creo que no es el caso, pues está bien; es asunto de los purépechas pasar la festividad como mejor les venga en gana. De eso a que sea una tradición edificante, pues yo tengo mis dudas.

Los que saben señalan que estas festividades mezclan, en otra muestra de sincretismo, sus ritos funerarios con las católicas celebraciones de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, y que este sincretismo nació como la forma de los naturales de burlar la tarea de la evangelización y simular estar siguiendo rituales cristianos, conservando así sus creencias previas.

Hace no más de tres semanas caminaba con mi hijo por Sevilla. Le había pedido, al marcharse a España que dejara para una posterior visita mía un viaje a esa ciudad, punto de partida de las expediciones posteriores a la Conquista, y puerto de entrada de la plata y los productos mexicanos, y, según mis muy particulares gustos, la ciudad con más encanto del planeta.

Le explicaba que tal profusión de iglesias y conventos, pues es más fácil dar en Sevilla con una capilla o un monasterio que con un niño, era uno de los excesos de la Reforma, y que el barroco español, luego trasladado a México desde esa ciudad, parte de la respuesta de Roma a los herejes luteranos: ante las acusaciones de los protestantes alemanes de la primera Reforma, la respuesta fue la creación de la Propaganda Fide, y la desordenada multiplicación de las imágenes de vírgenes y santos, con una pulsión muy ibérica por representar escenas de martirio. Todo, en el caso de la corona castellana (España no existía todavía como nación Estado), pagado generosamente con la plata de Zacatecas y el Potosí, el boliviano.

Sus frutos son horripilantes, amén de que hicieron fácil que los naturales americanos abrazaran la fe de los castellanos (y los extremeños y andaluces), pues pensaron que era otro modo de practicar su politeísmo.

Todo esto está muy bien para un esteta o para un historiador del arte, pero para una persona normal debe, debería, resultar horrible, aunque sublime, según las ideas del pseudo Longino, de Burke y otros teóricos de cómo cosas horripilantes pueden ser portadoras de valores estéticos.

Por lo demás a mí ni Día de Muertos, ni Festival de las Calaveras, ni Catrinas, ni leches, pues me parece que estoy como Casandra desde hace años, gritando como orate en la plaza (figuradamente, claro), alertando que hay que ver cuánta de nuestra pulsión por lo mórbido, por lo violento y lo sangriento (corridos incluidos), tiene que ver con esa supuesta celebración, que no es sino necrofilia pura y dura, cuya parafernalia a mí me sigue recordando a las calaveras y cráneos de las bandas de piratas o de los SS nazis.

Luego anda por allí la Iglesia diciendo que el Día de Muertos tiene una especie de prominencia moral, o no sé qué peregrino argumento, sobre el Halloween, que tampoco es que me entusiasme; la diferencia es que mientras la Momia asesina y el Monstruo de la Laguna Verde no existen, los asesinos y los muertos son una dolorosa realidad nuestra de cada día.

Espero que estas líneas persuadan a los que pretenden que yo vaya a las infames corridas que darán estos días o a la bemba que, seguramente por error, me invitó a una fiesta de disfraces. ¿De qué me voy disfrazado? ¿De chairo colmilludo? ¿De Bartlett?

¡Shabat Shalom!

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