Jorge Ricardo
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.-Guardias, repartidores, mariachis… salen de sus casas por gusto o necesidad. Algunos creen que no enfermarán de Covid-19. ‘Si me va a dar, que me agarre contento’, dice un vecino de la Buenos Aires.
En la Buenos Aires, a 750 metros del Centro Médico Siglo XXI, donde se atiende a pacientes graves de Covid-19, “El Tuercas” no se pierde un detalle. Los diez de la playera del América ya le van ganando a los de Alemania, en un duelo sobre el pavimento de Doctor Gilberto Cacho. Las porterías son los trafitambos anaranjados de la policía. El público, hombres, mujeres y niños, un bebé en brazos. Hay, cerveza, helados y chicharrones. Autos, motos y bicicletas. Los del América se impondrán 11 a 5, pero el encuentro está reñido.
“También necesitamos distraernos y, ¿por qué no?, tomar una cerveza con la banda”, se justifica el Tuercas, de gorra roja, apoyado en la puerta de un auto. A unos metros se muere la gente, pero el empleado de un taller de autopartes aprieta el vaso de su michelada. “Si me va a dar, que me agarre contento y no en la pinche casa”, dice. Los demás se ríen.
Entre el viernes y el sábado la cifra de muertos por Covid-19 llega a 650. La de los contagios, 7 mil 497. Es apenas de los casos confirmados. Y aumentan dramáticamente. Las autoridades dicen que lo peor podría ser en mayo. Pero la verdad es que desde el jueves, cuando el Gobierno anunció que la cuarentena se alargaba otro mes, la población resintió el cansancio. ¿Otro mes más sin trabajo?, habrán dicho unos. ¿Otro mes mirando la televisión?, se habrán quejado otros. Ese día la policía tuvo que cerrar las ferreterías de Palacio Nacional para impedir el paso de la gente.
“Es que ya es por la constitución del mexicano, que somos muy chingones, muy fuertes”, dice el guardia del Mercado Hidalgo, en la Doctores. Se llama Carlos, y su pareja lleva dos días con fiebre en Ciudad Neza, donde viven. Él piensa que no se va a morir porque nada más los débiles se mueren.
Parado en la entrada, reparte gel espumoso con olor a shampoo barato. La Doctores está a un lado de la Colonia Roma. Allá, los negocios siguen cerrados o con letreros de sólo para llevar. Sobre Álvaro Obregón, unos jóvenes montaron una mesita para donar comida o para llevársela. Los de la Roma donan, los de la Doctores podrían llevársela si no estuviera aquí abierto casi todo. Los puestos de caldos de camarón, los vendedores de chicles, las amas de casa despreciando el gel que les da el guardia en su botella de agua. La mayoría no lleva, cubrebocas, otros sí, y otros en el cuello.
“No, gracias”, le dicen algunos a Carlos. Otros se niegan a que no pueden entrar los niños. Ni caso le hacen. “Vieja pendeja, si se mueren al cabo ni es de mi familia”, murmura el ex granadero que no ha podido parar porque vive al día. Hace medio año ruleteaba un taxi, pero se le venció la licencia. Hace un año y medio se le murió su esposa, de diabetes. “Te imaginas, si estuviera viva, se me moría por tener diabetes”, dice. Y continúa con su teoría.
Su teoría podría ser resumida de este modo: el mexicano desafía al Covid-19 porque es valiente. Y es valiente porque tiene necesidad. Está obligado. A lo mejor no es porque sea valiente, es porque ha sufrido mucho y sigue con la necesidad. “Es que ya sé porque el mexicano ha sufrido mucho, yo estuve en el 85 y fue peor que esto”, recuerda.
Entre la Roma y la Doctores está el Centro Médico. Afuera del área de urgencias canta Kalimba, el exOV7. Su público se mezcla, la mayoría sin cubre bocas. “Mucha admiración para los médicos de México, sabemos que están carentes de guantes, de tapabocas, de batas de muchas cosas”, dice Kalimba.
Entre su público están los que creen y no. Enrique Reyes es cristiano evangélico de la Iglesia Monte Carmelo y carga un altavoz para orar por los enfermos, pero está seguro de algo: “Muchas veces las enfermedades vienen por el pecado”. En cambio, Roberto Rodríguez no creía. Toda su vida no tuvo nada, ¿por qué iba a darles a ellos el coronavirus?.
“Uno piensa que no va a tener esa suerte, hasta que le pasa”, dice. Comerciantes de Ciudad Neza, el domingo fue con su hermano Teodoro Rodriguez, de 56 años, al tianguis. “De repente le dio calentura, tos, le dolía la garganta, la diarrea, llegamos aquí a las dos de la mañana del martes y por fortuna me lo recibieron, porque ya ahorita dicen que ya no están recibiendo”.
Su hermano Teodoro se salvó. Tuvo esa suerte y ya sólo espera que lo den de alta. La esposa de Roberto, se ganó una despensa que trajo Kalimba. Arroz, frijol, una sardina. “Tuve suerte”, comenta ella.
En Colonia Roma y Paseo de la Reforma, este sábado apenas hay gente. Cocineros de un Hotel de lujo, con delantales y gorras, guantes y cubrebocas, pasan vendiendo empanadas envueltas en plástico. Hay paseadores de perros. Hay quien hace ejercicio o toma fotografías de las calles vacías con sus celulares, pero son mayoría los que trabajan. O esperan trabajar. Aburridos sobre las bancas, los repartidores de comida miran sus celulares, pero para ver si les llega una orden.
¿Y a usted no le da miedo estar aquí?, se le pregunta a una joven que pasea un perro chihuahua como de juguete. “No, pues me creo resistente, y si te cuidas no pasa nada”, dice.
“No, hay barrios mas peligrosos”, dice por su parte un anciano de Indios Verdes que vende cigarros bajo la Estela de Luz.
Allá en Garibaldi, los mariachis ya se fastidiaron y salieron. “Me dije ‘chingue su madre ¿qué?’ y me salí de la casa, y pues no me ha pasado nada”, dijo el del Mariachi Valle de México.