Ascenso y caída de un militar providencial

Todo comenzó con la Revolución Francesa, donde un soldado corso de enorme personalidad e inteligencia pero corta estatura tomó los eventos que activaron la posterior caída de El Terror de Robespierre para producir su metamorfosis de militar a general, uno cuyas acciones se tallaron en la historia, para bien o para mal, redefiniendo el significado de conquista y asociando su nombre a patologías y complejos psicológicos. Pero Napoleón Bonaparte era algo más complicado, un hombre con apetitos dominantes tanto de geografías como de una mujer, Josefina, tal vez el único territorio que no pudo ganar del todo. Esto será lo que conforma el andamiaje dramático de la nueva cinta del experimentado Ridley Scott, quien regresa a sus raíces históricas y cierra un círculo temático habiendo debutado con la excelsa cinta “Los Duelistas” hace 45 años adaptando el texto de Joseph Conrad sobre dos hombres franceses (interpretados por Harvey Keitel y Keith Carradine) en eterno conflicto durante las Guerras Napoleónicas para ahora posar su cámara-mirada en el Emperador mismo, asiendo un amplio sentido de la épica mostrando sus batallas insignes con sensibilidad pictórica mientras que el personaje con afición a los bicornios se esculpe como un hombre de pose exagerada, arrogante y de enorme inteligencia que oculta tras sus bravatas, pompa y gloria a un chiquillo arrogante y colérico ávido de consideraciones y elogios. Sus éxitos y victorias en campañas a lo largo y ancho de Europa y África son tan importantes como la relación con su amada Josefina, pero el guion de David Scarpa jamás busca ennoblecer sus actos o transfigurarlo en figura heroica buscando la medida justa de presentación tanto de su estampa como de sus acciones, pero el tiempo es poco. Las dos horas y media que tenemos en pantalla no permiten que las colosales piezas embonen correctamente y, si el resultado es un banquete ocular, poco hay para la mente que encuentre más que en un par de mendrugos narrativos algo de importancia.
Joaquin Phoenix, quien casi de facto se gana la simpatía del espectador por su notable registro y capacidad histriónica, luce desarticulado al momento de interpretar a Napoleón, como si los hilos que le permiten manipular su papel con ritmo y determinación fueran cortados quedando a merced de la potencia visual que Scott imprime en su filme y donde siempre algo acontece, ya sean las batallas que se entablan en el campo de conflagración, con los siempre volátiles miembros del parlamento francés que no saben qué hacer con el brillante estratega que les arrebata aprecio y admiración de las masas francesas o entre Napoleón y Josefina, interpretada con admirable brío por la talentosa Vanessa Kirby, definiendo una relación más de codependencia que amorosa (él infatuado por la impetuosa burguesa que accede a sus autómatas reflejos eróticos y ella acostumbrada a una vida onerosa y a la fama que acarrean los triunfos de su marido en el extranjero) que se agrava con las infidelidades de Josefina debido a los arranques megalómanos de Bonaparte.
El filme termina por sufrir esta precipitación narrativa donde la Revolución, victorias y derrotas, su matrimonio, más guerras, la coronación y el desesperar por no lograr concebir un heredero van a un ritmo frenético que no permite el emerger de la personalidad de Napoleón para humanizarlo o construirlo como personaje y, si bien secuencias de importancia histórica como las batallas de Tolón contra los partidarios de Luis XVII o Austerlitz y Moscú donde plantó la bandera roja, blanca y azul con poderío y fuerza, las confecciona Scott con apasionamiento y poco retoque digital para un diseño y fondo más visceral, no se consigue algo profundo o relevante en cuanto a su complejo protagonista.
“Napoleón” no puede considerarse un fallo, pues Ridley Scott sigue demostrando a sus 85 años que aún lo domina el vigor y fervor por hacer cine (aún si no todo lo que realiza, sobre todo en los últimos años, es de interés o de correcto acabado), expresándolo en varias escenas íntimas o secuencias bélicas, pero no alcanza la fineza o profundidad necesarias para que esta película despunte hacia donde evidentemente pretendía llegar. Al parecer, cuando el filme se estrene en la plataforma de AppleTV (compañía que financió el proyecto al igual que con “Los Asesinos de la Luna” de Scorsese), la cinta tendrá una duración de 4 horas. Ya veremos si esta decisión de lanzar la película a los cines con un corte que evidentemente comprime demasiado las intenciones dramáticas de Scott fue una buena idea en términos financieros o su Waterloo.

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